Fábrica legislativa

El apuro ridículo del cual hicieron gala los diputados no contribuyó a mejorar la imagen de los políticos.

Por Redacción

Como ya es tradicional, la Cámara baja celebró el fin del año legislativo sancionando una cantidad realmente llamativa de proyectos de ley. En esta oportunidad, los «dirigentes» se las arreglaron para votar 550 en una sola sesión que duró dos días, estableciendo de este modo una suerte de récord mundial de productividad parlamentaria que muy pocas legislaturas extranjeras se sentirán tentadas a desafiar. Si bien se trataba principalmente de joyas jurídicas que ya habían recibido el visto bueno de las comisiones correspondientes, el apuro ridículo del cual hicieron gala los diputados no contribuyó en absoluto a mejorar la imagen de «los políticos» ante la ciudadanía que, sabedora de que por diversos motivos los legisladores no habían logrado encontrar las horas libres suficientes para sesionar durante las semanas anteriores, tomó el espectáculo por otra prueba de que sus representantes se interesan mucho más por sus propios asuntos, sobre todo los relacionados con «la interna», que por el destino del país.

Puede que algunos políticos aún no se hayan dado cuenta de que algo peligroso está sucediendo, pero desde hace meses la Argentina se ve atrapada en una vorágine financiera que se hace más turbulenta por momentos, razón por la que convendría que sus «dirigentes» se esforzaran como nunca por hacer pensar que, a pesar de todo cuanto ha ocurrido últimamente, el país tiene una clase política que es plenamente capaz de brindarle el liderazgo que tan desesperadamente necesita. De todos modos, a la luz de su conducta no sorprendió que la sesión de la Cámara baja -que fue seguida sin solución de continuidad por la de la Cámara alta en que los peronistas se dieron el gusto de elegir a un compañero virtual vicepresidente de la Nación- haya coincidido con el comienzo de una orgía especulativa alimentada por rumores de todo tipo que vio el riesgo país alcanzar alturas hasta entonces no exploradas. Lo entiendan o no los legisladores, el país está bajo la lupa de la «comunidad internacional», de manera que no puede permitirse demasiadas extravagancias.

Como suele suceder en estas ocasiones, muchos proyectos consistían en los aportes de legisladores salientes deseosos de dejar atrás algo que acaso sirviera para perpetuar su memoria, una ambición modesta que pudieron haber alcanzado antes descollando en los debates que efectivamente tuvieron lugar en los intervalos entre actividades menos aburridas. Por fortuna, la forma de tratar dichos proyectos unipersonales y otros fue objetada por los miembros de una alianza ad hoc de seguidores de Elisa Carrió, Domingo Cavallo y algunos partidos provinciales que hubieran preferido estudiarlos antes a fin de enterarse de su contenido, pero no pudieron contra la aplanadora peronista-radical que no tenía ni el tiempo ni la voluntad de prestar atención a tales pequeñeces, señalando que puesto que aún no habían salido de la imprenta aspirar a examinarlos en detalle sería excesivo.

Sea como fuere, a raíz del despliegue de vigor legislativo, Ushuaia ya es oficialmente la capital nacional de la escultura en nieve y una casa antes habitada por Arturo Illia es un monumento nacional, logros éstos que sin duda incidieron en la actitud de los «inspectores» del FMI que visitaban el país con el objetivo no tanto de enterarse de los detalles del «canje» en marcha, cuanto de asegurarse de que por fin la clase política tomaba sus responsabilidades en serio. Otra «conquista» que todos votaron tuvo que ver con la prórroga de la facultad de los legisladores de repartir pensiones graciables: sería de esperar que en adelante todos la aprovecharan para fines honorables, pero pocos creerán que en las listas de beneficiados no figurarán familiares y amigos de los parlamentarios que no tienen ninguna necesidad de depender de la caridad. Por suerte, otras leyes que fueron sancionadas eran menos folclóricas y algunas podrían resultar a la vez positivas y significantes, lo cual quiere decir que merecieron ser sometidas a un debate menos sumario de lo que recibieron en una cámara colmada de dignatarios que, no obstante el orgullo que les supone su condición de legisladores, claramente hubieran preferido estar en otro lugar.