Hombres importantísimos

Cuando la democracia madure más, a los ex presidentes les será natural desempeñarse como senadores, diputados o ministros.

Redacción

Por Redacción

A diferencia de Winston Churchill, estadista que siempre estuvo más que dispuesto a volver a ser un diputado más luego de haber guiado los destinos del imperio británico como primer ministro, ciertos próceres nuestros suelen sentirse insultados cuando alguien sugiere que podrían servir a la patria desde una posición menos encumbrada que la ocupada antes. Cuestionado sobre la posibilidad de que se postulara para el Senado, el ex presidente Carlos Menem contestó afirmando que no, que no le interesaría ser senador para La Rioja por las mismas razones, suponía, que el papa Juan Pablo II no se resignaría a terminar sus días como un humilde cardenal. Por fortuna, otro ex presidente, Raúl Alfonsín, parece menos altivo, aunque hace poco se sintió constreñido a recordarnos que durante su gestión se excusaba de su ignorancia de diversos temas diciendo “yo estudié para presidente, no para ministro”, comentario jocoso que refleja una conciencia acaso excesiva de las jerarquías políticas en una democracia: como muchos titulares de Economía han sabido, en ocasiones lo decidido por un mero ministro puede tener consecuencias que serán más profundas que aquéllas de cualquier acción emprendida por quien en teoría sería su jefe.

Si sólo se tratara del orgullo personal sin duda legítimo de algunas figuras determinadas, la actitud expresada por Menem e insinuada por Alfonsín carecería de importancia, pero sucede que la voluntad de muchos dirigentes de aferrarse a su lugar en la cima -y parecería que hoy en día el único sitio que aceptaría ocupar un ex presidente es el correspondiente al líder formal de su partido, sea éste el gobernante o el opositor- ha contribuido mucho a frenar la evolución política del país. Como quiera que no sólo el líder mismo sino también sus partidarios y adversarios internos concuerdan en que un “paso al costado” o “renuncia histórica” les supondría una humillación inhumana, tales puestos propenden a ser vitalicios, de ahí las carreras prolongadas tanto de Juan Domingo Perón como de Ricardo Balbín. ¿Se vio beneficiado el país por la capacidad de aguante extraordinaria de la cual hicieron gala aquellos “caudillos”? Claro que no. De haber reconocido Perón en 1955 que a todos les convendría que otro asumiera la responsabilidad de encabezar el PJ y de haber aceptado Balbín después de sus primeros fracasos que la UCR se debía un recambio drástico, la historia posterior del país hubiera sido muy distinta y con toda seguridad incomparablemente mejor.

Por supuesto, sería absurdo considerar a los líderes mismos los únicos responsables de la resistencia a renovarse continuamente, que es una de las características más llamativas de los movimientos políticos nacionales. Si no fuera por el hecho de que la mayoría de los dirigentes ha compartido la misma cultura personalista -la cual, desde luego, se manifestaba de manera exagerada en el peronismo antes de la muerte del general que lo fundó-, jamás hubieran podido conservar las posiciones conquistadas. Aunque mucho ha cambiado a partir de los años setenta, las viejas tradiciones predemocráticas siguen incidiendo en la conducta de muchos políticos profesionales, motivo por el cual las “internas” son más intensas que en otras partes del mundo democrático y es poco común que se resuelvan de forma satisfactoria.

Cuando la democracia haya madurado un poco más, a los ex presidentes les parecerá natural poner su experiencia al servicio del país desempeñándose como senadores, diputados o incluso ministros. Nadie los tratará con desdén por haberse subordinado a dirigentes que en otras circunstancias tenían funciones menos exaltadas que las suyas porque todos entenderán que en una democracia es normal que de vez en cuando quienes están en la cima intercambien posiciones en la jerarquía gubernamental o partidaria. Al fin y al cabo, para un político, lo importante han de ser los servicios que esté en condiciones de brindar a la comunidad, no los honores forzosamente transitorios que pueda merecer ni la ubicación en aquella pirámide imaginaria que para muchos significa más que lo que efectivamente hagan cuando les toca desempeñar una función en las instituciones del país.


A diferencia de Winston Churchill, estadista que siempre estuvo más que dispuesto a volver a ser un diputado más luego de haber guiado los destinos del imperio británico como primer ministro, ciertos próceres nuestros suelen sentirse insultados cuando alguien sugiere que podrían servir a la patria desde una posición menos encumbrada que la ocupada antes. Cuestionado sobre la posibilidad de que se postulara para el Senado, el ex presidente Carlos Menem contestó afirmando que no, que no le interesaría ser senador para La Rioja por las mismas razones, suponía, que el papa Juan Pablo II no se resignaría a terminar sus días como un humilde cardenal. Por fortuna, otro ex presidente, Raúl Alfonsín, parece menos altivo, aunque hace poco se sintió constreñido a recordarnos que durante su gestión se excusaba de su ignorancia de diversos temas diciendo “yo estudié para presidente, no para ministro”, comentario jocoso que refleja una conciencia acaso excesiva de las jerarquías políticas en una democracia: como muchos titulares de Economía han sabido, en ocasiones lo decidido por un mero ministro puede tener consecuencias que serán más profundas que aquéllas de cualquier acción emprendida por quien en teoría sería su jefe.

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