Fin de ciclo



Según el viceministro de Economía Axel Kicillof, sería inútil prestar atención al “cacareo” de quienes manifiestan dudas acerca de la conveniencia de continuar en el rumbo fijado por el gobierno, pero puesto que incluso el Indec reconoce que en mayo se registró una caída interanual del 0,5% del producto bruto, negarse a hacerlo sería más insensato aún. Las cifras que acaban de difundirse confirman que “el modelo” voluntarista adoptado por el gobierno kirchnerista se ha agotado y que para conservar lo ya logrado –y ni hablar de mejorar el desempeño de la economía nacional– sería necesario cambiar muchas cosas. Merced en gran medida a la arbitrariedad de los diversos personajes que se han encargado de manejar la economía, la virtual ausencia de reglas, la manipulación grosera de las estadísticas y la sensación generalizada de que los integrantes del gobierno están más interesados en sus propias peleas internas que en el destino del resto del país, pocos empresarios confían lo bastante en el futuro como para arriesgarse invirtiendo más de lo mínimo necesario para mantenerse a flote. Frente a este panorama poco prometedor, no sirve para nada que funcionarios como Kicillof se enojen con los analistas privados, dando a entender que son los responsables de la inflación y de la recesión que está iniciándose por haber previsto hace tiempo que los problemas económicos se agravarían mucho. Tampoco ayuda descalificar a los preocupados por la apropiación por parte del gobierno del dinero de los jubilados, llamándolos “reaccionarios” o “noventistas”. Por el contrario, al brindar la impresión de que el gobierno se siente tan desconcertado por la negativa de la realidad a adaptarse al relato triunfalista de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que no sabe muy bien cómo reaccionar, tales manifestaciones contribuyen a hacer todavía más asfixiante el clima de pesimismo que se ha visto provocado tanto por la caída de la actividad, el estado lamentable de las finanzas nacionales y el alejamiento vertiginoso del dólar “blue” del oficial, como por el amateurismo a veces desopilante de los jefes de los distintos equipos económicos. Gracias al “viento de cola” procedente de China que está soplando desde el 2002 y que ha hecho subir a niveles récord el precio de la soja y otras commodities, además del ajuste extraordinariamente brutal que siguió al colapso de la convertibilidad, el país pudo disfrutar de un período prolongado de crecimiento macroeconómico que, luego de interrumpirse brevemente en el 2009, no tardó en reanudarse. En las circunstancias así supuestas, virtualmente cualquier “modelo” –populista, socialista, o liberal– hubiera mostrado resultados positivos, pero mientras que sería de suponer que un gobierno socialista o liberal hubiera aprovechado la oportunidad para llevar a cabo reformas estructurales con el propósito de preparar al país para hacer frente a los desafíos que plantearían las etapas siguientes, el de Cristina se limitó a invertir en lo que entiende por política. Así, pues, una vez más hemos llegado al fin de un ciclo con un gobierno convencido de que todas las dificultades se deben a sus eventuales errores de comunicación, de suerte que para superarlas hay que continuar por el mismo camino que antes. En otras ocasiones, la resistencia del gobierno de turno a cambiar de rumbo ha tenido consecuencias nefastas no sólo económicas y sociales sino también políticas. Por desgracia, no hay demasiados motivos para suponer que en ésta el desenlace sea diferente. Algunas provincias del interior, comenzando con Santa Cruz, el feudo de los Kirchner, ya están al borde de un estallido social. Al aumentar cada vez más el costo de vida en los meses próximos a causa de la inflación acompañada por el desmantelamiento del sistema de subsidios, lo mismo sucederá en otras. Los conflictos laborales, estimulados a menudo por las vicisitudes de la interna sindical, no podrán sino proliferar. Mientras tanto, se profundizará la recesión industrial, agravada por los esfuerzos del secretario de Comercio Guillermo Moreno por privar a las fábricas de insumos importados imprescindibles. Puede que al gobierno aún le quede tiempo para evitar lo peor, pero en vista de su voluntad de privilegiar “el relato” por encima de la realidad, sorprendería que atinara a aprovecharlo.


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