En el mundo de Francisco todo es muy fácil
Muchos que lo conocían antes de que llegara a su eminencia actual se han persuadido de que el “papa argentino”, Jorge Bergoglio, es un gran líder moral, tal vez el más destacado de los tiempos que corren, que ya está desempeñando un papel sumamente influyente en un mundo que ha perdido el rumbo y necesita su ayuda. ¿Lo es? Desde luego que no. La verdad es que la influencia de Francisco ha sido escasa, lo que es lógico porque, si algo caracteriza sus recomendaciones, es la falta de realismo. Es fácil hablar pestes de la perversidad ajena para entonces dar a entender que todos los problemas se resolverían si los demás aprendieran a amarse los unos a los otros, pero quienes hablan de tal modo no ayudan a solucionar nada. Antes bien, con frecuencia contribuyen a hacer del mundo un lugar aún más peligroso de lo que ya es. Para sorpresa de nadie, el papa Francisco aprovechó el 70º aniversario de los ataques nucleares contra Hiroshima y Nagasaki para asegurarnos que “con la guerra siempre se pierde. La única manera de ganar una guerra es no hacerla”. Son sentimientos nobles, propios de un soñador, con los cuales –en Occidente por lo menos– muchos progresistas podrían afirmarse de acuerdo, pero sucede que a veces en el mundo real la alternativa a la guerra no es la paz y triunfan quienes sí creen que la violencia extrema sirve para algo. De no haber sido por el pacifismo al que se abrazaban las elites políticas y culturales del Reino Unido y Francia, las dos democracias europeas más poderosas hubieran frenado a los nazis bien antes de estallar la Segunda Guerra Mundial. Pudieron haberlo hecho sin correr demasiados riesgos, pero no actuaron a tiempo porque, con candidez conmovedora, se esforzaron por creer que, como dice el papa, “con la guerra siempre se pierde”. Asimismo, en la actualidad es gracias en buena medida a la negativa de los occidentales a arriesgarse demasiado en Oriente Medio que los combatientes de Estado Islámico –o ISIS– ya han podido masacrar, con crueldad excepcional, a muchos miles de personas. ¿Lo entiende Francisco? ¿O es que está más interesado en subrayar su propia autoridad moral que en el destino de las víctimas de la barbarie yihadista, entre ellas los cristianos que aún sobreviven en una región en la que sus comunidades se formaron hace casi dos milenios, y en pedirles a los líderes de las potencias occidentales que hagan algo más que rasgarse las vestiduras y asegurarnos que el islam siempre ha sido un credo sumamente pacífico? No cabe duda de que sería mejor que los habitantes de Oriente Medio y regiones aledañas depusieran las armas y zanjaran sus diferencias territoriales, tribales y teológicas dialogando en un clima de respeto mutuo, pero por desgracia la posibilidad de que lo hagan es nula. De más está decir que la impresión nada antojadiza de que los norteamericanos y europeos se limitarán a manifestar el horror que les motiva el salvajismo de los yihadistas los estimula a perpetrar más atrocidades. A su entender, la campaña de terror que han emprendido está produciendo los resultados deseados, razón por la que continuarán intensificándola. El facilismo papal no se limita a su repudio a la guerra, una actitud que muchos aplauden a pesar de que se inspira en la noción de que es mejor rendirse incondicionalmente o incluso suicidarse colectivamente, como aconsejó Mahatma Gandhi a los judíos alemanes, que intentar defenderse contra un agresor despiadado. Frente al drama de la migración masiva desde África y Asia hacia Europa, Francisco quiere que los países del Viejo Continente abran las puertas de par en par para que todos –por ahora varios millones, pero andando el tiempo habría decenas, tal vez centenares, de millones– puedan entrar, como si supusiera que los africanos, sirios, iraquíes, afganos y otros no traerían consigo sus propias costumbres que, en muchos casos, son incompatibles con las europeas. Las consecuencias de tanta generosidad serían catastróficas, pero al papa y a aquellos progresistas que piensan como él, a menudo porque su prioridad es atacar a los gobiernos de sus propios países, les importan más los gestos que lo que a buen seguro sobrevendría después. Igualmente ingenuas son las propuestas económicas y sociales que nos regala el primer pontífice jesuita. Parece creer que si los habitantes de los países