Gracias, Alan
La baja de tasas que decidió Alan Greenspan puede conducir a una conclusión errónea: que el malhumor argentino se debía a factores externos.
Por si aún quedaban algunas dudas en cuanto a la importancia para el país de las decisiones financieras tomadas en el exterior por motivos que raramente tienen mucho que ver con sus propios problemas, acaba de eliminarlas la reacción local frente a la reducción, del 6,5% al 6%, de la tasa de interés interbancaria de los Estados Unidos. Aunque en el resto del mundo el impacto en los mercados de la medida anunciada por el mandamás de la Reserva Federal, Alan Greenspan, no tardó en agotarse al darse cuenta los operadores bursátiles de que las consecuencias serían limitadas, aquí persistió varios días más, para alivio del gobierno del presidente Fernando de la Rúa que, por primera vez en mucho tiempo, cree verse ante un panorama promisorio. Su optimismo puede entenderse. Si bien en el 2000 la coyuntura internacional distó de ser tan adversa como muchos afirmaban -al fin y al cabo, países como Chile y el Brasil lograron avanzar a un ritmo respetable-, resultó demasiado negativa para una economía tan precaria y poco competitiva como la argentina, la cual, al acercarse el año a su fin, pareció estar por desplomarse por completo.
Greenspan ordenó el recorte porque temía que su país, los Estados Unidos, corriera el riesgo de caer abruptamente en una recesión luego de ocho años de bonanza y, puesto que ya tiene motivos para sospechar que la medida no ha surtido el efecto deseado, es posible que pronto repita la dosis, eventualidad que, claro está, nos sería muy beneficiosa no sólo porque nos supondría un ahorro neto de otro centenar de millones de dólares, sino también porque equivaldría a una nueva devaluación del dólar/peso frente al euro después del diez por ciento que se ha registrado a partir de setiembre. Además, se reduciría aún más el riesgo país. Otro motivo de satisfacción ha sido brindado por el aumento reciente de los precios de los productos primarios. Dicho de otro modo, las circunstancias financieras internacionales podrían resultarnos tan favorables como eran antes de que el “efecto tequila” pusiera fin a un período de crecimiento espectacular. ¿Estará la Argentina en condiciones de aprovechar la oportunidad así brindada? Es de esperar que sí: de lo contrario, las perspectivas se harían aún más sombrías de lo que eran el año pasado.
El que el panorama se haya mejorado plantea muchos riesgos. Abundan los “dirigentes” que intentarán hacer pensar que ya no es tan necesario preocuparse por detalles como los supuestos por los déficit provinciales atribuibles a las prácticas clientelares de la clase política. Sin embargo, de darse una etapa de desahogo relativo, el gobierno delarruista debería usarla para profundizar aún más las reformas destinadas a permitir que el “modelo” funcione con mayor eficacia, resistiéndose a la tentación con toda seguridad muy fuerte de subordinar todo a sus esperanzas electorales. Los buenos tiempos -y es factible que el horizonte se oscurezca nuevamente después de un par de semanas signadas por el optimismo- serán seguidos por otros malos y es deber de la clase dirigente tratar de asegurar que, de modificarse una vez más el contexto internacional, el país resulte ser plenamente capaz de adaptarse a él sin experimentar otra crisis traumática.
Ya antes de producirse la reducción de la tasa de interés clave norteamericano, el anuncio del paquete de ayuda conocido como el “blindaje financiero” había contribuido a levantar los ánimos del presidente De la Rúa y del ministro de Economía, José Luis Machinea, pero aun así es evidente que ha sido mayor la incidencia de la decisión de Greenspan en la actitud de los empresarios y operadores bursátiles locales. Así, pues, muchos llegarán a la conclusión de que el “malhumor” que tanto preocupaba al gobierno habrá estado estrechamente vinculado con factores externos. Tengan razón o no los dispuestos a pensar de tal modo, no convendría en absoluto que prosperara la tesis así supuesta, porque si bien
es patente que el estado de las finanzas mundiales puede incidir de forma directa en la evolución de la economía y por lo tanto de la política, también debería serlo que en última instancia el destino del país dependerá principalmente de la capacidad de sus habitantes para superar los desafíos que les planteen las circunstancias.