Herederos de una época trágica
Las periodistas Carolina Arenes y Astrid Pikielny recogen en “Hijos de los 70” historias que echan luz sobre heridas abiertas, las de una generación que heredó la tragedia argentina.
Como un mosaico de historias que piden la palabra y exigen su lugar en la complejidad de la trama trágica de la última dictadura cívico-militar, el libro “Hijos de los 70”, de las periodistas Carolina Arenes y Astrid Pikielny, acerca testimonios de herederos de esa época y se torna urgente para vislumbrar un contrapunto de biografías aparentemente antagónicas pero enlazadas en un pasado que siempre regresa con dolor. Hernán Vaca Narvaja, hijo de Miguel Hugo, asesinado en 1976, se pregunta cómo conviven con los hechos de la historia los hijos de los torturadores, y como un diálogo que nunca fue real pero sí ensayado en las páginas de este libro, la hija de un represor, Analía Kalinec, conmueve al preguntarse: “¿Por qué una persona entra a trabajar en la Policía a ejecutar esa función? No cualquiera lo puede hacer, ¿por qué mi padre sí?”. O la empatía que sintió Mariano Tripiana cuando presenció el desgarro de los hijos de Aníbal Alberto Guevara acusado de la desaparición de su padre. También la reconstrucción de identidad de Luciana Ogando, cuyo padre militante de Montoneros fue fusilado por sus propios compañeros después de haber dado información bajo tortura, son algunas de las historias que echan luz sobre heridas abiertas. Hijos de militantes, represores, sindicalistas, empresarios, intelectuales, “todos son portadores de marcas que tienen que ver con una época que sustituyó la política por la violencia”, dice a Télam Astrid Pikielny sobre los testimonios reunidos en el libro. “Un denominador común para todos, cada uno con su particular característica, es qué hacen con la herencia que les tocó”, agrega la coautora Carolina Arenes. “Hijos de los 70: historias de la generación que heredó la tragedia argentina”, publicado por Sudamericana, despliega así 23 historias de varones y mujeres que recuperan, acompañan, rechazan, se desprenden y también reivindican a la generación que los parió. Son hijos atravesados por el dolor, por la ausencia y por el silencio o las omisiones, son hijos que cuestionan y que amasan el vínculo con sus padres no como quieren, sino como pueden. Y son también voces que parecen estar en las antípodas pero que sin embargo se unen bajo el signo de ser “herederos de una época”, como condensa Pikielny, y tal vez por eso cada una reclamaba ser escuchada, tener su lugar en la bibliografía sobre esa época oscura. “Hay muchas voces que sienten que no están en la historia”, indica Arenes, licenciada en Letras y periodista editora del diario “La Nación”. Lejos de pararse en el banquillo acusador, más bien el libro arroja como un balde de agua fría y urgente el dolor de una generación. Y aunque cada hijo ve los hechos del pasado y el accionar de sus padres desde paradigmas a veces opuestos, en general “hay un consenso de época que hoy en día impide que alguien defienda la dictadura”, piensa Pikielny, periodista y politóloga. A un lado quedan entonces los prejuicios que los condenan, los celebran o los apartan del camino por ser “hijos de”, porque en definitiva, advierte Arenes, se trata de “gente que tiene muchas heridas y con planteos de muy distinta índole. Lo que es interesante es ver qué decidieron o pudieron hacer con la herencia; las preguntas que se hacen y no se hacen sobre sus padres”. Y con esa intención el libro se abre como un abanico y por sus páginas salpican cruzadas voces singulares, disímiles, poco orgánicas, como el testimonio de Eva Donda, el de los hijos de Marcelo Dupont (Valeria, Marcelo, Máximo y Miguel, los cuatros reunidos por primera vez), el de Delia Lozano, Luciana Ogando, Luis Alberto Quijano, Mario Javier Firmenich, Claudia Rucci, Diego Molina Pico, Mariano Pujadas, Alejandro Rozitchner y Félix Bruzzone. “Es interesante ver cómo estos hijos se cruzan en los pasillos de la Justicia, en la calle, en los trabajos”, dice Pikielny. Las escenas se enlazan entre padres y descendientes, como Félix Bruzzone, hijo de desaparecidos (su padre, un soldado conscripto de Córdoba y militante del ERP), que atravesó el paredón del penal de Marcos Paz, de la mano de otro hijo, Aníbal Guevara, sin saber demasiado por qué pero allí estuvo rodeado de represores. O Ricardo Saint-Jean que se hizo responsable de la causa de su padre, Manuel Saint-Jean, gobernador de facto de la provincia de Buenos Aires, transitando tribunales para defender lo que él consideró una detención en “contra de todo lo que había estudiado”, aún reconociendo las prácticas ilegales en el marco de “una guerra”. También Diego Molina Pico y el relato siniestro de Jorge “Tigre” Acosta cuando al entregarse, una madrugada de diciembre de 1998, le contó al fiscal las razones del secuestro de su tía, una monja misionera. Es que la llave que convierte este libro en un eslabón para comprender heridas entrelazadas, y en esto las dos autoras son rotundas, “es que estamos hablando de hijos, no de padres. Los hijos no son responsables de nada, no heredan culpas”, dice Arenes, y Pikielny sintetiza: “No rinden cuentas a la Justicia, no tienen responsabilidades políticas, y para nosotras no están bajo sospecha por origen o filiación, aunque haya posturas con las que no estemos de acuerdo”. (Télam)
Milena Heinrich