Fruta masticada

Redacción

Por Redacción

En el silencio de su habitación, Isidoro Reyes apoya la pava con agua sobre la estufa y un recuerdo lo asalta: él y su papá charlando, algo más de una década atrás. Los dos sentados en los sillones del luminoso living de su casa. Alfredo andaba ya por los 62 años; lejos había dejado su infancia en el campo en San Luis, el salto a Buenos Aires y su formación como arquitecto. Había formado una familia numerosa e incluso ya había atravesado la etapa más exitosa con su propia empresa. Isidoro, el menor de sus hijos, que rondaba los 20 años, lo enfrentó y empezó a cuestionarlo. –Siempre me decís las cosas a medias, con historias que parecen leyendas o parábolas. Das muchas vueltas, ¿por qué no sos más concreto? Tengo que andar adivinando qué es lo que querés o lo que esperás. Así es más difícil todo –reclamó Isidoro ante la mirada silenciosa de su padre. –Ajá –respondió Alfredo y se quedó callado, entre sorprendido e incómodo. –¿Eso es lo único que tenés para decirme? –insistió Isidoro, fastidiado. –Mirá, a mí nunca me dijeron qué tenía que hacer. Me daba cuenta solo y ayudaba porque me gustaba. Me sentía bien si podía colaborar con mi mamá en lo que fuera. –Bueno, pero así para mí es más complicado –se quejó Isidoro. Alfredo percibió el malestar de su hijo pero no intentó convencerlo. La charla cambió de dirección. Desde entonces Isidoro se quedó con una sensación ambigua: aunque no entendía del todo la postura de su papá, seguía creyendo que tenía razón, que todas las cosas eran siempre más simples si se pedían o explicaban de forma explícita. Lo dicho. Pasaron más de diez años y muchas cosas: se cayeron las Torres Gemelas, Bin Laden fue asesinado, Maradona dirigió a Argentina en un Mundial, De la Rúa se escapó en helicóptero, la corrupción se robusteció, miles siguieron (siguen) muriendo de hambre… Mientras, Isidoro se recibió, empezó a trabajar, se independizó y hasta se enamoró como nunca. Sin embargo, en la quietud de su habitación, aquella charla sigue viva en algún rincón adentro suyo. Como si buscara una respuesta, se tira en la cama y empieza a leer un cuento de Anthony de Mello. Una historia breve: un discípulo cuestiona al maestro porque siempre le cuenta historias pero nunca le revela su significado. “¿Te gustaría que alguien te ofreciera fruta y la masticara antes de dártela?”, replica el maestro. El relato le resulta tan simple como estremecedor a Isidoro, que se sorprende a sí mismo conmovido. Su primer impulso es hablar con su padre, pero ya no puede: Alfredo está enfermo, en el último tramo de su vida, y no puede conversar. Isidoro sospecha que entendió aquel silencio de su papá de más de diez años atrás. Mientras, se prepara un mate con el agua que se mantuvo caliente en la pava sobre la estufa. Algo que su papá tampoco le explicó, pero que también hacía siempre.

Juan Ignacio Pereyra


En el silencio de su habitación, Isidoro Reyes apoya la pava con agua sobre la estufa y un recuerdo lo asalta: él y su papá charlando, algo más de una década atrás. Los dos sentados en los sillones del luminoso living de su casa. Alfredo andaba ya por los 62 años; lejos había dejado su infancia en el campo en San Luis, el salto a Buenos Aires y su formación como arquitecto. Había formado una familia numerosa e incluso ya había atravesado la etapa más exitosa con su propia empresa. Isidoro, el menor de sus hijos, que rondaba los 20 años, lo enfrentó y empezó a cuestionarlo. –Siempre me decís las cosas a medias, con historias que parecen leyendas o parábolas. Das muchas vueltas, ¿por qué no sos más concreto? Tengo que andar adivinando qué es lo que querés o lo que esperás. Así es más difícil todo –reclamó Isidoro ante la mirada silenciosa de su padre. –Ajá –respondió Alfredo y se quedó callado, entre sorprendido e incómodo. –¿Eso es lo único que tenés para decirme? –insistió Isidoro, fastidiado. –Mirá, a mí nunca me dijeron qué tenía que hacer. Me daba cuenta solo y ayudaba porque me gustaba. Me sentía bien si podía colaborar con mi mamá en lo que fuera. –Bueno, pero así para mí es más complicado –se quejó Isidoro. Alfredo percibió el malestar de su hijo pero no intentó convencerlo. La charla cambió de dirección. Desde entonces Isidoro se quedó con una sensación ambigua: aunque no entendía del todo la postura de su papá, seguía creyendo que tenía razón, que todas las cosas eran siempre más simples si se pedían o explicaban de forma explícita. Lo dicho. Pasaron más de diez años y muchas cosas: se cayeron las Torres Gemelas, Bin Laden fue asesinado, Maradona dirigió a Argentina en un Mundial, De la Rúa se escapó en helicóptero, la corrupción se robusteció, miles siguieron (siguen) muriendo de hambre... Mientras, Isidoro se recibió, empezó a trabajar, se independizó y hasta se enamoró como nunca. Sin embargo, en la quietud de su habitación, aquella charla sigue viva en algún rincón adentro suyo. Como si buscara una respuesta, se tira en la cama y empieza a leer un cuento de Anthony de Mello. Una historia breve: un discípulo cuestiona al maestro porque siempre le cuenta historias pero nunca le revela su significado. “¿Te gustaría que alguien te ofreciera fruta y la masticara antes de dártela?”, replica el maestro. El relato le resulta tan simple como estremecedor a Isidoro, que se sorprende a sí mismo conmovido. Su primer impulso es hablar con su padre, pero ya no puede: Alfredo está enfermo, en el último tramo de su vida, y no puede conversar. Isidoro sospecha que entendió aquel silencio de su papá de más de diez años atrás. Mientras, se prepara un mate con el agua que se mantuvo caliente en la pava sobre la estufa. Algo que su papá tampoco le explicó, pero que también hacía siempre.

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