ricos fueran más bondadosos, menos materialistas y menos dispuestos a respetar la lógica del odiado sistema capitalista, habría más que suficiente para que todos disfrutaran de un nivel de vida mucho más cómodo que el actual, pero sucede que hasta ahora todos los experimentos en tal sentido han fracasado de manera calamitosa y no existen motivos para suponer que los ensayados en el futuro brindarán resultados mejores. Además de repartir riqueza hay que producirla y, mal que le pese a Francisco, la única modalidad capaz de hacerlo en cantidades suficientes es la que quisiera abolir. Si sólo fuera cuestión de las opiniones de un líder espiritual más preocupado por los asuntos extraterrenales que por los problemas concretos, la prédica de Francisco carecería de importancia, pero el papa argentino dista de ser el único referente mundial que está aprovechando la frustración que tantos sienten. En diversas partes del mundo democrático han surgido movimientos políticos protagonizados por “indignados” que, en efecto, acusan a los gobernantes locales de estafar a la ciudadanía negándose a decirle que todos los problemas se prestan a soluciones maravillosamente sencillas y que hay que aplicarlas sin demora. En Europa, los griegos de Syriza representaban esta variante del populismo facilista hasta que los alemanes, finlandeses, holandeses y otros les dijeron que no continuarían entregándoles decenas de miles de millones de euros sin recibir a cambio algunas garantías de que un día, tal vez en el futuro remoto, devolverían el dinero prestado. En España, sus correligionarios de Podemos gozaron de un período breve de popularidad en base a promesas igualmente fantasiosas, mientras que en América Latina es tradicional que gobiernos, como el nuestro, de posturas bastante parecidas a las reivindicadas por Francisco dominen el escenario político. Aunque los resultados están a la vista, tales movimientos siguen ganando elecciones, para entonces atribuir los fracasos inevitables a personas cuya maldad congénita es un tema favorito de los sermones papales que muchos aplauden sin tener la más mínima intención de tomar en serio lo que dicen.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
Muchos que lo conocían antes de que llegara a su eminencia actual se han persuadido de que el “papa argentino”, Jorge Bergoglio, es un gran líder moral, tal vez el más destacado de los tiempos que corren, que ya está desempeñando un papel sumamente influyente en un mundo que ha perdido el rumbo y necesita su ayuda. ¿Lo es? Desde luego que no. La verdad es que la influencia de Francisco ha sido escasa, lo que es lógico porque, si algo caracteriza sus recomendaciones, es la falta de realismo. Es fácil hablar pestes de la perversidad ajena para entonces dar a entender que todos los problemas se resolverían si los demás aprendieran a amarse los unos a los otros, pero quienes hablan de tal modo no ayudan a solucionar nada. Antes bien, con frecuencia contribuyen a hacer del mundo un lugar aún más peligroso de lo que ya es. Para sorpresa de nadie, el papa Francisco aprovechó el 70º aniversario de los ataques nucleares contra Hiroshima y Nagasaki para asegurarnos que “con la guerra siempre se pierde. La única manera de ganar una guerra es no hacerla”. Son sentimientos nobles, propios de un soñador, con los cuales –en Occidente por lo menos– muchos progresistas podrían afirmarse de acuerdo, pero sucede que a veces en el mundo real la alternativa a la guerra no es la paz y triunfan quienes sí creen que la violencia extrema sirve para algo. De no haber sido por el pacifismo al que se abrazaban las elites políticas y culturales del Reino Unido y Francia, las dos democracias europeas más poderosas hubieran frenado a los nazis bien antes de estallar la Segunda Guerra Mundial. Pudieron haberlo hecho sin correr demasiados riesgos, pero no actuaron a tiempo porque, con candidez conmovedora, se esforzaron por creer que, como dice el papa, “con la guerra siempre se pierde”. Asimismo, en la actualidad es gracias en buena medida a la negativa de los occidentales a arriesgarse demasiado en Oriente Medio que los combatientes de Estado Islámico –o ISIS– ya han podido masacrar, con crueldad excepcional, a muchos miles de personas. ¿Lo entiende Francisco? ¿O es que está más interesado en subrayar su propia autoridad moral que en el destino de las víctimas