Formas de traición
Las medidas de López Murphy son duras porque duro es el estado objetivo del país. Los renunciantes quieren salvar su pellejo desconociendo la crisis.
¿Merecería respeto un general que, al estallar la guerra, desertara afirmando que la única razón por la que había emprendido la carrera militar consistía en que le encantaban la camaradería y ser aplaudido por el público cuando se celebraban desfiles, pero que nunca jamás se haría responsable de la muerte de nadie? Claro que no: hasta los pacifistas lo despreciarían. Sin embargo, parecería que cuando de la política se trata abundan los «dirigentes» de la especie así supuesta. Entre ellos están los radicales y frepasistas que acaban de renunciar al gobierno porque no querían comprometerse con el «ajuste» ordenado por el ministro de Economía, Ricardo López Murphy. Tal actitud podría entenderse si realmente creyeran que no hay necesidad alguna de podar el gasto público -mejor dicho, político- aproximadamente dos mil millones de pesos o más, pero ocurre que ninguno ha sugerido que podríamos continuar como antes aunque, obvio es decirlo, muchos actúan como si las dificultades fiscales fueran un invento de corredores de bolsa sin escrúpulos. También sería comprensible si Federico Storani, Marcos Makón, Hugo Juri y otros de significancia decididamente menor estuvieran dispuestos a reclamar un aumento impositivo mayúsculo o recortes presupuestarios feroces en otras áreas que las elegidas por López Murphy. ¿Lo están? Hasta ahora cuando menos, no se ha oído una sola propuesta concreta, por estrafalaria que fuera, en boca de estas personas. No les gusta la crisis y por lo tanto quieren salvar el pellejo desconociendo su existencia.
El espectáculo penoso que está protagonizando la Alianza puede atribuirse a que para muchos «dirigentes» la política no tiene absolutamente nada que ver con la buena administración de la sociedad, razón por la cual palabras como «eficacia» les suena tan feas. Desde su punto de vista, la vida pública es sólo una fuente de oportunidades para figurar y para manejar cantidades cada vez mayores de dinero y puestos de trabajo en su propio beneficio y en aquel de sus familiares y su clientela. Es lógico, pues, que al agravarse una crisis su reacción instintiva sea alejarse lo más posible de ella. No están en política para brindar liderazgo auténtico en los momentos en que el país lo necesita, desafío que les exigiría coraje, convicción y fortaleza de carácter, de suerte que pedirles asumir algunas responsabilidades es perder el tiempo. He aquí la razón fundamental por la que en las décadas últimas el país ha sido abatido por una larga serie de desastres como dictaduras militares, guerras sucias, la hiperinflación, la corrupción sistemática y la depauperación de millones: todas estas catástrofes, sin excepción, han sido la consecuencia previsible de la costumbre de los «dirigentes» populistas de rehuir sus responsabilidades en horas difíciles.
Las medidas anunciadas por López Murphy pueden tildarse de «duras» -dadas las circunstancias, tuvieron que serlo-, pero la tan mentada «dureza» no es fruto de un dogma ideológico determinado, sino del estado objetivo del país. Como señaló el ministro, serían mucho más «duros» los resultados si el gobierno, asustado por los obstáculos políticos en su camino y apenado por los problemas que ya sufre buena parte de la ciudadanía, optara por no intentar nada que alguno que otro grupo podría encontrar antipático. Mal que les pese a aquellos aliancistas que no tienen ni las agallas necesarias ni la honestidad intelectual para hacer frente a esta realidad patente, todas las «alternativas» a la receta de López Murphy son aún más amargas que la ofrecida la noche del viernes. Por eso, los hay que están convencidos de que a la larga a la Argentina le convendría que el ministro fracasara por razones políticas para que la gente experimentara en carne propia los costos de un derrumbe total, el cual, prevén, sería más que suficiente como para asegurar a su sucesor todo el apoyo que sin duda alguna precisaría. Se trataría de una cura sumamente brutal que supondría la miseria generalizada pero, por desgracia, los políticos y sindicalistas que sin saberlo en efecto están reclamando esta clase de «solución» no estarían entre los más afectados y, de todos modos, no existe ninguna garantía de que un colapso fenomenal los haría cambiar de actitud.