El pueblo que quedó en el plano

Un plano de remate publicado en 1929 por Río Negro permite reconstruir la historia del frustrado pueblo Ministro Serú, un proyecto urbanístico que buscó instalarse dentro de la ya consolidada Colonia Rusa, entre General Roca y Cervantes.

Por Edith Cabrera

Esta página histórica de la arqueología inmobiliaria nos traslada exactamente al jueves 12 de septiembre de 1929. Aquel día, las páginas de nuestro diario anunciaban con entusiasmo un mega-remate que prometía refundar un sector clave del Alto Valle de Río Negro: el nacimiento del futuro pueblo «Ministro Serú». Era un ambicioso proyecto urbano y agrícola diseñado sobre los papeles que ofrecía facilidades de pago sumamente tentadoras para la época: los solares urbanos se pagarían en mensualidades de 10 pesos cada una, sin intereses, mientras que las quintas se ofrecían en cuotas semestrales con el 7% de interés y garantía en primera hipoteca.

Los propietarios de esas tierras vieron el enorme potencial que otorgaban el paso del ferrocarril y la cercanía al Canal Principal de Riego. Por eso, lanzaron un remate que combinaba el clásico diseño en damero de las manzanas urbanas con parcelas agrícolas más grandes. Para seducir a los compradores, el anuncio de la época aseguraba: “Las tierras que ofrecemos en venta no precisan recomendación pues son reconocidas como las mejores de la zona, lo cual está justificado con las pequeñas granjas en que está dividida esta parte de la colonia, cultivadas con frutales, viñedos y donde existe numerosas bodegas”.

Para garantizar el éxito del pueblo, la parte vendedora había ofrecido al F. C. Sud, en donación gratuita, el terreno necesario para la estación: una franja paralela a la vía de 102.35 por 1000 metros de longitud. Además, el plano ya contemplaba solares reservados para la Escuela, el Correo, la Comisión de Fomento, el Juzgado de Paz, la Iglesia, la Plaza Pública y la Comisaría de Policía. El nombre elegido era un homenaje al Dr. Juan E. Serú, el histórico diputado que en 1884 había defendido la Ley de Territorios Nacionales en el Congreso.

Entre las chacras 277 y 283: el oasis que ya tenía dueño

El aviso detallaba de forma muy precisa la geografía del negocio. Las tierras a subastar por los martilleros Oliveira y Argañaraz se ubicaban específicamente entre las chacras 277 B, C y 283, pertenecientes al entonces Establecimiento Santa Rosa, que operaba como una finca unificada de gran extensión.

Si quisiéramos encontrar esa ubicación en el mapa actual, estaríamos parados en el corazón de la actual Colonia Fátima, justo en el límite donde termina General Roca (Stefenelli) y comienza el ejido de Cervantes. De hecho, en esa misma chacra 277 funciona hoy la histórica Escuela Rural N° 31.

Sin embargo, detrás del marketing inmobiliario que intentaba imponer una «marca» comercial y política atractiva para los inversores de Buenos Aires, latía una realidad social inocultable. La zona ya había sido poblada por familias de inmigrantes ruso-alemanes que habían convertido el desierto en un oasis verde a fuerza de lomo y canales de riego. El plano del futuro pueblo «Ministro Serú» se iba a instalar, en realidad, dentro de la ya establecida Colonia Rusa, fundada en 1906 con la primera adjudicación de lotes.

Recreación visual inspirada en el proyecto Ministro Serú y el paisaje agrícola que caracterizaba a la Colonia Rusa en las primeras décadas del siglo XX (imagen generada con IA)

La investigación histórica demuestra que las chacras de esta colonia —desde el límite este de Roca hasta entrar en Cervantes— iban desde la 270 hasta la 296. Es más, la célebre “Guía Comercial Edelman” de 1924 ya registraba que la Colonia Rusa estaba situada “entre la Estación Río Negro y el kilómetro 1.134, comprendiendo los lotes números 271 al 302”. Para ese entonces, la colectividad ya estaba consolidada por unas 25 familias y organizada con sinagoga, escuelas, cementerio separado y sociedades de beneficencia, además de contar con la Escuela Nacional N° 31, fundada previamente en 1917.

Decretos, cambios de nombre y el peso de la identidad

Casi un siglo después, el plano de Ministro Serú sigue siendo el testimonio más tangible de una ilusión de papel. El territorio prosperó, las chacras continuaron produciendo y la zona terminó integrada a lo que hoy conocemos como Colonia Fátima. Lo que aún permanece sin respuesta es cuánto de aquel ambicioso remate llegó a concretarse antes de que la brutal crisis económica de 1929 cambiara por completo las reglas del juego.

Aquel remate de 1929 fue quizás el primer intento inconcluso de cambiarle el nombre a algo que ya estaba firmemente establecido por sus habitantes. No fue el único. Décadas más tarde, los escritorios oficiales volvieron a la carga: el 26 de abril de 1963, el Decreto N° 873 de la Intervención Federal aprobó la Resolución N° 69/63 de la municipalidad de Cervantes, modificando oficialmente la denominación de Colonia Rusa por el de “Colonia Fátima”.

La metamorfosis burocrática no terminó ahí. El 16 de octubre de 1974, otra resolución municipal cambió nuevamente el estatus de la población a “Villa Fátima”, bajo el argumento de que el paraje ya había superado la actividad eminentemente agrícola.

Lo cierto es que la historia y la identidad suelen ser más fuertes que los planos y los sellos oficiales. Ni el ambicioso proyecto de Ministro Serú en 1929 con sus promesas de estación de tren, ni los cambios de nombre decretados en 1963 y 1974, lograron borrar de la memoria colectiva el nombre con el que los pobladores identificaron históricamente a ese sector del Alto Valle: la Colonia Rusa.

Bosquejo de una vivienda de la Colonia Rusa de los años ’30 realizado por Héctor Mutchinick

Esta página histórica de la arqueología inmobiliaria nos traslada exactamente al jueves 12 de septiembre de 1929. Aquel día, las páginas de nuestro diario anunciaban con entusiasmo un mega-remate que prometía refundar un sector clave del Alto Valle de Río Negro: el nacimiento del futuro pueblo "Ministro Serú". Era un ambicioso proyecto urbano y agrícola diseñado sobre los papeles que ofrecía facilidades de pago sumamente tentadoras para la época: los solares urbanos se pagarían en mensualidades de 10 pesos cada una, sin intereses, mientras que las quintas se ofrecían en cuotas semestrales con el 7% de interés y garantía en primera hipoteca.

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