Fiesta ajena

A diferencia del resto del mundo, la Argentina parece destinada a continuar progresando a paso de caracol.

Redacción

Por Redacción

El jefe del Fondo Monetario Internacional, Horst Köhler, tiene buenos motivos para sentirse satisfecho cuando observa el panorama mundial. Según los cálculos más recientes de los técnicos del organismo que encabeza desde hace algunos meses, el planeta ha iniciado el nuevo siglo creciendo a un ritmo del 4,75% anual, más que en cualquier otro momento desde los años ochenta. Claro, es posible que la situación así prevista no se concrete, que para sorpresa de todos se declare una crisis grave en un lugar que repercuta pronto en los demás, pero Köhler sabe que mientras dure el «boom» que está en marcha, serán pocos los que culpen al FMI por haber desatado una serie de desastres. Por el contrario, el director gerente ya ha podido darse el lujo de sugerir que la ola de prosperidad, que según parece está avanzando, es la consecuencia lógica de la forma en la que los técnicos del Fondo manejaron las crisis de México, Tailandia, Corea del Sur, Rusia y el Brasil y que los convirtió en blanco de una lluvia de críticas disparadas desde todos los ángulos ideológicos concebibles. Sin embargo, sabe que la razón principal del inesperado vigor económico actual consiste en el fuerte crecimiento de los Estados Unidos, «locomotora» cuyo dinamismo no deja de asombrar a los especialistas, algunos de los cuales sospechan que podría descarrilar en cualquier momento, percance que, huelga decirlo, obligaría al FMI a revisar drásticamente todas sus previsiones.

Con todo, si bien por ahora las perspectivas frente a Köhler parecen sumamente buenas, en el horizonte pueden detectarse algunas nubes preocupantes. Desgraciadamente para nosotros, una está conformada por la Argentina. Tal como están las cosas, en los meses próximos verá ensancharse la brecha enorme que ya la separa de los países más ricos. A juicio del gobierno de la Alianza, este año la economía podría crecer el tres por ciento, cifra modesta que en opinión de algunas consultoras privadas es risiblemente optimista: creen que tendríamos suerte si alcanzáramos el dos por ciento. En otras palabras, a diferencia del resto del mundo, la Argentina parece destinada a continuar progresando a paso de caracol. Para colmo, por tratarse de una economía relativamente aislada -las amargas quejas por la «apertura» que vociferan tantos empresarios no obstante, nuestra participación en el comercio internacional sigue siendo mínima-, es poco probable que el aumento del poder de compra de los demás países sirva para impulsar la producción local. Por el contrario, al multiplicarse las oportunidades para los inversores que ofrezcan otras latitudes, el interés por las posibilidades brindadas por la Argentina podría disminuir.

Como es natural, muchos están atribuyendo la recesión persistente en la cual estamos atrapados al gobierno del presidente Fernando de la Rúa, afirmando que de no haber elegido comenzar su gestión con un impuestazo, el país ya estaría creciendo a una velocidad similar a la prevista para sus vecinos. Puede que tal diagnóstico sea acertado, aunque los aliancistas pueden argüir que la «herencia» que recibieron de manos del presidente Carlos Menem no les dejó otra opción. Asimismo, no deberíamos olvidar que a pesar de los aumentos recientes, la «presión impositiva» en la Argentina es reducida en comparación con la habitual en la inmensa mayoría de los países. De todos modos, gracias a la aparente incapacidad del país para crecer tanto como muchos otros, los convencidos de que en la raíz del problema está el tipo de cambio podrán sentirse vindicados, aunque puesto que devaluar en una economía no meramente proclive a los estallidos inflacionarios sino que también está semidolarizada ha obligado a la mayoría a admitir que en el caso argentino el remedio propuesto podría resultar todavía peor que la enfermedad. Igualmente estimulados se sentirán los atraídos por la idea de la dolarización formal, o sea, del abandono del peso: si bien por ahora la prédica de Menem en favor de dicha «salida» no ha ocasionado demasiado entusiasmo, de prolongarse mucho más el estancamiento y de descartarse una devaluación, podría transformarse en una alternativa atractiva.


El jefe del Fondo Monetario Internacional, Horst Köhler, tiene buenos motivos para sentirse satisfecho cuando observa el panorama mundial. Según los cálculos más recientes de los técnicos del organismo que encabeza desde hace algunos meses, el planeta ha iniciado el nuevo siglo creciendo a un ritmo del 4,75% anual, más que en cualquier otro momento desde los años ochenta. Claro, es posible que la situación así prevista no se concrete, que para sorpresa de todos se declare una crisis grave en un lugar que repercuta pronto en los demás, pero Köhler sabe que mientras dure el "boom" que está en marcha, serán pocos los que culpen al FMI por haber desatado una serie de desastres. Por el contrario, el director gerente ya ha podido darse el lujo de sugerir que la ola de prosperidad, que según parece está avanzando, es la consecuencia lógica de la forma en la que los técnicos del Fondo manejaron las crisis de México, Tailandia, Corea del Sur, Rusia y el Brasil y que los convirtió en blanco de una lluvia de críticas disparadas desde todos los ángulos ideológicos concebibles. Sin embargo, sabe que la razón principal del inesperado vigor económico actual consiste en el fuerte crecimiento de los Estados Unidos, "locomotora" cuyo dinamismo no deja de asombrar a los especialistas, algunos de los cuales sospechan que podría descarrilar en cualquier momento, percance que, huelga decirlo, obligaría al FMI a revisar drásticamente todas sus previsiones.

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