Frente a la doctrina Putin
Estados Unidos y la Unión Europea no saben qué les convendría hacer para frenar a la Rusia de Vladimir Putin. El gobierno ruso juega según sus propias reglas, que son muy diferentes de las reivindicadas por las potencias occidentales. De tratarse del líder de un país de Oriente Medio o África, el irredentismo nacionalista de Putin no los hubiera sorprendido, pero creían que, en Europa por lo menos, a ningún mandatario se le ocurriría anexar por la fuerza una provincia de un vecino más débil aun cuando la mayoría de sus habitantes estuviera a favor del cambio así supuesto. Suponían que, en casos como el de Crimea, una eventual transferencia de soberanía sólo podría concretarse, con el consentimiento de todos los involucrados, luego de una larga serie de negociaciones, no como consecuencia de un golpe de mano oportunista. Asimismo, aunque pocos occidentales toman demasiado en serio la retórica de Putin acerca de la decadencia occidental y la hipocresía que según él caracteriza a los dirigentes de los países democráticos, el ruso dista de ser el único que se ha convencido de que carece de importancia la palabrería moralizadora de los norteamericanos y europeos; a su juicio, sólo refleja la pusilanimidad. Además del peligro planteado a la paz en una región que durante siglos ha sido escenario de guerras terribles, entre ellas la más sanguinaria de todas, el operativo relámpago que acaba de realizar el exagente de la KGB que raramente deja pasar una oportunidad para manifestar su nostalgia por los días en que la Unión Soviética era una superpotencia militar ha desprestigiado enormemente a Estados Unidos y los países europeos. Puede que a la larga las sanciones económicas impulsadas por el presidente norteamericano Barack Obama sirvan para enseñarles a los rusos que les convendría respetar las normas defendidas por los occidentales, pero tendría que pasar cierto tiempo, acaso varios años, antes de que les sea evidente que los costos del irredentismo podrían resultarles excesivos. Mientras tanto, otros dirigentes nacionales o sectarios aún menos escrupulosos que Putin habrán llegado a la conclusión de que, a pesar del poder militar que posee, Occidente realmente es lo que los maoístas llamaban un “tigre de papel”. Muchos, comenzando con el dictador norcoreano Kim Jung-il, su homólogo sirio Bashar al Assad y los islamistas iraníes, ya entendían que había terminado la era de la hegemonía norteamericana y que por lo tanto se veían ante una oportunidad irresistible para alcanzar sus fines personales. Por razones comprensibles, los occidentales no tienen la más mínima intención de procurar restaurar el statu quo con medios militares, pero no pueden darse el lujo de tratar lo que ha sucedido con indiferencia, ya que hay señales de que Putin estaría pensando en privar a Ucrania de otras zonas en que la mayoría es de habla rusa, en base de la doctrina según la cual es su deber proteger a compatriotas que viven en países que habían formado parte de la Unión Soviética. Como la exsecretaria de Estado y precandidata presidencial norteamericana Hillary Clinton y otros nos han recordado, Hitler aprovechaba el mismo pretexto para apoderarse de Checoslovaquia e invadir Polonia, de tal modo desatando la Segunda Guerra Mundial. Para frenar a Putin, la OTAN ya está fortaleciendo las defensas de los miembros orientales, como Polonia y los países bálticos, y los líderes de los 28 integrantes de la Unión Europea están estrechando los lazos económicos con Ucrania. De las opciones pacíficas disponibles, es con toda seguridad la mejor, si bien no les sería nada fácil brindar al país amenazado la ayuda que necesitaría para transformarse en un socio relativamente próspero primero y, andando el tiempo, en un miembro pleno del embrionario superestado europeo. Con todo, si bien el desafío es muy grande, en especial para una época en que muy pocos están dispuestos a subordinar mucho a los intereses geopolíticos, a menos que lo superen los norteamericanos y europeos, su propia influencia en el mundo continuará disminuyendo, lo que sería una pésima noticia para aquellos demócratas de otras latitudes que preferirían un futuro parecido al presente occidental al previsto por quienes se aferran a los valores tradicionales de sus propias sociedades.
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