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Everest: las banderas con que desciende ahora la roquense de la cumbre

La montañista roquense María Alejandra Ulehla comenzó el descenso tras haber conquistado la cumbre del Everest, ayer lunes. El escenario que la rodea.



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El descenso es tan delicado y difícil como haber llegado a la meta.

Afirman que así como a las palabras se las lleva el viento a las plegarias también. Los ruegos de los miles de montañistas que ansían llegar al techo del mundo y que buena parte de ellos no lo logra van a parar a los confines de la Tierra, afirman en el Tíbet. Pero muchas de esas oraciones, por suerte, quedan grabadas sobre banderas de colores que hacen santos estos lugares. Cuando se está ahí, rodeado de tantos símbolos y mantras colgados, las plegarias movidas por el fuerte aire que sopla siempre lo rodea a uno hasta elevarlo, comenta Alejandra “Laly” Ulehla”, que ayer a la madrugada completó el ascenso de los 8.840 metros sobre el nivel del mar. Por un buen rato, la cumbre del Everet fue suya.

La doctora del equipo, Verónica Rainone, afirmó esta mañana (de martes 24 de mayo), a las 7 que “el descenso viene bien” hasta el Campamento Base Avanzado (a 6.500 mts). A las 11 la profesional informó a “Río Negro” que “Laly y su grupo quedaron en el Campamento de Altura 1 -7100 mts- porque se les estaba haciendo de noche y vienen muy cansados”. Pero todo viene bien, agregó.

“No dejo de preguntarme qué tiene escrito para mí esta semejante montaña. Le susurro en sus laderas porque me siento bendecida por estar cara a cara con él”, contó “Laly” a “Río Negro”. Las banderas con ruegos y plegarias la rodean.

“La fotaza” del gran momento, cuando el último lunes 23 de mayo “Laly” hizo cumbre en el Everest.

Desde hace siglos los fieles tibetanos manifiestan su fe y materializan sus ruegos en estas banderitas, indica la tradición. Al pie de las montañas, sobre los ríos, en los monasterios, en las casas, en los árboles o en cualquier lugar que se lo considere sagrado las banderas están ahí, flameando. “No importa dónde uno vaya, en toda la extensión del Tíbet se cruzará con incontables banderas, pequeñas, grandes, algunas recién colgadas, otras viejas y descoloridas por el poder de los elementos: tierra, agua, fuego, nube y cielo. Estos están representados en las banderas de cinco colores que deben mantenerse unidas y siempre respetando el orden: amarillo, verde, rojo, blanco y azul. De izquierda a derecha, cuando son colgadas horizontalmente, o desde abajo hacia arriba cuando se las ata a los postes”, escribió tiempo atrás al respecto Lorena Teisaire, que sabe de estas historias y costumbres.

A estas banderas si se las coloca en el interior de una casa la atmósfera espiritual aumentará, afirman por estos lares; el aire es purificado, santificado y endulzado por los mantras. Al ser colocadas en el exterior, el viento acariciará las plegarias y desplazará las vibraciones positivas por todos los rincones de la meseta tibetana. Es así como la oración se torna más poderosa y más intensa. Las banderas traerán felicidad, prosperidad y bienestar para quien las haya colgado y para sus vecinos. “La importancia que los budistas tibetanos dan a este símbolo excede la dimensión de lo espiritual. Es el reconocimiento, es la huella. Es una de las manifestaciones más significativas y tradicionales de la cultura tibetana”, agrega Teisaire.

Es exactamente así, confirmó “Laly” a su llegada al Tíbet. Es mágico, espiritual. Quizás a su llegada a Roca, en días más, comparta más de estas impresiones.

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