Gurúes juguetones

Aunque los economistas tienen más prestigio que en el pasado, su influencia en quienes conducen el país aún es escasa.

Por Redacción

A esta altura, sería razonable suponer que los economistas entenderían que no les es dado profetizar con precisión la evolución futura del producto bruto nacional o de otras variables importantes y que, conscientes de sus deficiencias en este sentido, advertirían a los políticos contra la tentación de tomar sus proyecciones demasiado en serio. Al fin y al cabo, si bien en ocasiones algunos especialistas han conseguido acertar con sus vaticinios, tales logros han sido tan poco frecuentes que lo más sensato sería atribuirlos a la buena suerte, no a sus talentos analíticos. Es que por lo común las previsiones de esta clase, desde las formuladas por entidades supuestamente omniscientes como el Fondo Monetario Internacional o bancos centrales, hasta las confeccionadas con apuro por consultoras improvisadas, tardan poco en verse desvirtuadas por los datos oficiales, aunque a veces la revisión posterior de una estadística por parte de los funcionarios de un gobierno permita a por lo menos un economista felicitarse por sus dotes adivinatorias. Que sea así es lógico en vista de la incertidumbre imperante en torno de factores tan básicos como el futuro inmediato de la economía estadounidense: según algunos, continuará creciendo luego de una breve pausa; a juicio de otros, podría estar por entrar en un período de turbulencia muy peligrosa. Aún más significantes, si cabe, son las dudas en cuanto al valor de estadísticas a primera vista sencillas como las relacionadas con la tasa anual de inflación: algunos estudiosos creen que en los Estados Unidos y Europa occidental se ha visto exagerada durante años por uno o dos por ciento. Asimismo, es necesario tomar en cuenta sorpresas, como las propinadas últimamente por el alza imprevista del precio del petróleo y la baja igualmente inesperada de la cotización del euro, factores éstos que ya han incidido mucho en las perspectivas de nuestro país.

El que los economistas no estén en condiciones de prever el futuro no debería ser motivo de vergüenza para nadie. Después de todo, lo que sí pueden hacer es analizar lo que ya ha sucedido a fin de poder decidir cuáles serían las consecuencias más probables de ciertas estrategias determinadas. Sin embargo, parecería que tareas técnicas de este tipo son demasiado humildes para aquellos consultores o gurúes económicos que, lo mismo que los adivinos que operan en ámbitos menos prestigiosos, se sienten obligados a informarnos sobre lo que sucederá en el 2001, de suerte que las muchas fundaciones y así por el estilo que se dan en el país ya están repartiendo sus pronósticos. Algunas vaticinan que el producto bruto se encogerá aún más, mientras que otras, más optimistas, prevén un crecimiento de más del cuatro por ciento. Puesto que todas las entidades obran sobre la base de los mismos datos y, según parece, comulgan con la misma ideología más o menos «ortodoxa», si la economía fuera una ciencia tan exacta como pretenden, alcanzarían las mismas conclusiones pero, por tratarse de una actividad competitiva emprendida por personas deseosas de vender sus servicios, no pueden darse tal lujo.

Para los políticos y funcionarios que dependen de los consejos de los expertos, la confusión así producida puede resultar decididamente negativa. Como quiera que no hay consenso alguno entre los economistas profesionales, los legos en la materia naturalmente propenden a limitarse a escuchar a aquellos expertos cuyos vaticinios encuadran mejor con sus propios prejuicios. Si se oponen al gobierno de turno, prestarán más atención a los gurúes más pesimistas y severos; si son oficialistas, privilegiarán a quienes dicen que pronto el país disfrutará de una bonanza. En otras palabras, si bien hoy en día los economistas cuentan con mucho más prestigio que en el pasado, la influencia de su sabiduría en lo que efectivamente hacen los encargados de dirigir el país es relativamente escasa y, de sorprendernos la evolución de la economía nacional en los próximos meses, podría reducirse aún más, lo cual plantearía el riesgo de que, una vez más, los integrantes de la elite política decidan negarse a prestar atención alguna a sus advertencias por entender que en el fondo todos son ideólogos, cuando no políticos disfrazados de técnicos imparciales, al servicio de alguno que otro grupo de intereses particulares.