En otra dimensión

Los opositores al modelo económico están obligados a tomar en cuenta los pro y los contra de las opciones.

Por Redacción

Desde hace décadas voceros opositores han estado vaticinando un “estallido social” a menos que el gobierno de turno cambiara de rumbo, pero mientras que en el pasado todos aquellos que profetizaban desastres terribles brindaban la impresión de estar sinceramente convencidos de los méritos de sus propias recetas, en la actualidad muchos se limitan a celebrar las dificultades del país porque a su juicio constituyen evidencia del fracaso de sus adversarios sin proponer ninguna medida practicable que en su opinión podría remediarlas. Así, pues, Eduardo Duhalde acaba de afirmar que “se van a generar, seguramente, convulsiones sociales que van a echar por tierra todos estos malabarismos de tipo financiero-economicistas que quieren imponernos”. Puesto que el ex gobernador y ex vicepresidente nunca se ha destacado por su lucidez, es un tanto difícil entender lo que tenía en mente al formular dicho comentario y otros similares, pero parecería que está bajo la impresión de que la causa de los problemas nacionales consiste en que alguna fuerza ajena -¿el FMI? ¿el neoliberalismo?- está tratando de obligarnos a prestar atención a los números económicos, pero que el pueblo argentino se está preparando para alzarse en rebelión contra sus exigencias insultantes.

Duhalde no es el único que piensa de este modo un tanto excéntrico. Igualmente contrario a los engorrosos detalles “economicistas” es el ex presidente Raúl Alfonsín, además de una veintena de obispos. Sin embargo, mientras que estos últimos no tienen por qué dejarse intimidar por algo tan despreciable como la realidad terrenal, es deber de los políticos ser prácticos porque las decisiones que toman inciden de forma decididamente concreta en la vida de seres de carne y hueso. Claro, no es necesario que un político, aun cuando sea cuestión de personas tan importantes como Duhalde y Alfonsín, sea un “neoliberal”: de quererlo, los dirigentes podrían adoptar posturas radicalmente contrarias a la economía del mercado en cualquiera de sus variantes. Lo que sí es necesario, en cambio, es que reconozcan que no les será dado pasar por alto los factores “de tipo financiero-economicistas” que tanto les molestan. Por feos que sean dichos factores, siempre han existido y no hay motivo alguno para creer que estén por esfumarse.

No es imposible concebir “modelos” diferentes, pero por una cuestión de decencia, los resueltos a oponerse al existente están obligados a tomar en cuenta los pro y los contra de las opciones. Pues bien: por afirmarse en contra de la desigualdad y en favor de una sociedad más equitativa, sería de suponer que los enemigos del “rumbo” quisieran “redistribuir el ingreso”, lo cual beneficiaría a los pobres pero perjudicaría a los financistas, los empresarios y los integrantes de la clase media. ¿Es lo que están reclamando Duhalde y Alfonsín? Claro que no. Si bien en ocasiones les gusta hablar mal de los financistas, no han manifestado deseo alguno de incomodar a los empresarios -antes bien, les darían subsidios- y se consideran defensores valientes de los intereses de la clase media. En buena lógica, la equidad presupone que algunos ganarían mientras que otros perderían, pero puesto que los populistas quieren que ganen virtualmente todos, tratan de resolver el problema así supuesto denunciando la lógica misma como si la tomara por otro mito neoliberal.

Aunque ni Duhalde ni Alfonsín -los cuales, no lo olvidemos, están entre los líderes políticos más influyentes del país-, tengan a mano una “solución” para los males económicos y sociales, su odio patente por la realidad económica sirve para hacer más comprensible la debacle espectacular que fue provocada por el populismo voluntarista que ambos representan. Como herederos de lo que fue una vez una gran fortuna, les fascinan tanto los problemas amenos vinculados con el reparto de la riqueza, que la mera idea de que sea forzoso crearla primero les parece absurda. Fanáticos del facilismo, se niegan a pensar en cualquier programa socioeconómico que resultara exigente y, al descubrir que las viejas recetas populistas no sirvieron para mucho, reaccionaron repudiando “el economicismo”, es decir, el respeto por los límites fijados no tanto por el FMI sino por la matemática.