Fin de temporada
Lo mismo que Fernando de la Rúa, el presidente Néstor Kirchner inició su gestión convencido de que a pesar de sus deficiencias el «modelo económico» que había heredado de su antecesor era el mejor disponible y que por lo tanto lo más sensato sería conservarlo, limitándose a darle algunos retoques mínimos. No se trataba de una opinión minoritaria: en 1999 y 2000, pocos creían que «el modelo menemista» fuera sólo una fantasía como tantos dirían más tarde. Sin embargo, desgraciadamente para el radical y para el país, las dificultades que De la Rúa encontró en el camino resultaron ser insuperables, de ahí la implosión que puso fin a su período en la Casa Rosada. Pues bien: en el exterior por lo menos, las dudas en cuanto a la viabilidad a largo plazo de lo que podría calificarse de «modelo duhaldista» son aún más evidentes que las planteadas tres años antes sobre la expectativa de vida de la convertibilidad, razón por la que tantos dan por descontado que en cuanto termine «construyendo poder» Kirchner tendrá que llevar a cabo una serie de «reformas estructurales». Fronteras adentro, empero, parecería que se ha formado un consenso similar a aquel de principios de la presidencia de De la Rúa según el cual no deberíamos prestar atención a las advertencias de los agoreros porque, detalle más, detalle menos, el «rumbo» elegido es el correcto.
Dadas las circunstancias, es comprensible que Kirchner se haya sentido conforme con el statu quo. Como sucedió con De la Rúa, no le atrae en absoluto la idea de impulsar reformas que serían resistidas por el «ala política» de su gobierno, razón por la que se aferrará a cualquier excusa para dejar las cosas como están. En esta empresa, lo ha ayudado el que desde Washington los voceros más destacados del FMI se manifestaran gratamente sorprendidos por la evolución reciente de la economía, mientras que ha tomado la admisión por parte de Hans Köhler de que hasta los economistas del Fondo pueden equivocarse porque, al fin y al cabo, son seres humanos, por una confesión de culpa por la decadencia del país. También habrán servido para fortalecer la resistencia al cambio las declaraciones de los presidentes y primeros ministros europeos que acaban de afirmarse resueltos a respaldar sus esfuerzos, una postura diplomática rutinaria que habrá persuadido a Kirchner de que el resto del mundo confía plenamente en su capacidad para superar una crisis que para muchos sigue siendo inexplicable. Más alentador aún desde su punto de vista ha sido el «veranito» signado por la virtual ausencia de inflación y exportaciones agrícolas cuantiosas, además del hecho de que a juzgar por las encuestas de opinión la ciudadanía esté más que satisfecha con la situación imperante y aprueba lo que supone es la política económica oficial.
Para un presidente, siempre es peligroso extrapolar las tendencias coyunturales, sobre todo cuando éstas son favorables, con miras a tener un buen pretexto para no hacer nada que podría serle políticamente costoso. Al haberse sentido beneficiado por la agradable sensación térmica de las últimas semanas, Kirchner parece haberse dejado convencer de que lejos de estar disfrutando un «veranito» pasajero, el país ya ha entrado en una etapa de crecimiento sostenible de suerte que puede darse el lujo de desairar a los empresarios, ordenar un aumento del salario mínimo en el sector privado y continuar tratando con desprecio al FMI para que acepte firmar un acuerdo sin ninguna condición molesta. Sin embargo, dicha estrategia depende de la perpetuación de la etapa actual, aunque ya están proliferando indicios de que pronto llegará a su fin. En comparación con otros países de América Latina, entre ellos el Brasil, nuestros salarios pronto serán mucho menos «competitivos» de lo que eran antes a menos que el gobierno consiga reducir nuevamente el valor del peso frente al dólar debilitado, la recuperación atribuible a la sustitución de importaciones parece haberse agotado, no existen motivos para creer que los bancos estén por abrir más líneas de crédito y los trabajadores estatales, irritados por no verse incluidos en los aumentos salariales dispuestos por el gobierno, están comenzando a movilizarse, lo que podría suponer el estallido de un gran número de conflictos.
Lo mismo que Fernando de la Rúa, el presidente Néstor Kirchner inició su gestión convencido de que a pesar de sus deficiencias el "modelo económico" que había heredado de su antecesor era el mejor disponible y que por lo tanto lo más sensato sería conservarlo, limitándose a darle algunos retoques mínimos. No se trataba de una opinión minoritaria: en 1999 y 2000, pocos creían que "el modelo menemista" fuera sólo una fantasía como tantos dirían más tarde. Sin embargo, desgraciadamente para el radical y para el país, las dificultades que De la Rúa encontró en el camino resultaron ser insuperables, de ahí la implosión que puso fin a su período en la Casa Rosada. Pues bien: en el exterior por lo menos, las dudas en cuanto a la viabilidad a largo plazo de lo que podría calificarse de "modelo duhaldista" son aún más evidentes que las planteadas tres años antes sobre la expectativa de vida de la convertibilidad, razón por la que tantos dan por descontado que en cuanto termine "construyendo poder" Kirchner tendrá que llevar a cabo una serie de "reformas estructurales". Fronteras adentro, empero, parecería que se ha formado un consenso similar a aquel de principios de la presidencia de De la Rúa según el cual no deberíamos prestar atención a las advertencias de los agoreros porque, detalle más, detalle menos, el "rumbo" elegido es el correcto.
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