Hablar, callar, pensar

Columna semanal

Por Redacción

EL DISPARADOR

Te levantaste al alba, una hora antes de lo habitual, pero no alcanzó: el vagón está lleno de bicicletas. No vas a poder leer durante los cuarenta minutos del viaje en tren, pero más te fastidia saber que te vas a callar tus pensamientos. ¿O vas a decir algo?

Si es el vagón para las bicicletas, por qué carajo no se van al otro en vez de amontonarse acá, te preguntás. Un morocho, sentado en el suelo, mira desde abajo a los que se acomodan a su alrededor. Levantate negro cabeza, le querés decir, pero te callás. Debe medir como dos metros y te parece que su tez oscura resalta en contraste con su abrigo clarito. Te resulta coherente que su mochila negra tenga un escudo de Boca.

En la siguiente estación, el morocho frunce el ceño. Un señor que sube con su bici de carrera le roza la pierna. “Ehhh, ¿¡no vé’ mi pié!?”, se queja el morocho. Quedás casi en medio de los dos. El señor lleva unos auriculares y pareciera que no lo escuchó, ni lo mira. Al señor le ves un aire vanidoso, de superioridad, y por su apariencia -su rostro bronceado, sus canas prolíjamente peinadas- te recuerda a Morrisey. Si te diera motivos, creés que le dirías cualquier cosa, porque no lo sentís amenazante como al morocho, que no debe tener nada para perder y, seguro, estará acostumbrado a pelearse desde la cuna.

“Te podé’ corre’ un poquito pa’ delante”, te demanda el morocho, inquietante, como diciéndote “che, idiota, ¿no ves que no tengo lugar?”. No podés evitar tu razonamiento: que se joda este negro por estar en el suelo del furgón de las bicis. Te gusta la idea de incomodarlo más para evidenciarle su incorrección, pero le decís: “Ahora me corro, pasa que no tengo lugar, disculpá”.

El morocho se pone de pié. Morrisey le hace lugar para que pase. El morocho aprieta los dientes y murmura un insulto. Morrisey, definitivamente, se desentiende. El tren llega a Lisandro de la Torre, el morocho y varios más se bajan en la estación. Queda bastante espacio, pero ya no querés leer. Observás. La población del tren te parece muy definida: camisita o traje, los que van a la oficina; zapatillas y jeans gastados -algunos un poco ajustados-, los que van a la facu; y ropa deportiva holgada, los negros que van a la obra o a un lugar así.

Bajás en Retiro, está fresco. Pero el sol te entibia, te cobija. La estación terminal te parece hermosa y poco valorada en el apuro cotidiano. Hacés una foto con tu teléfono. “Eh, pa’, no me ayudá con una moneda”, mendiga un pibe. Le decís que no, guardás rápido tu teléfono y apurás el paso. Un muchacho con rastas ensaya malabares con mazas. Un policía le grita a otro “dale negro, ¿querés que hagamos eso ahora?”. Vos querés entender algo, pero sólo ves escenas que te llaman la atención y no sabés cómo interpretarlas.

Te subís a la bici, huís hacia delante. No querés llegar tarde a la facultad. La peatonal Reconquista está bastante calma, te da seguridad. Recordás que en el diario hablaban de quejas porque circulaban muchos autos. Cada pedaleada te va serenando más. Tu mente, de pronto, evoca a tu amigo moralista, ese que se enoja porque decís “negro cabeza” y te recrimina que eso estigmatiza y nos divide como sociedad. Pero a vos te nace así. ¿Se puede evitar lo que, como un acto reflejo, se piensa instantáneamente? Al menos, te consolás, no lo dijiste en voz alta.

Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com)


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