Gladiadores globales
Por Alvin y Heidi Toffler
La batalla de Seattle entre manifestantes y los ministros que asistían a la conferencia de la Organización Mundial de Comercio es mucho más importante de lo que sugieren las reseñas periodísticas. Los medios del mundo la presentaron como una lucha por el comercio, los derechos laborales, y el excesivo hermetismo en la OMC.
Fue, de hecho, la primera escaramuza de una guerra mucho más grande que va a reestructurar todo el sistema global. En este sentido, el proceso que se ha iniciado es históricamente tan importante como la ‘Guerra de los 30 años’ que terminó en 1648 con el Tratado de Westphalia, estableciendo las bases diplomáticas para el orden mundial que hoy ya desaparece, construido alrededor de naciones-Estado supuestamente soberanas.
Antes de aquella época -e incluso más tarde- el mundo era un tapiz de ciudades-Estado, principados, ducados, territorios papales, imperios y regiones fuera de control. No existían naciones en el sentido moderno y no existía el concepto de lealtad nacional como tal, por lo que los generales, académicos y diplomáticos trabajaban, según nos dice el historiador Hans Kohn, “sin interés por la nacionalidad”. Los nobles alemanes podían trabajar para un rey francés y un ejército de Alemania podía estar conformado con oficiales de Italia, Irlanda o Escocia..
Las naciones, como las conocemos, sólo llegaron a existir más adelante, cuando la Revolución Industrial dio cabida a las economías nacionales integradas y a los mercados nacionales. Junto con ellos llegaron la conciencia nacional, el nacionalismo y la lealtad nacional. Desde entonces, las naciones, o los estados que pretenden el status de nación, han dominado la toma de decisiones a nivel global.
El conflicto simbolizado por lo que ocurrió en Seattle, tiene también probabilidades de durar décadas, y también va a redistribuir significativamente el poder global. Esta vez, sin embargo, en lugar de establecer las bases para un sistema mundial de naciones-Estado, veremos el proceso inverso. Las naciones-Estado no van a desaparecer, pero se verán obligadas a compartir el poder global con nuevas fuerzas, y no hablamos sólo de los manifestantes improvisados que salieron a las calles de Seattle.
Un nuevo grupo de “gladiadores globales” está ya en la arena mundial: corporaciones transnacionales, la Iglesia Católica, religiones resurgentes como el Islam, alrededor de 25.000 organizaciones no-gubernamentales u ONGs (sólo unas cuantas de las cuales estuvieron representadas en Seattle), por no mencionar fuerzas antisociales tan potentes como traficantes de narcóticos, sindicatos globales del crimen y otros parecidos. Todos estos actores se congregan ahora sobre el escenario mundial y claman por poder. Como escribimos en “Powershift” (1990), “las naciones como las conocemos bien pudieran encontrarse ante potentes adversarios, algunos de no más de una millonésima de su tamaño.’’
Antes simplemente colaterales, estas nuevas fuerzas -ahora interconectadas por Internet, redes globales de telecomunicaciones y otras avanzadas tecnologías (a veces más avanzadas que las de los gobiernos nacionales)- vienen acompañadas por falanges de recaudadores de fondos, abogados, antesalistas, manipuladores de los medios, y ‘hackers’ y ‘crackers’ computacionales voluntarios.
En el presente, esta nueva ‘Guerra de los 30 años’ es una batalla entre las ONGs y las organizaciones intergubernamentales establecidas por las naciones-Estado (IGOs, por sus siglas en inglés). Estas IGOs van desde el Fondo Monetario Internacional y la OMC hasta la Organización Internacional de Aviación Civil y la Agencia Internacional de Energía Atómica. Aunque la OMC es el objetivo ahora, pronto veremos “gladiadores” no-nacionales demandar también acceso, transparencia y, últimamente, asientos formales en la mesa de toma de decisiones de otras instituciones intergubernamentales. Las Naciones Unidas, en sí misma un club de naciones-Estado, podría tener que cambiar la base de la representación de naciones y estados que pretenden ser naciones, o quedar en la más completa irrelevancia. Podría tener que ofrecer asientos a representantes de las grandes corporaciones del mundo, de las grandes religiones, y de las ONGs, no como coconsultoras,” sino como miembros plenos.
Al avanzar la economía más allá de la agricultura de la Primera Ola y el Industrialismo de la Segunda Ola a una nueva economía de la Tercera Ola basada en el conocimiento, los mercados local y global se vuelven tan importantes como fueron los mercados nacionales durante la Segunda Ola. Simultáneamente, la capacidad de las naciones individuales para controlar los flujos de información, comercio, tipo de cambio, contaminación e inmigración disminuye. En suma, el poder de facto se les está acabando a las naciones y se está dispersando hacia grupos y centros de poder no-estatales, no-nacionales.
La batalla de Seattle entre manifestantes y los ministros que asistían a la conferencia de la Organización Mundial de Comercio es mucho más importante de lo que sugieren las reseñas periodísticas. Los medios del mundo la presentaron como una lucha por el comercio, los derechos laborales, y el excesivo hermetismo en la OMC.
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