“Estoy cada vez más aterrado”
Hace rato que Neuman recibe reconocimientos y galardones. Fue finalista del Premio Herralde dos veces, por las novelas “Bariloche” (1999) y “Una vez Argentina” (2003). En 2010 fue elegido por la revista británica Granta como uno de los 22 mejores narradores jóvenes en español. El fallecido y célebre escritor chileno Roberto Boñalo dijo: “Tocado por la gracia. Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos. La literatura del siglo XXI pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre”. Se podría sospechar que estas caricias públicas sumadas a la experiencia que puede otorgar la acumulación de años fueron construyendo una seguridad para Neuman: “No solo me siento inseguro y con incertidumbre al escribir sino al publicar, que es mucho peor. Estoy cada vez más aterrado. Pensaba que iba a ganar algún tipo de seguridad de mi mismo con el paso de los libros pero me doy cuenta de que el mecanismo es el contrario”. –¿Por qué te pasará esto? –Cuando uno empieza a publicar no tiene antecedentes, por lo tanto hay una especie de libertad hermosa del primer libro. El segundo se mide con el primero. El tercero quiere conversar con el primero y el segundo y tratar de sintetizarlos. Se empiezan a generar una especie de compromisos y asociaciones de un libro con los anteriores que devienen en un mayor miedo a equivocarse, temor de no agregar nada, que a la gente le guste más un libro anterior que el actual… todo eso me va generando más pánico. –¿Y qué hacés? –Trato de autoconvencerme de que todos mis libros son el primero. Me gustaría morirme con 30 primeros libros. Y trato de aplicarlo estéticamente hablando. Cada libro trato de que sea una refutación formal del anterior. “El viajero del siglo” es un libro largo, está en tercera persona, se supone –aunque habría que verlo– que finge hablar de un siglo pasado y era una manera de hablar de política europea. “Hablar solos” es muy breve, es un cruce de monólogos en primera persona, ocurre en un tiempo en el que hay iPods y celulares y transcurre en un mundo de habla hispana. O sea, hago minuciosa y exactamente lo contrario. –¿Y qué ganás? –Es una forma de recuperar una sensación fundamental para la escritura que es el momento en el que uno no sabe cómo escribir su libro y piensa “esto no lo escribí nunca”. Puede salir mejor o peor pero es ejercitarse en el arte de ser un aprendiz e insistir en esa idea. Eso me sirve para intensificar la curiosidad y el asombro y para eludir ese miedo que decía antes. Para mí la escritura no es un hallazgo, es una búsqueda. Son un conjunto de incertidumbres y fracasos. Está bueno que sea así. –¿Sentís temor a que lo mejor de tu literatura ya lo hayas dado? –Por supuesto. Ahí uno se consuela pensando en estos viejitos que alcanzaron la madurez tardía. Ojalá que mi paradigma sea más Borges, Goethe, Saramago… y no Rimbaud, Kennedy Toole o tantos autores del boom, que muchas de sus mejores novelas son las primeras. O bueno, Truman Capote, que en sus primeros treinta estaba en plenitud. –¿De qué depende todo esto? –A veces es el talento lo que se va secando y otras es el hígado lo que va acabando con el autor. La cirrosis y la ebriedad hicieron de Capote que su edad de la madurez, los 40, fuese la edad de la degradación. Uno trata de pensar que ojalá su cabeza se encamine a una progresiva lucidez y no a una especie de envejecimiento prematuro y lamentable. Uno es dueño del alcohol que lanza sobre su hígado pero no de su buena o mala salud general. Uno no sabe si va a llegar a viejo o no. Precisamente como uno no lo sabe termina pensando “este libro es el único que tengo”. Escribir desde esa desesperación. En ese sentido, Bolaño fue ejemplar, es la teoría complementaria. Para él todos eran el último libro. Era la obra como una especie de largo e inacabable epitafio. Uno lo lee y siente que él está diciendo “por si acaso, si mañana no me ven, esto es lo que tengo que contar, escuchen porque a lo mejor…”.
