Está produciéndose un vacío
A juicio de casi todos, las primarias del domingo pasado sirvieron para confirmar que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha dilapidado el capital político enorme que había conseguido en octubre del 2011 cuando, según las cifras oficiales, obtuvo el 54,11% de los votos. Pocos creen que le sea dado recuperar lo mucho que ha perdido; no podrá “reformar” la Constitución para prolongar su estadía en la Casa Rosada y, de todos modos, las perspectivas económicas frente al país distan de ser buenas. Ya ha empezado, pues, un período de transición, pero sucede que en una sociedad como la argentina, que está acostumbrada a los liderazgos presuntamente fuertes y que por lo tanto se siente decididamente incómoda a menos que el jefe de Estado sea un personaje carismático en condiciones de encabezar un movimiento transformador, suelen ser turbulentos los interregnos entre la caída en desgracia de un presidente de tal tipo y la consolidación de su eventual sucesor. Éste no sería el caso si contáramos con partidos genuinos e instituciones respetadas, pero, como es notorio, la clase política nacional no suele dejarse preocupar demasiado por tales nimiedades; sus integrantes se afirman plenamente conscientes de su importancia, pero hasta ahora todos los esfuerzos por fortalecer las estructuras institucionales han fracasado y no existen motivos para suponer que un día los dirigentes políticos logren hacerlo. El vocero del gran triunfador de la jornada electoral o, si se prefiere, preelectoral, el tigrense Sergio Massa, se ufanó de que “realmente somos una fuerza nueva, hace 40 días que un grupo de intendentes nos juntamos”, lo que resulta una forma de decirnos que el Frente Renovador es una agrupación improvisada, armada con apuro para respaldar las aspiraciones de una persona determinada. También lo es la coalición multipartidaria UNEN que en la Capital Federal hizo una buena elección pero que está integrada por figuras tan dispares que no hay garantía alguna de que lo repita en octubre o que se mantenga unida por mucho tiempo después. En cuanto al Frente para la Victoria oficialista, es un vehículo electoralista que sólo funciona si hay una campaña en marcha. Es de prever, pues, que en los meses próximos los resueltos a continuar formando parte del elenco político estable nacional se dediquen a buscar lugares en fracciones a su juicio promisorias. Aunque muchos permitirán que sus propias preferencias ideológicas incidan en su elección personal, otros, acaso la mayoría, privilegiarán los vínculos familiares o de amistad. Massa dice que ha sembrado “una semilla que tiene que ver con el futuro de la Argentina”. Puede que “la semilla” a la que alude resulte tan fructífera como la plantada una década antes por los Kirchner, pero otros políticos, entre ellos Hermes Binner, Julio Cobos y Mauricio Macri, también se sienten alentados por los resultados de la gigantesca encuesta de opinión del domingo pasado, mientras que Daniel Scioli aún no ha tirado la toalla. Como siempre ocurre cuando se apaga la estrella de un líder que había disfrutado de la aprobación de buena parte de la ciudadanía, abundan los convencidos de que el destino los convocará para tomar el relevo. Si bien la experiencia nos ha enseñado que es peligroso depender de las cualidades hipotéticas de hombres o mujeres providenciales, ya que por lo común se sienten constreñidos a aumentar su propio poder debilitando o eliminando los organismos de control que en teoría deberían impedirles violar las reglas, la mayoría supone que no hay más alternativa que resignarse a la falta de instituciones robustas porque sin un presidente fuerte el país resultaría ingobernable. Por fortuna, los aspirantes principales a suceder a Cristina no parecen ser personas naturalmente autoritarias. Asimismo, es muy positivo que se haya difundido la convicción de que la razón fundamental por la que tantos votaron en contra de los representantes del kirchnerismo ha consistido en el repudio generalizado a la intolerancia, la negativa a “dialogar” con adversarios y el maniqueísmo enfermizo supuesto por la división, en opinión de los “militantes” o “soldados” de Cristina, del país entre oficialistas buenos por un lado y opositores irremediablemente malos por el otro, de suerte que es por lo menos posible que sus sucesores sean más respetuosos de las opiniones ajenas.