de la barbarie yihadista, entre ellas los cristianos que aún sobreviven en una región en la que sus comunidades se formaron hace casi dos milenios, y en pedirles a los líderes de las potencias occidentales que hagan algo más que rasgarse las vestiduras y asegurarnos que el islam siempre ha sido un credo sumamente pacífico? No cabe duda de que sería mejor que los habitantes de Oriente Medio y regiones aledañas depusieran las armas y zanjaran sus diferencias territoriales, tribales y teológicas dialogando en un clima de respeto mutuo, pero por desgracia la posibilidad de que lo hagan es nula. De más está decir que la impresión nada antojadiza de que los norteamericanos y europeos se limitarán a manifestar el horror que les motiva el salvajismo de los yihadistas los estimula a perpetrar más atrocidades. A su entender, la campaña de terror que han emprendido está produciendo los resultados deseados, razón por la que continuarán intensificándola. El facilismo papal no se limita a su repudio a la guerra, una actitud que muchos aplauden a pesar de que se inspira en la noción de que es mejor rendirse incondicionalmente o incluso suicidarse colectivamente, como aconsejó Mahatma Gandhi a los judíos alemanes, que intentar defenderse contra un agresor despiadado. Frente al drama de la migración masiva desde África y Asia hacia Europa, Francisco quiere que los países del Viejo Continente abran las puertas de par en par para que todos –por ahora varios millones, pero andando el tiempo habría decenas, tal vez centenares, de millones– puedan entrar, como si supusiera que los africanos, sirios, iraquíes, afganos y otros no traerían consigo sus propias costumbres que, en muchos casos, son incompatibles con las europeas. Las consecuencias de tanta generosidad serían catastróficas, pero al papa y a aquellos progresistas que piensan como él, a menudo porque su prioridad es atacar a los gobiernos de sus propios países, les importan más los gestos que lo que a buen seguro sobrevendría después. Igualmente ingenuas son las propuestas económicas y sociales que nos regala el primer pontífice jesuita. Parece creer que si los habitantes de los países ricos fueran más bondadosos, menos materialistas y menos dispuestos a respetar la lógica del odiado sistema capitalista, habría más que suficiente para que todos disfrutaran de un nivel de vida mucho más cómodo que el actual, pero sucede que hasta ahora todos los experimentos en tal sentido han fracasado de manera calamitosa y no existen motivos para suponer que los ensayados en el futuro brindarán resultados mejores. Además de repartir riqueza hay que producirla y, mal que le pese a Francisco, la única modalidad capaz de hacerlo en cantidades suficientes es la que quisiera abolir. Si sólo fuera cuestión de las opiniones de un líder espiritual más preocupado por los asuntos extraterrenales que por los problemas concretos, la prédica de Francisco carecería de importancia, pero el papa argentino dista de ser el único referente mundial que está aprovechando la frustración que tantos sienten. En diversas partes del mundo democrático han surgido movimientos políticos protagonizados por “indignados” que, en efecto, acusan a los gobernantes locales de estafar a la ciudadanía negándose a decirle que todos los problemas se prestan a soluciones maravillosamente sencillas y que hay que aplicarlas sin demora. En Europa, los griegos de Syriza representaban esta variante del populismo facilista hasta que los alemanes, finlandeses, holandeses y otros les dijeron que no continuarían entregándoles decenas de miles de millones de euros sin recibir a cambio algunas garantías de que un día, tal vez en el futuro remoto, devolverían el dinero prestado. En España, sus correligionarios de Podemos gozaron de un período breve de popularidad en base a promesas igualmente fantasiosas, mientras que en América Latina es tradicional que gobiernos, como el nuestro, de posturas bastante parecidas a las reivindicadas por Francisco dominen el escenario político. Aunque los resultados están a la vista, tales movimientos siguen ganando elecciones, para entonces atribuir los fracasos inevitables a personas cuya maldad congénita es un tema favorito de los sermones papales que muchos aplauden sin tener la más mínima intención de tomar en serio lo que dicen.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora