Francisco,
el papa escrito

Un libro que aborda la vida y obra del jesuita argentino.

Redacción

Por Redacción

“Frente a posiciones dispares, Bergoglio intenta conciliar, persuadir, busca ser el padre de todos, pero aún cuando encuentra oposición, es un hombre que toma decisiones de riesgo. El mismo reconoció su ‘personalismo’ cuando gobernó la orden de los jesuitas en la Argentina. Es un hombre que confía mucho en su discernimiento. Y es un hombre acostumbrado a gobernar en situaciones de tensión, como las que vive ahora en la Santa Sede”. Así define, a grades rasgos, el historiador y periodista Marcelo Larraquy a Jorge Mario Bergoglio (Buenos Aires, 1936), su objeto de estudio de “Recen por él” (Mondadori), que aborda la vida y la obra del papa Francisco, devenido una celebridad planetaria –candidato a Hombre del año de la revista Time– y alguien que intenta rescatar a la Iglesia de lo que muchos piensan que era un lento pero seguro descenso hacia la indiferencia, el olvido o incluso el castigo social.

Autor de algunos de los más logrados libros de investigación periodística de la Argentina de los últimos años (sus cumbres son “Galimberti” y “Fuimos Soldados”), Larraquy nos relata no solo la vida jesuítica del ex cardenal de Buenos Aires, sino también nos muestra sus primeros meses de papado, esos que marcaron una diferencia sustancial con sus antecesores y que lo instalaron en la agenda internacional como un hombre de acción que busca, a golpes de decisiones, redefinir y enaltecer el lugar de la Iglesia en Occidente.

En muy poco tiempo, Bergoglio pasó de ser un desconocido para una inmensa mayoría a ser una suerte de nuevo gran líder planetario.

Hace muy poco, Jonathan Freedland, columnista estrella del prestigioso diario británica The Guardian, aseguró que, con Obama caído en desgracia –o al menos con menos ascendencia que antes– el nuevo líder que tenía la centroizquierda mundial –los liberales en la concepción anglosajona– era el jesuita nacido en Flores. Ese hombre que parece tener tiempo de recibir a todos –enfermos, futbolistas, rugbiers, políticos, etc.– es a quien se dedicó Larraquy a investigar en el último año.

–Bergoglio es un hombre que pasó de ser casi un excluido para la curia romana a ser un hombre decisivo ya antes de la elección de Benedicto. ¿Esa transformación también tiene que ver con su carácter para resistir y su capacidad para revertir situaciones, o más que nada está relacionada con el cambio de época y la necesidad de la Iglesia de salir a buscar a la gente y hacer silenciosos mea culpas?

–El papado de Bergoglio es producto de una época. Frente a una iglesia que se desmoronaba en su credibilidad externa, ahogada internamente por los escándalos de corrupción, necesitó buscar desde afuera alguien que pudiera resolver las dos situaciones, su crisis de gobierno y reconvocar a sus fieles. Hubo un fuerte posicionamiento de los cardenales exteriores para definir que “alguien de afuera” resolviera los problemas que Roma, la curia romana, no podía resolver per se.

–En ese sentido, en este momento de quiebre de la Iglesia Bergoglio es, a su modo y con sus formas, una figura central en esa necesidad de aggiornamiento y salida del closet de Roma.

–Seguro. Después de la filtración de los escándalos del “Vatileaks” el Pontificado de Ratzinger ya no tenía retorno. Su gobierno era un callejón sin salida. Era una iglesia que sólo debía dar cuenta, a diario, de hechos de corrupción, ocultamiento de abusos sexuales, lavado de dinero… para muchos fieles era irrespirable. Eso sucedió en 2012. De alguna manera la elección de Bergoglio se debió a esa filtración de documentos. Francisco pudo cambiar rápido esa agenda y eso fue parte de su astucia. Comenzó a gobernar con decisiones propias, cosa que Ratzinger no había podido hacer porque estaba coartado por el poder de la curia romana.

–En relación a Benedicto, el libro asegura que hoy es uno de los mayores consejeros de Francisco, más que nada advirtiéndole sobre el peligro latente que significa la curia romana. Esa curia fue la lo que socavó su poder del anterior papa, ¿no?

–Sí, claro. El de Benedicto era un gobierno que vivía encerrado en sus propios escándalos, buena parte de ellos generados por la falta de gestión, o la mala gestión, de la curia romana.

Además Benedicto no era un hombre carismático como Juan Pablo II, que le permitía tapar los problemas, y tampoco un virtuoso en el trato directo con los fieles, como sí lo es Bergoglio.

–Y Bergoglio se da cuenta de esto…

–Claro. Bergoglio lo observa bien en el precónclave cuando da a entender que el problema de la Iglesia es que tiene prisionero a Jesús… Su idea de gobierno, entonces, fue volver a sacar a Jesús a la calle.

