Bohios de acelga y queso: receta tradicional sefaradí y un emotivo relato encantador

Cocinó unos bohios tradicionales y un gesto solidario cambió su mañana en Buenos Aires, previo a la llegada del papa a la Argentina.

Redacción

Por Redacción

Por Laura Gubbay (*), especial para «Río Negro»

Los bohios son una especialidad de la cocina judía. Estos, están rellenos de acelga y queso rallado. Se trata de pequeños bocados de masa tierna rellenos con acelga condimentada, que se hornean hasta dorar.

Ingredientes  

1 atado de acelga

250g de queso rallado

Pimienta de jamaica a gusto

Una docena de tapas de empanadas hojaldradas, para horno.

Aceite de oliva extra virgen.

Dos bohio


 Buenos Aires, un día de noviembre de 2026.

Julia vive en Buenos Aires, frente a la avenida del Libertador. Ese día la despertó el canto de los pájaros. Sus voces se mezclaban y por momentos parecían dirigidas a ella. Se quedó unos minutos disfrutando de esa melodía. Después se acercó a la ventana.

Desde el cuarto piso tenía una vista privilegiada del parque. Quizás, desde más arriba, habría abarcado una porción mayor de aquella Buenos Aires que tanto le gustaba. Pero esa altura tenía sus ventajas: permitía detenerse en las personas, imaginar sus historias, adivinar adónde iban o qué pensamientos las acompañaban.Ese día, sin autos ni colectivos que interrumpieran la mirada, las veía con una nitidez diferente.

Y no eran aquellos días de pandemia, cuando el silencio de la calle estaba cargado de sufrimiento y muertes. Esa vez tenía otro significado: la llegada del Papa, esperanza para muchos.

El papa inicia este domingo su visita a la Argentina.

De vez en cuando, algún avión atravesaba el cielo y quebraba la quietud. Los pájaros, sin embargo, no dejaban de cantar. Tal vez siempre lo hacían, solo que ella no podía escucharlos.

Miró el reloj. Eran las ocho y media. Se preparó el desayuno y se lo llevó a la cama.

A las nueve y media se levantó y fue a ducharse. Mientras el agua se deslizaba por su cuerpo fue planeando el día.

A las diez y media tomó una bolsa y bajó para ir al supermercado de la esquina. Eligió dos atados de acelga, tapas de empanadas hojaldradas, un trozo de parmesano y unos granos de pimienta de Jamaica. 

De regreso, dejó las compras sobre la mesa, se recogió el cabello, se puso el delantal y, antes de empezar, se lavó las manos. Molió la pimienta, ralló el queso y reservó unas láminas para el final. Separó los tallos de la acelga, que guardaría para otra preparación. Y lavó las hojas, una por una, con esmero, como si quisiera quitarles no solo la tierra, sino también cualquier rastro del camino que habían recorrido hasta llegar a su cocina. Luego las pasó por el centrifugador de verduras hasta dejarlas secas. Las cortó en trozos y las reunió en un recipiente grande. Agregó el queso y la pimienta. Mezcló todo con las manos, procurando que cada hoja quedara impregnada de aquella combinación de sabores.

Fue colocando pequeñas porciones sobre las tapas de empanada. Cerró los bordes con cuidado, dándoles la forma de bohios. Pensó que, de alguna manera, aquellas hojas quedaban protegidas dentro de la masa, a salvo del ruido del campo, del mercado, del murmullo externo, como ella misma ese día.

Los pinceló con aceite de oliva y esparció las láminas de queso por encima. Los llevó al horno.

Cuando estuvieron listos, eligió un plato de porcelana con flores rosas y acomodó dos bohios.

Salió al balcón. El aire era agradable y el sol comenzaba a entibiarle la piel. Una paz inmensa la habitaba. Fue ahí cuando reparó en una figura acostada en uno de los bancos. La miró bien. Era una mujer. De pronto, esa mujer se sentó. Llevaba ropa oscura, gastada y… rasgada.

Julia no distinguía bien sus facciones, pero la postura encorvada y la cabeza gacha transmitían tristeza.

Se quedó un rato más en el balcón, observándola. Después entró en la cocina, preparó una vianda con algunos bohios y bajó al parque.

Caminó hacia el banco y, con  movimiento lento, se sentó al lado. Abrió el envase y se lo acercó.

La mujer la miró con desconfianza, hasta que finalmente tomó uno. Lo sostuvo entre las manos y lo probó con cautela. Cuando terminó, Julia le ofreció otro. Esta vez aceptó sin dudar. Mientras comía, sus ojos parecieron iluminarse.

Entonces Julia sintió una alegría inesperada, y con voz suave, le preguntó cómo se llamaba, si se sentía bien, si podía ayudarla. Pero la mujer no respondió; bajó la mirada y su cuerpo se tensó. Permanecieron sentadas una junto a la otra, y el tiempo dejó de contar. Sin embargo, el parque seguía su ritmo: algunas personas caminaban, otras corrían y, por encima de sus cabezas, los pájaros continuaban conversando.

De pronto, la mujer cerró los párpados y sus mejillas se inundaron de lágrimas. Julia no supo qué hacer. Se quedó quieta, pero su mano se extendió involuntariamente y buscó la de aquella desconocida de cabello enmarañado. Los dedos se encontraron y quedaron entrelazados. En ese contacto, Julia sintió algo de la angustia que la otra llevaba consigo.

Fue entonces cuando ese ser que parecía frágil, se secó la cara con sus manos cuarteadas, abrió los ojos y le sonrió.

Permanecieron así unos instantes, hasta que, en un momento, la mujer soltó la mano. Se levantó y comenzó a alejarse con pasos lentos, sin volver la cabeza.

Julia no intentó detenerla.

Se quedó sentada, mirando cómo se perdía entre los árboles. Tenía miles de preguntas sin respuesta: ¿quién era? ¿Dónde pasaría la noche? ¿Qué había ¿Qué había sucedido en ese breve instante en que sus manos se habían unido?

Respiró profundo, miró hacia el cielo limpio y vio una bandada de pájaros que lo cruzaba, abriendo y cerrando las alas, todos juntos, como si fueran uno solo. Y supo que la saludaban.

En la vianda quedaban algunos bohios. Tomó uno y lo comió despacio.

(*) Autora y bioquímica


Por Laura Gubbay (*), especial para "Río Negro"

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