Exitos propios y fracasos ajenos
por JAMES NEILSON
En 2002, una mayoría dolorida estaba más que dispuesta a achacar el angustiante
desastre económico que la golpeaba a la perversidad del resto del mundo que se suponía representado por la banca extranjera y el Fondo Monetario Internacional. Daba por descontado que el destino del país dependía por completo de lo que sucedía en el exterior donde, por motivos sin duda siniestros, los poderosos habían decidido castigar a la Argentina por los pecados financieros de sus gobernantes. En cambio, a cuatro años de distancia de la implosión la idea de que el estado de la economía nacional tenga mucho que ver con lo que se hace en el exterior ya carece de encanto. Hasta aludir a ella es considerado casi subversivo porque a nadie le gustaría creer que el crecimiento muy vigoroso del que el país sigue disfrutando se ha debido más que nada al apetito descomunal del mundo externo por productos agrícolas como la soja, el maíz y, mal que le pese al presidente Néstor Kirchner, la carne vacuna, lo que a su vez es una consecuencia de la conducta de los consumidores norteamericanos cuya voracidad al parecer insaciable, y para muchos irresponsable, está impulsando el boom mundial. Como es natural, los más prefieren creer que el crecimiento es el resultado lógico de la decisión del gobierno de reafirmar la soberanía nacional negándose a prestar atención a los guardianes de la ortodoxia planetaria. Aunque éstos siguen advirtiendo que la inflación constituye una amenaza muy grave e insistiendo en que al país le convendría preocuparse más por mejorar el clima de negocios, sus palabras ya no impresionan a nadie.
El cambio radical de actitud así supuesto puede entenderse. En todas partes es normal que quienes se sienten exitosos atribuyan su condición a sus propios esfuerzos, mientras que los abrumados por fracasos propenden a creerse víctimas de circunstancias adversas. Esperar que en 2002 los políticos locales se sometiesen a una «autocrítica» rigurosa, confesándose culpables de la depauperación de buena parte de la población del país, hubiera sido tan poco realista como lo sería hoy en día pedirle al presidente Kirchner agradecer a los extranjeros por su aporte valiosísimo a la recuperación macroeconómica. Tanto en la vida privada como en la pública, los éxitos suelen ser propios y los fracasos ajenos. Por motivos profesionales, los políticos no pueden asumir sus responsabilidades cuando todo se viene abajo y son reacios a permitir que otros las compartan cuando se difunde la sensación de que por fin el país se encuentra en el camino que lo llevará a la prosperidad.
Ahora bien: ¿importa que en los malos tiempos se exagere el impacto del orden internacional sobre el país y que en los buenos se lo minimice? Claro que sí porque en ambos casos se trata de una forma de escapismo. La voluntad generalizada de creer que hace cuatro años atrás la Argentina fue víctima de una especie de conspiración urdida en Washington hizo casi imposible un análisis desapasionado de lo que ocurría: si todo fue consecuencia de la saña de sujetos malvados capaces de hundir a países enteros, lo único que se podría hacer era maldecirlos y tratar de aguantar. Igualmente engañoso es el consenso de que el crecimiento rápido de los tres años últimos es fruto de nada más que la decisión de los gobiernos que sucedieron al encabezado por el presidente Fernando de la Rúa de repudiar cuanto se hizo en la década de los noventa. Lo mismo que la reacción instintiva de la gente frente al desmoronamiento de la convertibilidad, estimula el conservadurismo de los que, por convicción o por interés, están resueltos a perpetuar los esquemas corporativistas y clientelares que desde hace tanto tiempo caracterizan la versión local de lo que podría llamarse el modelo latinoamericano.
Con tal que se prolongue el boom mundial que tanto ha beneficiado no sólo a la Argentina sino también a casi todos los demás países de la región, los persuadidos de que sería mejor abstenerse de intentar modificar demasiado el orden tradicional latinoamericano seguirán sintiéndose reivindicados. ¿Por qué –dirán– arriesgarse emprendiendo reformas «estructurales» si el sistema existente ha resultado ser capaz de crecer a un ritmo que envidiaría cualquier país capitalista avanzado? La respuesta a este interrogante es que, como deberían entender muy bien aquellos progresistas que respaldan a Kirchner, un «modelo» que se basa en la exportación de materias primas y bienes agrícolas es por su naturaleza inequitativo. Permite prosperar a quienes logren acoplarse a los mercados internacionales y también a los que se las arreglen para aprovechar las oportunidades brindadas por las actividades políticas, pero no sirve para crear una multitud de trabajos bien remunerados como hacen las economías modernas.
En la Argentina, se ha procurado remediar esta deficiencia obligando a los sectores más rentables, en especial los vinculados con el campo, a subsidiar a los demás, de ahí gravámenes como las retenciones y las esporádicas campañas oficiales contra «la patria ganadera». Tal estrategia no sólo perjudica a los agricultores y ganaderos que en vista de las ventajas naturales del país deberían poder producir mucho más, sino que también afecta de manera negativa a los industriales que se suponen favorecidos por la transferencia indirecta de ingresos. Acostumbrados a ser protegidos por el Estado, con muy pocas excepciones los industriales no son capaces de competir en los mercados internacionales y se resisten con furia a cualquier intento de forzarlos a intentarlo. Toda vez que un gobierno trata de hacerlo abriendo el mercado nacional, lo acusan de querer destruirlos. Puesto que muchos juran que un tipo de cambio menos «competitivo» que el actual les sería fatal, aun cuando el presidente Kirchner quisiera que tuvieran que enfrentarse con rivales extranjeros en el mercado interno se vería constreñido a actuar con suma prudencia por miedo a que resultara que los asustados por tal eventualidad no se hayan equivocado.
Hace un par de días, el ex presidente uruguayo, Julio María Sanguinetti, se preguntaba por qué los gobiernos latinoamericanos no hacían mucho más a fin de aprovechar la expansión de los años últimos impulsando reformas destinadas a permitir que los países de la región dejaran atrás la mediocridad económica, y la desigualdad extrema que la acompaña, para subir a un nivel menos modesto. Ya sabrá la razón. En los momentos de máximo peligro, los gobernantes no quieren pensar en el mediano o largo plazo porque están demasiado preocupados por lo que podría suceder mañana. Y cuando el peligro ya ha pasado y todo parece estar funcionando bien, no querrán cambiar nada porque el éxito ya le está sonriendo. Tanto la adversidad como la buena fortuna los hacen más conservadores, lo que no sería malo si hubiera motivos para creer que el «modelo latinoamericano» puede garantizar algo más que un ingreso espléndido para unos pocos, una existencia espartana pero así y todo decente para algunos más y la miseria para la mayoría, pero que de lo contrario supondría que es muy escasa la posibilidad de que en los próximos años se produzcan mejoras sociales genuinas.
Para muchos, la transformación de China y la India en dínamos capitalistas ha creado un nuevo paradigma de modo que los precios de la soja y así por el estilo se mantendrán bien altos en los años próximos. Puede que estén en lo cierto, pero sería un error suponer que el dinero procedente de las compras chinas e indias siempre bastará como para ahorrarnos la necesidad de hacer un esfuerzo denodado por modernizar la economía para que sea mucho más productiva, lo que requeriría reformas de la clase que el gobierno actual no parece tener mucho interés en promover ya que ha invertido tanta energía en convencer a la ciudadanía de que la expansión reciente hubiera sido inconcebible si no fuera por su negativa a complacer al FMI y a otros representantes del «neoliberalismo» emprendiéndolas.
En 2002, una mayoría dolorida estaba más que dispuesta a achacar el angustiante
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