Estilo equivocado
Para que progrese, el país necesita saberse conducido por un presidente que brinde una sensación de fortaleza.
La «luna de miel» del gobierno aliancista duró muy poco. Algunos meses después del inicio de su gestión, amplios sectores ya comenzaban a manifestar su escaso respeto por los intentos de José Luis Machinea de enderezar la economía. Sin embargo, según todas las encuestas de opinión, el presidente Fernando de la Rúa sigue contando con la aprobación de la ciudadanía, como si no hubiera tenido nada que ver con el desempeño de su subordinado, razón por la cual políticos ambiciosos como el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf quieren brindar la impresión de estar entre los delarruistas más entusiastas. Esta situación no es inédita: por el contrario, podría decirse que es normal que cuando la gente se queja del gobierno opte por rescatar la figura del jefe, en parte porque reemplazarlo presupondría una crisis política gravísima, pero es difícil que se prolongue mucho más. Tanto en el seno del gobierno mismo como en el resto de la sociedad, ya se oyen voces que afirman que el estilo De la Rúa está en la raíz de la sensación de que el país se ha estancado. No sólo es cuestión de la lentitud de un presidente notoriamente cauteloso, sino también de que no encarne una estrategia o, si se quiere, un proyecto a la vez realista y convocante que le permita ser un líder auténtico, no meramente el primer funcionario.
En cierto modo, tales críticas son injustas. La temporada electoral del año pasado dio pie a una situación política tan enrevesada que el presidente resultante no tendría otra alternativa que la de dedicar una proporción excesiva de su tiempo a negociar con una oposición que, si bien no tiene deseo alguno de desatar una convulsión política o económica, tampoco quiere que el gobierno aliancista se anote triunfo tras triunfo. Más grave aún, si cabe, De la Rúa es el jefe conservador de una coalición en la cual «progresistas» en el fondo anticapitalistas conforman la mayoría, lo cual le impide obrar con el vigor que es de suponer preferiría. En verdad, De la Rúa ni siquiera puede darse el lujo de proclamarse comprometido con su propio programa de gobierno porque, si lo hiciera, se vería frente a una rebelión interna protagonizada por populistas que admiten a regañadientes que se tomen medidas «liberales» porque de otro modo el país se desplomaría, pero se rehúsan a creer que una persona decente podría aplicarlas sin manifestar su propio disgusto por lo que el mundo le habrá obligado a hacer.
Pero aunque las circunstancias políticas parecen apropiadas para un presidente del perfil conciliador y resueltamente moderado de De la Rúa, un «centrista» cuyo atractivo se basa en su presunta honestidad, las circunstancias sociales y económicas claramente exigen que el jefe actúe con más decisión de lo que sería capaz. Es que el éxito o el fracaso de una gestión presidencial no dependen únicamente de las medidas puntuales que se tomen. A la larga, los factores subjetivos pueden importar tanto o más. Podría argüirse que en vista de las limitaciones políticas y económicas concretas que se dan, De la Rúa no ha cometido errores significativos; que tanto el impuestazo como los ajustes fueron imprescindibles y que han sido muy positivos sus esfuerzos por llamar la atención a su propia austeridad. Pero aun así, sería difícil negar que las consecuencias globales de su gestión han sido decepcionantes y que pocos esperan que mejore en los próximos años.
¿Es la depresión anímica en la cual el país entero parece haber caído una consecuencia directa del estilo del presidente? Durante las campañas electorales que De la Rúa tuvo que afrontar antes de llegar a la Casa Rosada, todos sus rivales hicieron hincapié en lo aburrido que sería tenerlo en el poder -reparo «frívolo» que inspiró su consigna proselitista más célebre- y parecería que los rasgos que señalaron han resultado ser todavía más importantes de lo que creyeron sus adversarios. Como sabemos, la Argentina no es Suiza, país que parece funcionar muy bien sin dirigentes «carismáticos». Para que progrese, necesita saberse conducida por un presidente que, sin ser autoritario, brinde una sensación de fortaleza y de compromiso con su propio programa, pero hasta ahora cuando menos, De la Rúa no ha comenzado a cumplir dicho papel.
La "luna de miel" del gobierno aliancista duró muy poco. Algunos meses después del inicio de su gestión, amplios sectores ya comenzaban a manifestar su escaso respeto por los intentos de José Luis Machinea de enderezar la economía. Sin embargo, según todas las encuestas de opinión, el presidente Fernando de la Rúa sigue contando con la aprobación de la ciudadanía, como si no hubiera tenido nada que ver con el desempeño de su subordinado, razón por la cual políticos ambiciosos como el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf quieren brindar la impresión de estar entre los delarruistas más entusiastas. Esta situación no es inédita: por el contrario, podría decirse que es normal que cuando la gente se queja del gobierno opte por rescatar la figura del jefe, en parte porque reemplazarlo presupondría una crisis política gravísima, pero es difícil que se prolongue mucho más. Tanto en el seno del gobierno mismo como en el resto de la sociedad, ya se oyen voces que afirman que el estilo De la Rúa está en la raíz de la sensación de que el país se ha estancado. No sólo es cuestión de la lentitud de un presidente notoriamente cauteloso, sino también de que no encarne una estrategia o, si se quiere, un proyecto a la vez realista y convocante que le permita ser un líder auténtico, no meramente el primer funcionario.
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