Hace rato que Neuman recibe reconocimientos y galardones. Fue finalista del Premio Herralde dos veces, por las novelas “Bariloche” (1999) y “Una vez Argentina” (2003). En 2010 fue elegido por la revista británica Granta como uno de los 22 mejores narradores jóvenes en español. El fallecido y célebre escritor chileno Roberto Boñalo dijo: “Tocado por la gracia. Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos. La literatura del siglo XXI pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre”. Se podría sospechar que estas caricias públicas sumadas a la experiencia que puede otorgar la acumulación de años fueron construyendo una seguridad para Neuman: “No solo me siento inseguro y con incertidumbre al escribir sino al publicar, que es mucho peor. Estoy cada vez más aterrado. Pensaba que iba a ganar algún tipo de seguridad de mi mismo con el paso de los libros pero me doy cuenta de que el mecanismo es el contrario”. –¿Por qué te pasará esto? –Cuando uno empieza a publicar no tiene antecedentes, por lo tanto hay una especie de libertad hermosa del primer libro. El segundo se mide con el primero. El tercero quiere conversar con el primero y el segundo y tratar de sintetizarlos. Se empiezan a generar una especie de compromisos y asociaciones de un libro con los anteriores que devienen en un mayor miedo a equivocarse, temor de no agregar nada, que a la gente le guste más un libro anterior que el actual... todo eso me va generando más pánico. –¿Y qué hacés? –Trato de autoconvencerme de que todos mis libros son el primero. Me gustaría morirme con 30 primeros libros. Y trato de aplicarlo estéticamente hablando. Cada libro trato de que sea una refutación formal del anterior. “El viajero del siglo” es un libro largo, está en tercera persona, se supone –aunque habría que verlo– que finge hablar de un siglo pasado y era una manera de hablar de política europea. “Hablar solos” es muy breve, es un cruce de monólogos en primera persona, ocurre en un tiempo en el que hay iPods y celulares y transcurre en un mundo de habla hispana. O sea, hago minuciosa y exactamente lo contrario. –¿Y qué ganás? –Es una forma de recuperar una sensación fundamental para la escritura que es el momento en el que uno no sabe cómo escribir su libro y piensa “esto no lo escribí nunca”. Puede salir mejor o peor pero es ejercitarse en el arte de ser un aprendiz e insistir en esa idea. Eso me sirve para intensificar la curiosidad y el asombro y para eludir ese miedo que decía antes. Para mí la escritura no es un hallazgo, es una búsqueda. Son un conjunto de incertidumbres y fracasos. Está bueno que sea así. –¿Sentís temor a que lo mejor de tu literatura ya lo hayas dado? –Por supuesto. Ahí uno se consuela pensando en estos viejitos que alcanzaron la madurez tardía. Ojalá que mi paradigma sea más Borges, Goethe, Saramago... y no Rimbaud, Kennedy Toole o tantos autores del boom, que muchas de sus mejores novelas son las primeras. O bueno, Truman Capote, que en sus primeros treinta estaba en plenitud. –¿De qué depende todo esto? –A veces es el talento lo que se va secando y otras es el hígado lo que va acabando con el autor. La cirrosis y la ebriedad hicieron de Capote que su edad de la madurez, los 40, fuese la edad de la degradación. Uno trata de pensar que ojalá su cabeza se encamine a una progresiva lucidez y no a una especie de envejecimiento prematuro y lamentable. Uno es dueño del alcohol que lanza sobre su hígado pero no de su buena o mala salud general. Uno no sabe si va a llegar a viejo o no. Precisamente como uno no lo sabe termina pensando “este libro es el único que tengo”. Escribir desde esa desesperación. En ese sentido, Bolaño fue ejemplar, es la teoría complementaria. Para él todos eran el último libro. Era la obra como una especie de largo e inacabable epitafio. Uno lo lee y siente que él está diciendo “por si acaso, si mañana no me ven, esto es lo que tengo que contar, escuchen porque a lo mejor...”.
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