En la recta final



Ya celebradas las convenciones partidarias, el presidente norteamericano Barack Obama está procurando convencer a los votantes de su país de que necesita cuatro años más para reparar una economía que, según él, fue destruida por su antecesor republicano, mientras que el aspirante a reemplazarlo, Mitt Romney, insiste en que, merced a su experiencia como un hombre de negocios sumamente exitoso, es la persona indicada para superar las muchas dificultades que preocupan a los habitantes de la superpotencia. Aunque parecería que la mayoría de los norteamericanos confía más en los planteos económicos de Romney, no le gusta la frialdad que a su juicio lo caracteriza. De acuerdo común, Obama es por un amplio margen el más simpático de los dos y, para más señas, cuenta con el respaldo casi monolítico de la minoría negra, razón por la cual, a pesar del pesimismo ocasionado por el letargo económico y la sensación de que Estados Unidos ha iniciado un período de decadencia irreversible, según las encuestas de opinión, a menos de dos meses de la jornada electoral los candidatos están empatados. Si la tasa de desempleo real fuera del 8,1% como acaba de informarse, la situación en que se encuentra Obama no sería tan mala como muchos suponen, pero en opinión de todos los analistas el indicador es engañoso porque aproximadamente ocho millones de desocupados han dejado de buscar trabajo, o sólo lo hacen de manera esporádica. Conforme a algunos cálculos, en la actualidad la fuerza laboral norteamericana es menor de lo que era en el 2000, aunque desde aquel año la población del país ha aumentado 31 millones. No se trata solamente de problemas pasajeros atribuibles a una recesión cíclica. En Estados Unidos, como en Europa y el Japón, la economía está experimentando un cambio paradigmático que está eliminando con rapidez una franja cada vez más amplia de empleos aptos para los muchos integrantes de la clase media que carecen de calificaciones especializadas. Obama apuesta a que las eventuales mejoras del sistema educativo norteamericano que ha propuesto sirvan para solucionar el problema, pero hasta ahora los resultados de los esfuerzos en tal sentido han sido muy decepcionantes. Por su parte, Romney da a entender que, por depender en última instancia la creación de empleos del dinamismo del sector privado, convendría liberarlo de la tutela gubernamental, reduciendo impuestos y simplificando las regulaciones de todo tipo que, dice, le impiden reactivarse con el vigor exigido por las circunstancias. Por motivos comprensibles, los dos candidatos presidenciales, además de una multitud de aspirantes a escaños legislativos, han optado por concentrarse en los problemas internos de Estados Unidos. Se trata de un síntoma del aislacionismo que, luego de una etapa intervencionista, se ha apoderado del país que sigue siendo por mucho el más poderoso del mundo. Hartos de desempeñar el papel ingrato de “gendarme internacional”, los norteamericanos quisieran replegarse, dejando a su suerte a otros pueblos, sobre todo a los afganos, árabes y otros cuyos dirigentes más visibles, lejos de compartir los valores reivindicados por los líderes de Estados Unidos y otros países occidentales, propenden a repudiarlos. Después de haberse ufanado del supuesto éxito del intento de transformar Irak en una democracia viable y de comprometerse a poner fin pronto a la intervención en Afganistán, Obama espera que sus compatriotas le agradezcan por tales aportes a la paz mundial. En el fondo, la actitud de Romney es muy similar, aunque parece más interesado que su rival en garantizar la seguridad de Israel, el aliado principal de Estados Unidos en el Oriente Medio, que los teócratas iraníes quisieran borrar de la faz de la Tierra. Sea como fuere, el que se haya difundido la sensación de que “el imperio”, debilitado anímicamente por el endeudamiento excesivo, está batiéndose en retirada ha contribuido a desestabilizar aún más a regiones de importancia estratégica como el “Gran Oriente Medio” –o sea el mundo musulmán– y Asia Oriental, donde se han agravado últimamente las tensiones entre China y vecinos como el Japón, Vietnam y Filipinas que son reacios a permitir que el régimen de Pekín ocupe el lugar que Estados Unidos conquistó en la Segunda Guerra Mundial pero que, temen, estaría por abandonar.


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