Entrar en jubileo y ser jubilado ¿será un hecho jubiloso?




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De jóvenes dependíamos de nuestros padres que nos protegían porque nos querían. De mayores dependimos de nuestros patrones que no tenían por qué querernos pero nos necesitaban y el que nos protegía era el sindicato. Siendo jubilados el Estado tampoco nos quiere demasiado pero tiene la responsabilidad de devolvernos nuestros aportes en forma de jubilación y no siempre lo hace con ganas ni con eficiencia. En esos casos realmente no tenemos quien nos proteja y la sensación es de navegar en un limbo social donde el sistema nos pone ante la cara más anónima del Estado para que se encargue de nosotros por el resto de nuestra vida. Toda una organización de miles de personas, pero a la vez nadie. Sólo un empleado del otro lado de la ventanilla que nunca es el mismo y por supuesto no es responsable de nuestras desventuras.

Mirar alrededor es ver a otros jubilados con los mismos problemas que uno. Y es ahí donde uno puede empezar a deprimirse o ver en ese otro alguien con quien intercambiar ideas y posicionarse en otro lugar donde la palabra jubilado no sea sinónimo de decrepitud, desesperanza y resignación. Un espacio con nuevas definiciones más acordes a estas épocas.

¿Somos el excedente incómodo del sistema productivo?

Para comenzar a defendernos tenemos que saber qué somos o cuál es nuestro papel dentro de la sociedad. Para orientarnos ante la hoja en blanco, siempre es bueno empezar recurriendo a la historia del lenguaje por más remoto que nos parezca.

La historia nos enseña que la palabra jubileo viene del hebreo yoh·vél (o yo·vél) y significa “cuerno de carnero”. El sonido de ese cuerno de carnero indicaba el inicio del año 50 durante el cual no se plantaban granos y se dejaban descansar los sembradíos, se perdonaban todas las deudas y se devolvían las tierras a los antiguos dueños que las hubieran perdido durante los cuarenta y nueve años pasados. Para los cristianos significaba obtener la indulgencia de sus pecados.

La jubilación tiene mucho de todo eso ya que de alguna manera descansamos del esfuerzo realizado y recuperamos lo que invertimos con nuestro trabajo para vivir con dignidad el resto de nuestra vida. Claramente nos da una pauta de los sentimientos que tendríamos que percibir: libertad, júbilo y dignidad.

Otra forma de merodear en el conocimiento de lo que somos es descartar lo que no somos.

Decididamente no somos jubilados como nuestros padres y mucho menos como nuestros abuelos. Tuvimos la oportunidad de sacarle más partido a la educación pública. En general vivimos en un estándar de confort aceptable y tomamos conciencia de los cuidados de la salud.

Sobre todo tuvimos acceso a la salud pública y los medicamentos desde nuestra juventud. Todo eso hace que lleguemos a la tercera edad más vitales, intelectual y físicamente. Es decir, contamos con las herramientas básicas para poder interpretar nuestro entorno social y político.

Un caso representativo es aquel amplio grupo de gente que no se sentía representada por un gobierno y un buen día se juntó espontáneamente, vieron que eran muy diversos pero que compartían un sentimiento: estar indignados. Una sola palabra los reunió y tuvo la fuerza de cohesión de ser un sentimiento colectivo. Sólo bastó organizarse y hoy son la tercer fuerza política de España.

Seguramente con este ejemplo los jubilados españoles salieron a protestar por miles en Madrid, en mayo pasado, bajo el lema: “ Viejos sí, tontos no”.

Esa es una gran enseñanza para los jubilados en Argentina que están desperdigados en cientos de sindicatos, asociaciones o centros comunales. Es obvio que los jubilados de un sindicato tienen más intereses comunes con cualquier otro jubilado que con los intereses de los trabajadores de su propio gremio. Ningún sindicato ni central obrera tomará medidas de fuerza para defender a sus jubilados. Quizás no tengan por qué hacerlo o quizás sus afiliados activos le demanden toda su atención.

En cualquier caso no es efectivo y mucho menos estratégico estar diseminados en cientos de instituciones diferentes.

Los jubilados argentinos necesitamos estar nucleados en una gran federación que nos represente ante la clase política y haga valer su número de 8.200.000 almas. Somos más que la población de las provincias de Mendoza, Santa Fe y Córdoba juntas. Todo un capital electoral. Los jubilados inyectamos a la economía nacional mucho más de 82.000.000.000 de pesos (u$s 2.700 millones) mensuales. Si lo multiplicamos por 12 son 948.000.000.000. Más del 130% del gasto total previsto para la Provincia de Buenos Aires en el 2018.

Tenemos que buscar y encontrar la manera de hacer valer este poder económico y político de este colectivo que nunca más tendría que estar asociado a la decrepitud y la resignación. Definitivamente, “Viejos sí, tontos no”.

Necesitan estar nucleados en una gran federación que los represente ante la clase política y haga valer su número de 8.200.000 almas y su peso económico y electoral.

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Necesitan estar nucleados en una gran federación que los represente ante la clase política y haga valer su número de 8.200.000 almas y su peso económico y electoral.

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