En un bar, recordando a Oscar Terán
El miércoles, en la Biblioteca Nacional, se presentó la segunda edición de “Nuestros años sesenta. La formación de la nueva izquierda intelectual argentina (1956-1966)”, de uno de los pensadores más agudos de la Argentina de posguerra: el filósofo Oscar Terán, fallecido hace cinco años. Con un prólogo que es en sí mismo un ensayo de singular calidad a cargo de Hugo Vezzetti, el trabajo de Terán es una serena y prolija orfebrería sobre el pensamiento político, cultural y social de aquellos años. Trabajo que orilla la exclusión de otros aportes sobre el tema, al menos hasta hoy. Tras el encuentro, los bares que rodean la biblioteca se poblaron de intelectuales con reconocida gravitación en la vida del país. Todos unidos en el recuerdo de Terán y en reconocimiento al inquieto protagonismo a favor de la reflexión sobre el país que aportó. En un momento dado, en una de esas mesas un periodista disparó una pregunta sin expectativa de buena cosecha de respuesta: –Terán vivió gran parte del kirchnerismo, pero ¿qué pensaría ahora del pensamiento que defiende a ultranza los excesos del kirchnerismo? Entonces estalló la batahola. Y, con sigilo, alguien se corrió hasta una librería vecina –avenida Las Heras– y volvió con un trabajo de Terán: “De utopías, catástrofes y esperanzas. Un camino intelectual”, reunión de artículos y entrevistas. Y el portador del libro, silencio mediante de la media docena de seres que lo rodeaban, leyó algunas de las reflexiones volcadas allí por Terán: • Una: “Una lectura laica de nuestra propia historia de las ideas deberá desprenderse de una buena vez de esa concepción del emanatismo romántico que supone que el fondo último de lo real súbitamente se personifica en sujetos privilegiados. Para deconstruir esa metáfora nuevamente despótica habría que atreverse a la aceptación del más inusitado descentramiento del sujeto histórico, para que el cuestionamiento de los falsos ídolos que autoproclaman que sobre ellos reposan los destinos mismos de la humanidad produzca entonces gozosos efectos de humanidad. Ni la raza, ni la nación, ni la clase obrera, ni el pueblo ni el individuo pueden postularse sin más como actores predestinados para la realización del cielo en la ciudad de los hombres”. • Dos: en línea con estas reflexiones, Terán acota que en un país “donde los padres fundadores son el primer muerto sin sepultura llamado Mariano Moreno o un padre ausente como San Martín”, los argentinos deberíamos preguntarnos cuándo nace en nosotros que “todo lo diferente debe ser prolijamente exorcizado”. • “Me consuelo pensando, empero, que la actividad filosófica puede ser fantaseada como ese conjunto de discursos que tratan de hacer más dichosa la vida de los hombres en un mundo en crisis y que tal vez las duras lecciones del pasado inmediato nos permitan relativizar el mito de la grandeza nacional para así desactivar esas pulsiones demasiado argentinas del culto de la muerte y el deseo de la aniquilación del otro”. • “Hay momentos en que hay buenas razones para que el pensamiento quede relativamente estupefacto”.
Carlos A. torrengo carlostorrengo@hotmail.com
El miércoles, en la Biblioteca Nacional, se presentó la segunda edición de “Nuestros años sesenta. La formación de la nueva izquierda intelectual argentina (1956-1966)”, de uno de los pensadores más agudos de la Argentina de posguerra: el filósofo Oscar Terán, fallecido hace cinco años. Con un prólogo que es en sí mismo un ensayo de singular calidad a cargo de Hugo Vezzetti, el trabajo de Terán es una serena y prolija orfebrería sobre el pensamiento político, cultural y social de aquellos años. Trabajo que orilla la exclusión de otros aportes sobre el tema, al menos hasta hoy. Tras el encuentro, los bares que rodean la biblioteca se poblaron de intelectuales con reconocida gravitación en la vida del país. Todos unidos en el recuerdo de Terán y en reconocimiento al inquieto protagonismo a favor de la reflexión sobre el país que aportó. En un momento dado, en una de esas mesas un periodista disparó una pregunta sin expectativa de buena cosecha de respuesta: –Terán vivió gran parte del kirchnerismo, pero ¿qué pensaría ahora del pensamiento que defiende a ultranza los excesos del kirchnerismo? Entonces estalló la batahola. Y, con sigilo, alguien se corrió hasta una librería vecina –avenida Las Heras– y volvió con un trabajo de Terán: “De utopías, catástrofes y esperanzas. Un camino intelectual”, reunión de artículos y entrevistas. Y el portador del libro, silencio mediante de la media docena de seres que lo rodeaban, leyó algunas de las reflexiones volcadas allí por Terán: • Una: “Una lectura laica de nuestra propia historia de las ideas deberá desprenderse de una buena vez de esa concepción del emanatismo romántico que supone que el fondo último de lo real súbitamente se personifica en sujetos privilegiados. Para deconstruir esa metáfora nuevamente despótica habría que atreverse a la aceptación del más inusitado descentramiento del sujeto histórico, para que el cuestionamiento de los falsos ídolos que autoproclaman que sobre ellos reposan los destinos mismos de la humanidad produzca entonces gozosos efectos de humanidad. Ni la raza, ni la nación, ni la clase obrera, ni el pueblo ni el individuo pueden postularse sin más como actores predestinados para la realización del cielo en la ciudad de los hombres”. • Dos: en línea con estas reflexiones, Terán acota que en un país “donde los padres fundadores son el primer muerto sin sepultura llamado Mariano Moreno o un padre ausente como San Martín”, los argentinos deberíamos preguntarnos cuándo nace en nosotros que “todo lo diferente debe ser prolijamente exorcizado”. • “Me consuelo pensando, empero, que la actividad filosófica puede ser fantaseada como ese conjunto de discursos que tratan de hacer más dichosa la vida de los hombres en un mundo en crisis y que tal vez las duras lecciones del pasado inmediato nos permitan relativizar el mito de la grandeza nacional para así desactivar esas pulsiones demasiado argentinas del culto de la muerte y el deseo de la aniquilación del otro”. • “Hay momentos en que hay buenas razones para que el pensamiento quede relativamente estupefacto”.
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