Vinos de Neuquén: la pregunta en las degustaciones que sorprende incluso a los que viven acá

Proyectos como Estancia Chimehuin y eventos como "Vino a la Montaña" demuestran que el verdadero valor de un viaje no está solo en lo que se ve, sino en las historias compartidas con quienes producen lo que llega a la mesa.

Por Redacción

Por Sergio Landoni (*) | sergiolandoni.com.ar



Hay una pregunta que escucho cada vez con más frecuencia durante las degustaciones: ¿de dónde es este vino?

Cuando la respuesta lleva a un viñedo cercano, a una bodega que muchos desconocían o a un lugar que forma parte del paisaje cotidiano de quienes participan, la conversación toma otro rumbo. Aparecen preguntas sobre el productor, sobre dónde están plantadas las vides y sobre cómo es posible elaborar vinos en determinadas zonas de Neuquén.

En distintos encuentros dedicados a los vinos neuquinos lo comprobé con Estancia Chimehuin. Sus vinos despertaron mucho interés entre personas que viven en la región, conocen sus paisajes y, sin embargo, descubrían una actividad productiva que tenían prácticamente al lado de su casa.

A veces conocemos muy bien los lugares que nos rodean, pero sabemos poco de lo que se produce en ellos.

El paisaje es el comienzo



La Patagonia tiene una ventaja que pocos destinos pueden ofrecer. Sus montañas, lagos, bosques, ríos y extensiones de estepa despiertan el deseo de viajar incluso antes de conocerlos.

Quien llega hasta aquí también elige dónde comer, recorre comercios, busca productos regionales y se interesa por las costumbres del lugar. Quiere probar algo que difícilmente encontraría en su ciudad, conocer su origen o conversar con quien lo elabora.

La gastronomía ocupa un lugar importante en ese recorrido. Una buena comida puede ser tan recordada como una excursión, especialmente cuando los sabores tienen una relación con el destino.


En Neuquén contamos con productos que reflejan la diversidad de nuestra provincia. El chivito del norte, las truchas, los hongos de nuestros bosques, los quesos artesanales y las frutas finas hablan de distintas geografías, actividades productivas y tradiciones. Detrás de ellos hay familias, emprendimientos y conocimientos que forman parte de la vida de cada lugar.

Cuando esos productos llegan a la mesa, la cocina tiene la posibilidad de mostrar algo de esa historia. El visitante descubre sabores y, al mismo tiempo, conoce una parte de la región que está recorriendo.

Con el vino sucede algo similar. El clima, los suelos, las condiciones de los viñedos y las decisiones de quienes los trabajan dejan su huella en cada elaboración. Un vino neuquino puede acercarnos a una zona productiva, a una bodega o a una historia que hasta ese momento desconocíamos.

Acercar lo que ya tenemos



En la Patagonia hay cocineros, bodegas, productores de alimentos y emprendedores turísticos que llevan años desarrollando sus proyectos. Algunos recuperan preparaciones tradicionales; otros incorporan nuevas técnicas o trabajan con productos que hasta hace poco tenían escasa presencia en la gastronomía.

El desafío es conseguir que quienes nos visitan tengan más oportunidades de conocer ese trabajo.

Un restaurante puede hacerlo al recomendar un vino neuquino y contar de qué zona proviene. Un hotel, al orientar a sus huéspedes hacia una bodega, un productor o una propuesta gastronómica cercana. Son gestos sencillos que enriquecen la estadía y pueden generar nuevas oportunidades para quienes trabajan en la región.


También las ferias y los encuentros dedicados a los productos regionales cumplen una función importante, porque permiten conversar directamente con quienes elaboran lo que estamos probando.

Durante la segunda edición de Vino a la Montaña, que organizamos el 10 y 11 de octubre en San Martín de los Andes, participaron más de 250 personas. Con bodegas y proyectos vitivinícolas de Neuquén, Río Negro y Chubut presentes, una de las escenas que más disfruté fue ver a los visitantes detenerse a conversar con los productores, preguntar por sus viñedos y escuchar cómo habían comenzado sus proyectos.

Una etiqueta puede ofrecernos información sobre un vino, pero la conversación con quien lo elabora permite conocer el trabajo que existe detrás de esa botella.

La Cordillera, el norte neuquino, los valles productivos y las localidades de la estepa tienen historias y productos diferentes. Cada destino puede encontrar su propia manera de acercarlos al visitante, respetando aquello que lo distingue.

Lo que queda después del viaje



En una degustación podemos hablar de aromas, sabores, variedades y técnicas de elaboración. Son aspectos importantes para comprender un vino, aunque con el tiempo muchos de esos detalles se olvidan. Lo que suele permanecer es el recuerdo del momento en que lo descubrimos: el lugar, las personas con quienes compartimos la copa o alguna historia que nos sorprendió.

En los viajes pasa algo parecido. A veces una comida, una conversación o la visita a un productor termina ocupando un lugar tan importante en nuestra memoria como aquel paisaje que fuimos a conocer.

Ahí está, a mi entender, uno de los desafíos del turismo patagónico: conseguir que quienes llegan atraídos por nuestros paisajes también puedan descubrir lo que producimos, los sabores de nuestra región y las personas que están detrás de ellos.


Buena parte de ese trabajo ya está en marcha. Podemos avanzar acercando a los visitantes a nuestros productores y haciendo que los sabores de cada lugar tengan mayor presencia en las propuestas turísticas. También quienes vivimos aquí tenemos mucho por conocer y valorar de nuestra propia producción.

Vuelvo entonces a aquella pregunta que aparece durante las degustaciones: ¿de dónde es este vino?

A veces, la respuesta es un lugar que conocemos de toda la vida. Lo que sorprende es descubrir que allí había una historia que todavía no nos habían contado.

(*) Sommelier de Territorio | Embajador del Vino Neuquino


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