Ese fútbol sin barras

juan mocciaro jmocciaro@rionegro.com.ar

El viernes pasado, el fútbol volvió, aunque sea apenas por un rato, a ser una verdadera fiesta. Sin violencia en ninguna de sus versiones, como aparece cada fin de semana cuando se trata de la competencia de clubes. Se dijo, se dice, que al Seleccionado va otro público, pero no. Es al revés. De lo que se trata es de ver quiénes son los ausentes antes que los presentes. Y los ausentes son los barras. Y por eso el fútbol es una fiesta cuando el que juega es el Seleccionado argentino. Es un error creer que se vive en paz porque se trata de otro público, como si el Seleccionado tuviera un público diferente al de cada club. Es el mismo. Cientos de hinchas que el viernes fueron el viernes al Monumental van cada fin de semana a ver a sus clubes y padecen lo que no tienen que padecer cada vez que va a un estadio a ver al seleccionado: a los barras. Es por la ausencia de los barras que es una fiesta cada partido de la albiceleste y no porque se tate de otro público. Pocas cosas ponen en evidencia los negocios que justifican la existencia de las barras como su ausencia en partidos del Seleccionado. Porque allí no hay territorio que defender ni negocios que administrar y si alguna vez aparecen es por negocios, sin dudas. Otra evidencia: el público que perdemos de vista cada fin de semana porque todos miramos lo que pasa por los barras y su exhibicionismo violento es el que los padece y por eso es feliz cuando esa violencia no está. Y sí, puede ser que buena parte de ese público ya no vaya a las canchas espantado por tanto terror, pero no por eso ha dejado de ser público de fútbol. Sólo cuando llegan los Mundiales las barras aparecen en escena en el contexto del Seleccionado. Pero son los viajes el negocio en disputa, esas vacaciones que les pagan sus empleadores tan buenos servicios prestados.

río suelto


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