En el Primer Mundo

Es de esperar que la visita a Washington le haya servido a De la Rúa para "recargar las baterías" para que actúe con más vigor, seguridad, que hasta ahora.

Redacción

Por Redacción

Además de brindarles una oportunidad para convencer a sus anfitriones de que la Argentina está en buenas manos y que por lo tanto les convendría ayudarla a superar su problemas coyunturales, los viajes a los países del primer mundo permiten al presidente Fernando de la Rúa y a sus acompañantes intercambiar ideas con dirigentes que, a diferencia de muchos de sus compatriotas, ya no pierden el tiempo protestando contra el capitalismo liberal como tal. Tanto en los Estados Unidos como en Europa, la mayoría de los dirigentes da por descontado que el «rumbo» por el cual el gobierno de la Alianza está procurando avanzar es el único concebible y que en consecuencia le es necesario hacer cuanto pueda para conciliar la eficacia con la equidad. Puede entenderse, pues, que al trasladarse al exterior De la Rúa parezca mucho más relajado que cuando está en la Casa Rosada: si bien los europeos y norteamericanos saben poco sobre la Argentina, entienden mejor que muchos dirigentes locales lo que está tratando de lograr su presidente. Asimismo, comprenden que por dolorosos que sean los «ajustes», la alternativa, la cual consistiría en dejar de preocuparse por el déficit fiscal, sería incomparablemente peor.

Durante su estadía en los Estados Unidos, De la Rúa intentó diferenciarse de Carlos Menem – otro «buen amigo» del presidente Bill Clinton -, pero no cabe duda de que lo que más impresionó a los norteamericanos fue el hecho evidente de que en verdad los cambios resultantes de la transición hayan sido tan escasos, limitándose en última instancia a la convicción generalizada de que el presidente actual es un hombre honesto que no pasaría por alto los eventuales actos de corrupción de miembros de su entorno. En lo demás – la política económica y la exterior – la continuidad es indiscutible. Para muchos aliancistas e incluso para algunos peronistas, se trata de un dato sumamente negativo. Desde el punto de vista de los norteamericanos y de los europeos, empero, supone que por fin los líderes de la Argentina están empeñados en una empresa común, poniendo fin así a décadas de marchas y contramarchas a la vez incomprensibles y estériles que sólo sirvieron para depauperar a un país que de otro modos disfrutaría de un ingreso per cápita comparable con el de España o, quizás, de Australia.

Aunque los norteamericanos, lo mismo que los europeos, quieren hacer buenos negocios en la Argentina y, como es natural, tratarán de privilegiar siempre sus propios intereses, por motivos obvios todos comparten el deseo de que el país logre erigirse cuanto antes en un integrante pleno del primer mundo. Sin embargo, hasta hace relativamente poco, la mayoría de los políticos locales parecieron persuadidos de que por razones poco claras Estados Unidos estaría resuelto a mantener a la Argentina pobre ya para impedir que nuestros empresarios aguerridos conquistaran demasiados mercados en el exterior, ya para conservarla como una suerte de «reserva estratégica». Si bien estas teorías extravagantes destinadas a probar que todos los males del país se debieron a una conspiración sajona maligna ya han pasado de moda, siguen incidiendo en el pensamiento de muchos dirigentes y constituyen un obstáculo significante en el camino de la modernización definitiva. Antes de iniciar su gestión, el presidente De la Rúa no pareció entender la importancia de este factor, pero es de suponer que en el curso de los seis meses últimos se ha dado cuenta de que a menos que gane la batalla cultural así supuesta no le será dado legar a su sucesor un país más maduro que el que él mismo recibió de Menem. Por eso, es de esperar que su visita, a todas luces exitosa, a Washington le haya servido para «recargar las baterías» para que en los meses próximos actúe con más vigor y con espíritu más positivo que en las semanas anteriores en que se ha asemejado no a un presidente seguro de su «rumbo» sino, por el contrario, a uno a la defensiva cuyo objetivo principal consistiera en convencer a sus interlocutores que al igual que a ellos le encantaría poder emprender otro radicalmente distinto.


Además de brindarles una oportunidad para convencer a sus anfitriones de que la Argentina está en buenas manos y que por lo tanto les convendría ayudarla a superar su problemas coyunturales, los viajes a los países del primer mundo permiten al presidente Fernando de la Rúa y a sus acompañantes intercambiar ideas con dirigentes que, a diferencia de muchos de sus compatriotas, ya no pierden el tiempo protestando contra el capitalismo liberal como tal. Tanto en los Estados Unidos como en Europa, la mayoría de los dirigentes da por descontado que el "rumbo" por el cual el gobierno de la Alianza está procurando avanzar es el único concebible y que en consecuencia le es necesario hacer cuanto pueda para conciliar la eficacia con la equidad. Puede entenderse, pues, que al trasladarse al exterior De la Rúa parezca mucho más relajado que cuando está en la Casa Rosada: si bien los europeos y norteamericanos saben poco sobre la Argentina, entienden mejor que muchos dirigentes locales lo que está tratando de lograr su presidente. Asimismo, comprenden que por dolorosos que sean los "ajustes", la alternativa, la cual consistiría en dejar de preocuparse por el déficit fiscal, sería incomparablemente peor.

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