Federico Luppi: el comprometido oficio de actuar
Recibió a“Río Negro” para hablar de su oficio.
Federico Luppi protagoniza la obra junto al rionegrino Nehuén Zapata.
Eduardo Rouillet
erouillet@gmail.com
“La noche del ángel”, del dramaturgo italiano Furio Bordón, con traducción, adaptación, actuación y dirección de Federico Luppi en el Teatro Picadero, Pasaje Discépolo 1857, CBA, se estrenó –por vez primera en Argentina– el 17 de febrero y a fin de mes baja de cartel, tras una exitosa cadena de domingos y lunes a sala llena.
Un padre, su hija y un adolescente se enfrentan, interpretados por Luppi, Susana Hornos y el actor de El Bolsón Nehuén Zapata (ver aparte). El primero, un viejo actor que juega a ser el Ricardo III de Shakespeare y para quien la vida debería transcurrir siempre en un escenario, invade una noche la casa de su hija psicóloga, inesperadamente. Ana, pese a su aparente seguridad se altera con su presencia y le retruca cada paso en un duelo constante, tan añejo y tenso como medido, que ninguno de los dos parece querer evidenciar, cortado por la irrupción de un joven paciente de ella, con tal desenfado y fuerza que modifica todo.
“La noche del ángel” es una obra cuyo pulso late en lo que no se cuenta.
Concretar la entrevista con Federico Luppi fue sencillo. El conoce bien al diario “Río Negro”.
Pero Luppi toma recaudos. Cada tanto, tocadores profesionales de timbre llaman a su portero eléctrico: son los movileros de programas que se regodean con los conflictos ajenos y provocan, persiguen, descolocan, fogonean reacciones que suban el rating.
En el octavo piso todo es tranquilidad. Mientras Federico prepara la ceremonia del mate en la cocina, este cronista recorre los lomos de los libros en su biblioteca, fotos familiares, pocos recuerdos de viajes en las repisas, sus anteojos sobre la mesa de trabajo. Once de la mañana. La charla con “Río Negro”, en el luminoso y espacioso estar de su departamento en Barrio Norte, comienza con una reflexión: “En la acumulación de películas y trayectoria , pero también en la propia tarea del actor que tiene una profunda y extrema fugacidad. Si los actores fueran inmortales como los próceres, no sería vida. Cumple un ciclo en la tierra como fuere y después el olvido y el recuerdo afectuoso de alguna gente que te quiere. Pero, la perfección del muerto no existe, es un invento que nos hacemos para crearnos la ilusión de que vivimos para siempre. Eso nos pasó con la historia y la Argentina está llena de calles con nombres de tipos que no valen una puteada, que fueron entreguistas del país y le chuparon la sangre a los argentinos… Es una política que por suerte en el mundo, en general, del arte no existe”, dice Federico Luppi, en su departamento, adonde recibió a “Río Negro”.
–Como espectadores podemos gozar con la tarea de los actores. Y en tu caso, ver hoy, analizar desde tus trabajos iniciales hasta los actuales, y también distinguir cómo se ha mantenido una línea en ellos, de seriedad, compromiso…
–Eso habla bien del mundo actoral porque antes que el actor está el individuo. Yo me tengo que despojar de mi pensamiento sobre el mundo cuando hago un torturador, un comisario corrupto o un mal parido, en términos genéricos. De lo contrario, no podría hacerlos. Sanford Meisner, actor y maestro norteamericano, decía que había que olvidarse del actor como individuo educado y pulcro. Tiene que ser amoral, en la acepción más completa y profunda del término.
–Y del compromiso con una época. Muchos de los filmes que protagonizaste, hablan, preanuncian, critican duras cuestiones sociales, políticas, económicas…
–Equivocado o no, y no por una cuestión de elección heroica o de príncipe valiente, ni de voluntarismo, mi vida cotidiana y la de cualquiera, están regidas por la política. De pronto, un ignoto señor, en una oficina de un ministerio decide algo que afecta mi existencia y tengo que saberlo y luchar contra eso si lesiona mi condición humana. Tengo que pelearlo. Si no lo hago, la vida seguirá siendo chata y horrible. Es una cuestión, me parece, de tener conciencia de que rol, si es que hay que cumplir uno, le doy a mi vida. Si me desligo de todo lo relacionado con mi comunidad, acá en el edificio, en el barrio, me da lo mismo vivir aquí que en Australia. Y si bien eso ocurre por exilio laboral o político, no da lo mismo. Ausentarse de los temas cotidianos del país es un raje, una emigración hacia la nada. No tomar contacto con lo real es una forma lentísima, pero efectiva, de suicidio. Sinceramente. Yo no podría actuar en una película que glorifique a un torturador, de ninguna manera. Sería como echarme brea en la cabeza. No puedo aceptar que me quieran vender otra vez el perro de que la ausencia del Estado es buena para el mundo. Mentira. Ya viví la privatización de todo lo que fuera servicios. No me gusta algo y combato para que guste, para que sea bueno para todos. El cine, la literatura, lo que se escribe, lo que se dice, el hombre que esculpe o pinta, no colocan ahí energía manipuladora para manifestar lo que piensan. Quieren romper el molde para decir, hay algo más. No puede ser que el chanta, el chorro, el miserable, el cobarde que se baja los pantalones tenga siempre razón y le vaya bien. ¿Por qué soportamos la historieta de que cincuenta bolsillos incauten la guita que el país produce? ¿Cuál es la respuesta sensata a eso? ¿Libre mercado? Si el mercado agenda mi vida, estoy sonado.