Heladería

Por Redacción

Dos chicas están sentadas en una coqueta heladería del barrio porteño de Belgrano. Una lleva puesta una remera blanca y la otra, una rosa. Parece que estuvieran esperando algo mientras charlan y toman café. En un momento se acerca uno de los empleados del local y les pregunta si quieren algo más. Las chicas sonríen y lo miran. El muchacho tiene el rostro pálido, se nota que se afeitó hace unas pocas horas. Usa unos anteojos de marco negro y sus pocos centímetros de pelo están endurecidos con gel. Suspira, mira a la docena de personas que aguardan ser atendidas en el otro extremo del local y se sienta al lado de las dos chicas. –¡¿Qué hacés?! –le pregunta Remera Blanca. –¿Estás cansado? –añade Remera Rosa con media sonrisa. –No, pero el trabajo nunca se termina. Entré al mediodía y salgo a las dos de la mañana. –Uh, pobre, qué embole –le dice Remera Rosa. Remera Blanca se pone seria y no vuelve a abrir la boca. Muchacho seca el sudor de su frente y la piel le brilla un poco menos. Permanecen la transpiración en su ropa y la agitación en su respiración. Remera Rosa le da charla mientras se acomoda el pelo. Intercambian unos comentarios. “Che, vení a ayudar que esto es un quilombo”, grita el encargado del local. Muchacho sonríe, saluda y vuelve al trabajo con el paso apresurado y la firmeza y la seguridad de los que saben que ya ganaron antes de conocer el resultado. Donde todos caminan, Muchacho corre para buscar un pote de helado, se concentra para limpiar el mostrador con un trapo húmedo, sirve un par de cucuruchos y vuelve a correr para ir al depósito. El piso está resbaloso pero para él no es un problema: patina como si fuera Rafael Nadal sobre el polvo de ladrillo de Roland Garros. Sus compañeros lo miran de reojo. Para ellos es un día más en el que repiten movimientos mecánicos sin gracia. No saludan a los clientes con un “hola” ni con un “chau”. En medio del tedio, Muchacho va y viene, incansable. La heladería, hoy, es su Grand Slam. A cada rato les dedica una mirada a las dos chicas, que en un momento se paran y se van. Muchacho corre otra vez, vuelve a patinar y frena justo en la mesa donde quedan los restos de dos cafés. “La vida se define por las oportunidades, sean aprovechadas o no”, lee en uno de los sobres de azúcar. Luego agarra el ticket que está junto al dinero y se sorprende al ver anotado con lápiz labial rojo un número de celular acompañado por un mensaje: “Soy Remera Blanca”.

Juan Ignacio Pereyra @pereyranacho


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