Francisco y los políticos
En la Edad Media, e incluso en circunstancias determinadas más recientes como las que enfrentaba Polonia en vísperas de la fragmentación de la Unión Soviética mayormente rusa, diversos papas lograron desempeñar un papel político decisivo, pero por lo común en el mundo actual su influencia suele ser indirecta y, a juzgar por la evolución reciente de Europa en que, para desazón del Vaticano, la mayoría se ha apartado del cristianismo, muy escasa. Por tanto, es imposible prever el efecto que tenga en la política argentina la elección de Jorge Mario Bergoglio como sumo pontífice. Aunque muchos parecen convencidos de que su prédica a favor de la armonía pluralista, la tolerancia mutua y la libertad de prensa, y en contra de “la soberbia”, producirá un cambio radical del clima de “crispación” que, como arzobispo de Buenos Aires, había denunciado en varias ocasiones, es más probable que, luego de una tregua pasajera, los conflictos virulentos entre los partidarios del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus adversarios se reanuden. Asimismo, como jefe de una organización que, además de verse afectada por un sinfín de problemas internos, tiene responsabilidades en virtualmente todos los países del mundo, el papa Francisco no podrá sino distanciarse de la actualidad cotidiana argentina, lo que, desde el punto de vista de muchos oficialistas, será motivo de alivio. Puesto que muchos kirchneristas, entre ellos Cristina, incluían a Bergoglio en su lista negra de enemigos ideológicos, no habría sido del todo sorprendente que algunos, con el aval de la presidenta o sin él, procuraran impedir que llegara al trono de San Pedro, advirtiendo a los demás cardenales que había sido acusado de complicidad con la dictadura militar y que en consecuencia les convendría elegir a alguien de trayectoria menos polémica. Tampoco lo es que, frente a un hecho consumado, voceros del gobierno nacional hayan negado todas las versiones en tal sentido, atribuyéndolas a una campaña de difamación opositora. Bien que mal, los kirchneristas han tenido que resignarse a la presencia en el Vaticano de un papa argentino que, antes de su elección, los había criticado con aspereza. Adaptarse a la nueva situación no les ha sido fácil. Aunque la presidenta no tardó en reconciliarse, como corresponde por ser cuestión de la jefa del Estado, con Francisco y algunos oficialistas han optado por emularla, otros han seguido atacándolo. Tienen pleno derecho a hacerlo, ya que sería poco razonable, y nada democrático, exigirles cambiar de opinión. Los primeros días del pontificado de Francisco se han visto dominados por su intento, que ha sido festejado por casi todos, de reorientar la Iglesia Católica para que se erija en abanderada de los pobres del mundo entero, pero, sería de suponer, en especial los de América Latina donde se cuentan por centenares de millones. Sin embargo, una cosa es manifestarse indignado por la pobreza y otra muy distinta decir lo que sería necesario hacer para que todos disfrutaran de los beneficios materiales que se han visto posibilitados por el desarrollo económico. Para un religioso como Francisco, la “solución” provendría de una especie de revolución ética, de la voluntad de los acomodados de compartir sus bienes con los desamparados, pero a esta altura parece evidente que de por sí la mayor solidaridad que está pidiendo no sería suficiente. Al fin y al cabo, en los países de la región en que Francisco se formó es desde hace décadas normal que los políticos e incluso los gobernantes militares, fueren de la izquierda, centro o derecha, se afirmen comprometidos con sentimientos muy similares a los expresados por el nuevo pontífice; aunque sólo fuera por razones pragmáticas, todos habrán hablado con sinceridad. Ayudaría, pues, que Francisco y sus asesores explicaran lo que a su entender sería necesario hacer para alcanzar los objetivos loables que se han propuesto. ¿Se arriesgarán? A menos que lo hagan, las exhortaciones papales no contribuirán a modificar positivamente las estructuras socioeconómicas, aunque sí podrían servir para desprestigiar todavía más a los políticos en su conjunto porque ellos tampoco parecen ser capaces de eliminar las lacras que ya han denunciado mil veces los líderes de la Iglesia Católica.
