¿En serio?

Redacción

Por Redacción

¡Hola! ¿Qué tal? Acá Isidoro, dando señales de vida. En realidad, enroscado con un tema. Te voy a contar porque me ayuda hablar con vos. El otro día una amiga que anda medio bajón me contaba que está hinchada las bolas de la gente que le dice “che, contá conmigo para lo que necesites, te quiero”, pero después no aparece o lo hace de una manera tibia, como de compromiso y al vuelo, como mucho con un SMS o un mail. Lo que ella necesita es que uno esté al lado, le dé un abrazo y no mucho más. El asunto –advertencia: empiezo a vomitar mi rabia– es que me acordé de las veces que me dicen lo mismo. Situaciones de vulnerabilidad, sin la capacidad para discernir ni la energía para responder. Me molesta cuando alguien suelta algo que se diluye no bien se derrama por su boca: “Estoy para lo que necesites”. Lo primero que se me ocurre es: “¿En serio? Si no, mejor callate”. Tampoco me lo digas mientras me abrazás porque no te bancás el silencio. ¿Me querés hacer creer que sos bueno, un copado, re sensible? Si después a la hora de los bifes no pintás. No digas nada, no mandes mensajes, demostrá. ¡Qué importante y qué difícil es quedarse callado! ¡Y cuánta distancia que hay entre lo dicho y lo hecho! La pose, lo que parece quedar bien. Bueno, yo tampoco cierro el pico siempre pero al menos, y me justifico, no digo algo que no es sincero. Un amigo, tan entrado en años como en kilos, suele contarme anécdotas, generalmente en lugares de dudosa reputación. Más aún cuando empieza a darle al tinto, se le suelta la lengua y también le cambia la mirada: se torna húmeda, flota el dolor que lo atravesó al ver morir a los de su generación por ideales que hoy no existen. Siempre estuvo en el mundo político, es de lo que más le gusta hablar. Dice que una de las grandes virtudes de Frondizi, ese presidente radical que voltearon los milicos, era que sólo decía lo que tenía para decir. Tener un micrófono adelante no lo incomodaba ni lo obligaba a hablar, ejercía su derecho a quedarse callado. Me parece genial. Te cuento una más. Juanca, un amigo sabio, me aconsejó: “Aunque tu mamá esté muy enferma y no pueda hablar, andá y quedate con ella. Agarrá un libro, sentate a su lado. A veces es importante estar aunque no digas nada”. Me sirvió aquella vez pero más aún unos años después, cuando mi viejo entró en las últimas. En los tres meses que estuvo internado pasé varios días al lado de su cama. Tirado en el sillón, pensaba si se daría cuenta de que ya casi nadie iba a visitarlo. También me daba miedo verlo morir. Me pasaba horas ahí, mirándolo, leyendo, haciendo la siesta. Supongo que fue terapéutico. Un par de veces, mientras dormía, lo acaricié, le di un beso y le dije te quiero. No me importaba que él ya no hablara, igual me seguía diciendo cosas. Tengo la impresión –y con esto voy cerrando mi arrebato visceral– de que no se aprecia el valor del silencio, se le teme. Por suerte tengo amigos como vos con los que puedo charlar diez horas seguidas o quedarnos callados y decir sin palabras. Estar, compartir un espacio, tiempo. Eso sí, en grupo es más complicado, el silencio es aún más perturbador. Una vez éramos como diez personas alrededor de una mesa. En un momento empezaron las bromas hacia uno que comía y no hablaba, parecía Bernardo, el mudo de El Zorro. Sólo interrumpió su silencio para decir: “Para las boludeces que dicen ustedes, mejor me quedo callado”.

Juan Ignacio Pereyra


¡Hola! ¿Qué tal? Acá Isidoro, dando señales de vida. En realidad, enroscado con un tema. Te voy a contar porque me ayuda hablar con vos. El otro día una amiga que anda medio bajón me contaba que está hinchada las bolas de la gente que le dice “che, contá conmigo para lo que necesites, te quiero”, pero después no aparece o lo hace de una manera tibia, como de compromiso y al vuelo, como mucho con un SMS o un mail. Lo que ella necesita es que uno esté al lado, le dé un abrazo y no mucho más. El asunto –advertencia: empiezo a vomitar mi rabia– es que me acordé de las veces que me dicen lo mismo. Situaciones de vulnerabilidad, sin la capacidad para discernir ni la energía para responder. Me molesta cuando alguien suelta algo que se diluye no bien se derrama por su boca: “Estoy para lo que necesites”. Lo primero que se me ocurre es: “¿En serio? Si no, mejor callate”. Tampoco me lo digas mientras me abrazás porque no te bancás el silencio. ¿Me querés hacer creer que sos bueno, un copado, re sensible? Si después a la hora de los bifes no pintás. No digas nada, no mandes mensajes, demostrá. ¡Qué importante y qué difícil es quedarse callado! ¡Y cuánta distancia que hay entre lo dicho y lo hecho! La pose, lo que parece quedar bien. Bueno, yo tampoco cierro el pico siempre pero al menos, y me justifico, no digo algo que no es sincero. Un amigo, tan entrado en años como en kilos, suele contarme anécdotas, generalmente en lugares de dudosa reputación. Más aún cuando empieza a darle al tinto, se le suelta la lengua y también le cambia la mirada: se torna húmeda, flota el dolor que lo atravesó al ver morir a los de su generación por ideales que hoy no existen. Siempre estuvo en el mundo político, es de lo que más le gusta hablar. Dice que una de las grandes virtudes de Frondizi, ese presidente radical que voltearon los milicos, era que sólo decía lo que tenía para decir. Tener un micrófono adelante no lo incomodaba ni lo obligaba a hablar, ejercía su derecho a quedarse callado. Me parece genial. Te cuento una más. Juanca, un amigo sabio, me aconsejó: “Aunque tu mamá esté muy enferma y no pueda hablar, andá y quedate con ella. Agarrá un libro, sentate a su lado. A veces es importante estar aunque no digas nada”. Me sirvió aquella vez pero más aún unos años después, cuando mi viejo entró en las últimas. En los tres meses que estuvo internado pasé varios días al lado de su cama. Tirado en el sillón, pensaba si se daría cuenta de que ya casi nadie iba a visitarlo. También me daba miedo verlo morir. Me pasaba horas ahí, mirándolo, leyendo, haciendo la siesta. Supongo que fue terapéutico. Un par de veces, mientras dormía, lo acaricié, le di un beso y le dije te quiero. No me importaba que él ya no hablara, igual me seguía diciendo cosas. Tengo la impresión –y con esto voy cerrando mi arrebato visceral– de que no se aprecia el valor del silencio, se le teme. Por suerte tengo amigos como vos con los que puedo charlar diez horas seguidas o quedarnos callados y decir sin palabras. Estar, compartir un espacio, tiempo. Eso sí, en grupo es más complicado, el silencio es aún más perturbador. Una vez éramos como diez personas alrededor de una mesa. En un momento empezaron las bromas hacia uno que comía y no hablaba, parecía Bernardo, el mudo de El Zorro. Sólo interrumpió su silencio para decir: “Para las boludeces que dicen ustedes, mejor me quedo callado”.

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