–A la distancia, los episodios más oscuros en la biografía de Bergoglio en los 70 (el caso de los jesuitas Yorio-Jalics y Dourron) podrían ser visto como una suerte de daños colaterales, en el sentido que si bien actuó y elevó informes y de más, cuidó siempre el status quo y las formas.

–El conflicto de Yorio-Jalics con Bergoglio es producto de una interna jesuita de mucho peso ideológico, con un desenlace en el que Bergoglio, como jefe Provincial, no tuvo incidencia. No fue por orden de Bergoglio, ni siquiera por una “venia” de Bergoglio, en que los dos curas jesuitas fueron secuestrados durante seis meses por la Marina. Yorio-Jalics mantenían una posición de opción por la pobreza con compromiso político que Bergoglio, como Provincial, desalentaba.

Su gobierno en la Compañía de Jesús estaba a contramano con el progresismo de los jesuitas en América Latina. Bergoglio era un moderado que, ante la posibilidad de posiciones revolucionarias en los años ‘70, actuaba como un conservador.

–Otro punto de quiebre es la salida del Vaticano del cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado que había sido una suerte de monje negro en el papado anterior. Parece que Francisco ya lo tenía pensado, ¿no?

–Ese es otro aspecto interesante para observar sobre el modo de sus decisiones: por desgaste. Bertone no tenía chances de continuar, aunque él creía que si “cooptaba” al nuevo papa, podía hacerlo. Bergoglio no le permitió esa posibilidad pero tampoco lo hizo renunciar al día siguiente. Lo dejó durante cuatro meses en su cargo pero vaciado de poder, sin poder emprender las tareas ejecutivas que antes tenía, como secretario de Estado. Bergoglio fue un secretario de Estado de facto, y lo sigue siendo, porque el sucesor de Bertone, Pietro Parolín, todavía no asumió. Cuando entendió que Bertone ya estaba suficientemente desgastado por múltiples gestos, le pidió que se fuera, un día antes de terminar el verano.

–El libro da cuenta de algunos cambios puntuales llevados a cabo por Francisco. El primero es su lugar de morada, desistiendo de estar donde solían estar los papas. ¿Creés que eso fue un punto de quiebre para escapar del control de la curia romana?

–Yo comparo su decisión de no entrar a gobernar desde el palacio pontificio, y hacerlo desde un hotel como es Santa Marta, un hospedaje para obispos y sacerdotes en tránsito, con la decisión de no aceptar un encuentro privado con Néstor Kirchner en la casa Rosada, apenas este asume. Bergoglio siempre buscó autonomía y no quedar prisionero de ningún poder político.

–El Vaticano siempre manejó su política interna muy puertas adentro y con una lógica de claustro. En ese sentido, supongo que el libro te permitió sumergirte en un universo fascinante, sinuoso y delicado. ¿Te sorprendió el grado de intriga dentro de esas paredes?

–En la Santa Sede se controla la información, como en toda institución, o aún más. Pero salen “fuori murio” los climas, los humores, algunos comentarios de lo que sucede adentro. El hecho de haber viajado a Roma y hacer entrevistas me permitió tomar nota de cómo se fue desarticulando progresivamente a la curia romana.

–¿Por qué decidiste involucrarte vos en el relato del libro, en esa búsqueda por los misterios del Vaticano?

–Porque creía que en la Argentina no había información suficiente de lo que sucedía en Roma con Francisco, desde una visión de perspectiva. Además, el libro tiene dos dimensiones: la biográfica, que es muy interesante por los vaivenes, luces y sombras que contiene su carrera en la orden religiosa y en la jerarquía eclesiástica, y su Pontificado, pleno de vértigo en la toma de decisiones.

(Sigue en página 40)

Pablo perantuono

perantuonopablo@gmail.com

Francisco en medio de la multitud, un lugar donde se siente a gusto.


“Frente a posiciones dispares, Bergoglio intenta conciliar, persuadir, busca ser el padre de todos, pero aún cuando encuentra oposición, es un hombre que toma decisiones de riesgo. El mismo reconoció su ‘personalismo’ cuando gobernó la orden de los jesuitas en la Argentina. Es un hombre que confía mucho en su discernimiento. Y es un hombre acostumbrado a gobernar en situaciones de tensión, como las que vive ahora en la Santa Sede”. Así define, a grades rasgos, el historiador y periodista Marcelo Larraquy a Jorge Mario Bergoglio (Buenos Aires, 1936), su objeto de estudio de “Recen por él” (Mondadori), que aborda la vida y la obra del papa Francisco, devenido una celebridad planetaria –candidato a Hombre del año de la revista Time– y alguien que intenta rescatar a la Iglesia de lo que muchos piensan que era un lento pero seguro descenso hacia la indiferencia, el olvido o incluso el castigo social.

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