Estaciones infantiles
la peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
El trayecto desde mi casa al mercado más grande del pueblo era de cien metros, en línea recta, sin curvas ni nada por el estilo que desviara el camino ni que implicara demoras. El trayecto al segundo mercado más grande del pueblo también era de cien metros, de una esquina a otra, sin curvas ni nada que alterara el trayecto. A pesar de eso, a cualquiera de los mercados que me mandaran en tiempos de niñez había que ponerle una dosis de tolerancia por el tiempo. Es decir, demoraba más de lo que debía, porque en un trayecto había una cancha de fútbol a mitad de camino y en otro una calesita que, aunque no estuviera funcionando, era el centro de reunión donde siempre encontraba a alguno de mis amigos. En cambio, si no había partido de fútbol y nadie en la calesita, el viaje igual podía demorar porque debía terminar antes de llegar a casa las galletitas no autorizadas que incluía en la cuenta de mi madre o los caramelos. La estación perfecta era la municipalidad del pueblo, porque tenía grandes ligustros donde uno podía sentarse a la sombra –Catamarca es un lugar donde las sombras tienen valor– y porque tenía frescas galerías donde uno podía dejar la bolsa de los mandados en el piso y comer con tranquilidad. Jamás incluía en mis “compras” los chupetines porque en cien metros no alcanzaba a terminarlos y consideraba una verdadera pena tener que tirarlos. Era una cuestión rutinaria y lo único que rompía la diaria costumbre de los mandados era el pedido grande que se hacía una vez al mes y cuando se pagaba la cuenta del mes anterior, salvo que los sueldos se demoraran y un permiso especial habilitara a sacar el pedido, pero anotando para el nuevo mes. No sé si porque era el más chico o por qué razón, pero lo cierto era que siempre me mandaban a mi. Cuando el encargue era voluminoso había que hacer dos y hasta tres viajes. No había más premio que el permiso para sacar algo y anotarlo en la cuenta de mi madre, por ejemplo galletitas Champagne, que traían una capa rosada y una amarilla de crema, eran obleas de dos pisos, como solíamos decir nosotros. Si el mandado no incluía premio, lo inventábamos, total en la larga lista que se sacaba durante el mes, una golosina más o menos no se notaba. Muchas veces me mandaron por algo con cierta urgencia y en la vorágine de niño me olvidaba de volver rápido. Al rato aparecían en mis lugares claves a buscarme. Salvo que el pedido incluyera carnes o lácteos, no había demasiada urgencia por volver. Eran tiempos en que los supermercados no entregaban bolsas plásticas, es más, creo que ni las tenían en cuenta. El azúcar se vendía suelto, harina también, el arroz venía en caja y los almaceneros tenían bastante cancha para envolver con dos orejas el papel gris claro. Una vez al mes, si era invierno, el pedido incluía una botella de caña, si eran tiempos de holgura la de los caballos, si eran tiempos de achique, de cualquier marca. Eran tiempos donde una previa se llamaba vermouth, así le decía mi abuelo, es la hora del vermouth, y se juntaba con un par de amigos, picada mediante, a tomar algo. Tipo once de la mañana o en el atardecer. Tal vez la época fue determinante para que cada vez que se compraba algo en el mercado no se incluyera nada de los que podía hacerse en casa. Por ejemplo, la manteca, los dulces eran todos caseros, jamás se compraba jalea o mermelada de membrillo. La carne era generalmente una función de los padres, que eran los que sabían de asado y los que al mismo tiempo nos libraban de aguantarnos la frase “te vendieron cualquier cosa”. Muchas veces un partido de fútbol pudo más que la urgencia y la bolsa con toda la mercadería esperaba al costado de la cancha. Bendita la paciencia de mi madre.