«Un país bañado en sangre», el nuevo libro de Paul Auster que indaga en la pasión (norte)americana por las armas

De pronta edición en Argentina, el libro de Auster pone el dispositivo narrativo al servicio de abordar uno de los fenómenos fundamentales de la sociedad norteamericana contemporánea: la cultura tanática alrededor de las pistolas y los rifles que comparten sus compatriotas.

Con el relato de la fascinación que le generaban la armas cuando era un niño y el recuerdo de la muerte a tiros de su abuelo maltratador a manos de su abuela, el novelista, guionista e intelectual norteamericano Paul Auster (Newark, 1947) vuelve al ensayo con «Un país bañado en sangre», un libro en el que el dispositivo narrativo está puesto al servicio de abordar uno de los fenómenos fundamentales de la sociedad norteamericana contemporánea: la cultura tanática alrededor de las pistolas y los rifles que comparten sus compatriotas.

El libro, que saldrá a la venta en abril en Argentina editado por Seix Barral, también cuenta con la colaboración creativa de su yerno, el fotógrafo Spencer Ostrender, quien retrató con marca personal y registro documental los escenarios de más de treinta tiroteos ocurridos en las últimas décadas.

«¿Por qué es tan diferente Estados Unidos y qué nos convierte en el país más violento del mundo occidental?», se pregunta el autor de «La invención de la soledad» y «Leviatán», a los 75 años, en «Un país bañado de sangre» (Bloodbath nation, el título con el que se publicó originalmente hace días) para tratar de entender en un texto que pone a dialogar lo narrativo con el ensayo por qué en Estados Unidos hay más de 100 muertes por día causadas por armas de fuego. Entre el anecdotario biográfico y la mirada sociológica de tinte más intelectual que ensaya desde hace años cada vez que se pronuncia sobre la realidad política de su país y que lo llevó a militar activamente para que Donald Trump dejara la Casa Blanca, teje una narrativa para iluminar la cuestión que funciona también como una auténtica radiografía de la sociedad norteamericana.

En el gris entre el ensayo y las memorias, en las primeras páginas del libro, cuenta una tragedia familiar que, lejos del confesionario más obvio, le permite dar cuenta de hasta qué punto un ciudadano norteamericano está implicado en la cuestión cultural alrededor del uso de armas. «La pistola que mató a mi abuelo es la misma que destrozó la vida de mi padre». Cuenta el escritor de Nueva Jersey que su abuela disparó y mató a su abuelo maltratador cuando su padre tenía solo seis años y que el hecho marcó a la familia durante décadas.

La abuela del escritor fue juzgada en Wisconsin y absuelta por «insanía mental temporal» pero la vida de su padre quedó marcada por una crianza a cargo de «una matriarca exaltada, trastornada, que adoctrinaba a sus hijos para que no dijeran ni un palabra de lo que había pasado». «La pistola era la causante de todo ese clima. Los chicos no solo se habían quedado sin un padre, sino que vivían el día a día con el peso de que lo había matado su madre», reflexiona.


Paul Auster y su historia con las armas, de juguete y no tanto


Auster también retoma recuerdos más insignificantes pero que hacen a un tipo de vínculo «nativo» con las armas: sus primeras pistolas de juguete que eran protagonistas de sus horas de juego de roles, las horas frente a la televisión viendo películas de serie B sobre el oeste cuando era un niño y cómo aprendió puntería durante un campamento de verano y pasó a la escopeta de adolescente. Asume que lo único que lo salvó de familiarizarse con el uso -en un país en el que se cree que hay 400 millones de armas en poder de los ciudadanos, una por cada uno de ellos- fue que su padre, lógicamente, las odiaba.

La pistola era la causante de todo ese clima. Los chicos no solo se habían quedado sin un padre, sino que vivían el día a día con el peso de que lo había matado su madre».

Reflexiona Paul Auster en «Un país bañado en sangre».

La tragedia familiar y ese manto de silencio que pesó sobre la vida de su padre le permiten al autor ir al corazón de la tesis de «Un país bañado en sangre»: los sobrevivientes. «Cuando abordamos los tiroteos en Estados Unidos, pensamos en los muertos, pero rara vez hablamos de los heridos, de los que han sobrevivido a las balas y viven con un codo roto que deja un brazo inútil, una cojera que duele o un rostro que tiene que ser reconstruido con cirugía y prótesis», explica para dar cuenta de la dimensión más subjetiva del sobreviviente, en un texto que a pesar abordar un tema muy tratado no cae en el panfleto o la simple diatriba.


La tragedia familiar y ese manto de silencio que pesó sobre la vida de su padre le permiten al autor ir al corazón de la tesis de «Un país bañado en sangre»: los sobrevivientes.


No es la primera vez que el escritor trabaja en compañía de otro artista. Hace veinte años, cuando publicó «La historia de mi máquina de escribir», un libro editado por Anagrama en castellano, en el que contaba la historia de la vieja Olympia con la que desde los 70 tipea cuentos, novelas y ensayos, contó con la colaboración del pintor Sam Messer. En aquel momento, con dibujos y pinturas de su histórica compañera a la hora de escribir, Messer había conquistado a Auster: «Logró darle una auténtica personalidad, una presencia en el mundo».

Auster reedita la experiencia con Spencer Ostrender, un fotógrafo de Seattle que nació en 1984 y que está casado con la cantante Sophie Auster, la hija menor del escritor. El trabajo de Ostrender -quien también contó con el prólogo de su suegra, Siri Hustvedt, en uno de sus últimos trabajos y a quien ha retratado para las últimas solapas de sus libro-gira alrededor de explorar el contexto político y social que hay detrás de las imágenes que capta. Por lo cual, las imágenes que tomó para ilustrar el libro de Auster forman parte de una concepción orgánica de aquello que él entiende como fotografía, de su mirada. Las imágenes en blanco y negro que acompañan el texto, explica el escritor, son de «silencio». Ostrender documentó tiroteos masivos pero eludió las imágenes explícitas de cadáveres o armas. Se ven edificios, paisajes y espacios urbanos fantasmagóricos con la marca del trauma social que genera el disparo. «Son lápidas», dice.

La solución, insiste, no está en la mera prohibición de la fabricación y la venta de todas las armas, porque sería tan poco práctico e ineficaz como lo fue la prohibición de la venta de alcohol que solo generó un mercado negro pujante. Lidiar con el problema -que advierte que es exclusivo de Estados Unidos entre los países desarrollados- exige una cuota de introspección identitaria. «La paz llegará finalmente el día que hagamos un examen honesto y desgarrador sobre quiénes somos y quiénes queremos ser en el futuro. Será duro porque comenzaría con un examen honesto y desgarrador de quiénes hemos sido en el pasado», asume.

Ana Clara Pérez Cotten/Agencia Télam


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