En la Edad Media, e incluso en circunstancias determinadas más recientes como las que enfrentaba Polonia en vísperas de la fragmentación de la Unión Soviética mayormente rusa, diversos papas lograron desempeñar un papel político decisivo, pero por lo común en el mundo actual su influencia suele ser indirecta y, a juzgar por la evolución reciente de Europa en que, para desazón del Vaticano, la mayoría se ha apartado del cristianismo, muy escasa. Por tanto, es imposible prever el efecto que tenga en la política argentina la elección de Jorge Mario Bergoglio como sumo pontífice. Aunque muchos parecen convencidos de que su prédica a favor de la armonía pluralista, la tolerancia mutua y la libertad de prensa, y en contra de “la soberbia”, producirá un cambio radical del clima de “crispación” que, como arzobispo de Buenos Aires, había denunciado en varias ocasiones, es más probable que, luego de una tregua pasajera, los conflictos virulentos entre los partidarios del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus adversarios se reanuden. Asimismo, como jefe de una organización que, además de verse afectada por un sinfín de problemas internos, tiene responsabilidades en virtualmente todos los países del mundo, el papa Francisco no podrá sino distanciarse de la actualidad cotidiana argentina, lo que, desde el punto de vista de muchos oficialistas, será motivo de alivio. Puesto que muchos kirchneristas, entre ellos Cristina, incluían a Bergoglio en su lista negra de enemigos ideológicos, no habría sido del todo sorprendente que algunos, con el aval de la presidenta o sin él, procuraran impedir que llegara al trono de San Pedro, advirtiendo a los demás cardenales que había sido acusado de complicidad con la dictadura militar y que en consecuencia les convendría elegir a alguien de trayectoria menos polémica. Tampoco lo es que, frente a un hecho consumado, voceros del gobierno nacional hayan negado todas las versiones en tal sentido, atribuyéndolas a una campaña de difamación opositora. Bien que mal, los kirchneristas han tenido que resignarse a la presencia en el Vaticano de un papa argentino que, antes de su elección, los había criticado con aspereza. Adaptarse a la nueva situación no les ha sido fácil. Aunque la presidenta no tardó en reconciliarse, como corresponde por ser cuestión de la jefa del Estado, con Francisco y algunos oficialistas han optado por emularla, otros han seguido atacándolo. Tienen pleno derecho a hacerlo, ya que sería poco razonable, y nada democrático, exigirles cambiar de opinión. Los primeros días del pontificado de Francisco se han visto dominados por su intento, que ha sido festejado por casi todos, de reorientar la Iglesia Católica para que se erija en abanderada de los pobres del mundo entero, pero, sería de suponer, en especial los de América Latina donde se cuentan por centenares de millones. Sin embargo, una cosa es manifestarse indignado por la pobreza y otra muy distinta decir lo que sería necesario hacer para que todos disfrutaran de los beneficios materiales que se han visto posibilitados por el desarrollo económico. Para un religioso como Francisco, la “solución” provendría de una especie de revolución ética, de la voluntad de los acomodados de compartir sus bienes con los desamparados, pero a esta altura parece evidente que de por sí la mayor solidaridad que está pidiendo no sería suficiente. Al fin y al cabo, en los países de la región en que Francisco se formó es desde hace décadas normal que los políticos e incluso los gobernantes militares, fueren de la izquierda, centro o derecha, se afirmen comprometidos con sentimientos muy similares a los expresados por el nuevo pontífice; aunque sólo fuera por razones pragmáticas, todos habrán hablado con sinceridad. Ayudaría, pues, que Francisco y sus asesores explicaran lo que a su entender sería necesario hacer para alcanzar los objetivos loables que se han propuesto. ¿Se arriesgarán? A menos que lo hagan, las exhortaciones papales no contribuirán a modificar positivamente las estructuras socioeconómicas, aunque sí podrían servir para desprestigiar todavía más a los políticos en su conjunto porque ellos tampoco parecen ser capaces de eliminar las lacras que ya han denunciado mil veces los líderes de la Iglesia Católica.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora