Habrá que pasar el invierno
Virtualmente todos los integrantes de la clase política nacional dicen querer que los casi veinte meses que aún quedan del mandato de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner transcurran sin demasiados sobresaltos. Tanto los incondicionales del kirchnerismo como los opositores más fogosos coinciden en que desviarse nuevamente del calendario constitucional sería desastroso para el país, aquéllos porque apuestan a que una transición ordenada les ahorrará problemas legales en el futuro, éstos porque creen que les convendría que el gobierno responsable de un desaguisado económico fenomenal pagara los costos políticos de los ajustes necesarios y que, pase lo que pasare, terminarán aplicándose. He aquí una razón por la que los dirigentes opositores más destacados, personas como Sergio Massa y Mauricio Macri, criticaron con tanta dureza el paro general del jueves pasado. La preocupación que sienten es comprensible. Temen que Hugo Moyano, Luis Barrionuevo y otros sindicalistas, envalentonados por el alto grado de acatamiento que consiguieron, opten por redoblar la ofensiva contra un gobierno cada vez más débil convocando a paros más largos, de 36 ó 48 horas, con movilizaciones callejeras, de tal modo asegurando que la “herencia” que reciba el eventual sucesor de Cristina sea todavía peor de lo previsto. Asimismo, les parece probable que la izquierda combativa aproveche lo que ve como una gran oportunidad para incomodar a los “burócratas” del sindicalismo tradicional. El malestar social ya palpable, que no podrá sino intensificarse en las próximas semanas al hacerse sentir los tarifazos del gas –que en algunos casos son del 500% o más y que pronto se verán seguidos por otros que sirvan para que la electricidad cueste mucho más–, el aumento constante de los precios de bienes imprescindibles, entre ellos los de la canasta básica familiar, y la ralentización abrupta de la economía que tendrá un impacto negativo en el mercado laboral plantean una amenaza no sólo al gobierno kirchnerista sino también a la crónicamente precaria institucionalidad. Si las dificultades que ya están multiplicándose fueran atribuibles a una crisis internacional, como la que estalló en la segunda mitad del 2008, o una insólita serie de calamidades naturales, la clase política en su conjunto podría cerrar filas en defensa del sistema confiando en que la ciudadanía entendería la importancia de la disciplina social. Pero, desgraciadamente para todos, es innegable que los problemas más penosos que enfrentará la población se han debido a errores puntuales perpetrados por personas determinadas, de suerte que a los dirigentes más representativos no les será dado respetar una especie de armisticio político hasta que la emergencia se haya visto superada, algo que, de todos modos, tardará varios años. Dadas las circunstancias, no podrán sino intercambiar acusaciones, reclamar rectificaciones y formular propuestas que inevitablemente serán polémicas. Por lo demás, la mera sospecha de que los opositores principales estuvieran dispuestos a pactar con un gobierno tan notoriamente corrupto como el de Cristina a fin de facilitar la transición ampliaría la brecha ya existente entre la clase política y el resto de la ciudadanía. Dicen que la mentira tiene patas cortas. Lo mismo puede afirmarse del populismo voluntarista que constituye la doctrina nacional por antonomasia. Una vez más, la ciudadanía no tendrá más alternativa que pagar un precio muy elevado por haber confiado en las promesas de políticos que, según parece, creían que la mejor forma de solucionar un problema consistía en minimizar su importancia. Para muchos kirchneristas, la inseguridad ciudadana sigue siendo una “sensación” y hasta hace poco la inflación era un desorden psicológico que podrían curar manipulando las expectativas con la ayuda de estadísticas falsas. Puesto que el “modelo” de Cristina se basaba en nada más firme que ilusiones, estaba escrito que andando el tiempo se desmoronaría, con consecuencias dolorosas para millones de personas que tendrán que enfrentar un invierno que, tal y como están las cosas, podría durar mucho más que el vaticinado en su momento por el autoritario ícono “liberal” Álvaro Alsogaray, sin los recursos que precisarían para protegerse del frío y, es de temer, en muchos casos del hambre.
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