Ilusiones gaseosas

por JAMES NEILSON

Si nacionalización y estatización fueran sinónimos, y si decir que algo es propiedad del pueblo significara que éste compartiría los beneficios que puede arrojar, todas las democracias tendrían economías socialistas porque la mayoría entendería muy bien que sería absurdo permitir que un puñado de vivos acaparara la riqueza disponible. Sin embargo, aunque toda vez que un gobierno estatiza una actividad o un recurso natural jura que lo que está haciendo es recuperar para el pueblo una parte de su patrimonio colectivo con el propósito de ponerla al servicio de la comunidad, los que en teoría deberían ser beneficiados por la medida pronto descubren que reemplazar a empresarios por políticos, burócratas y sindicalistas no suele suponerles demasiadas ventajas. Antes bien, los obligará a subsidiar a una multitud de parásitos. Puede que haya excepciones, pero por lo común los monopolios públicos son ineficaces y en el Tercer Mundo son casi siempre muy corruptos. Lejos de crear más riqueza y asegurar que quede en casa, ayudan a frenar el desarrollo al dar más poder a sectores de mentalidad corporativa que se niegan a distinguir entre sus propios intereses y los del conjunto.

La ola privatizadora que fue puesta en marcha por la primera ministra británica Margaret Thatcher y que en poco tiempo se extendió por todo el planeta no fue impulsada por las teorías de académicos como Milton Friedman y Friedrich von Hayek sino por la experiencia. Incluso los que por principio estaban a favor de una fuerte participación estatal de la economía llegaron a la conclusión de que las empresas públicas locales eran un desastre. Es lo que sucedió en la Argentina donde la mayoría siempre ha estado dispuesta a aplaudir la retórica del «patrimonio nacional» pero que a comienzos de los años noventa se dio cuenta de que eran tragicómicos los resultados concretos de aplicarla: a saber, la única empresa petrolera del mundo que daba pérdidas y un monopolio telefónico tan atroz que una casa con un teléfono adentro valdría miles de dólares más que una incomunicada.

Así y todo, en distintas partes de América latina la ilusión estatista, envuelta en un discurso nacionalista, mantiene todo su atractivo. Si bien los más entienden que es poco probable que la estatización de los hidrocarburos ordenada por el presidente Evo Morales contribuya a mejorar el nivel de vida de la mayoría de los bolivianos, abundan los que suponen que es bueno que se haya animado a enfrentarse con las petroleras extranjeras, acaso porque para ellos los gestos importan mucho más que la realidad.

Es de prever que las consecuencias de lo que acaba de hacer Morales sean poco agradables. A cambio de un espasmo de orgullo patriótico, los bolivianos de pie tendrán que soportar más penurias económicas. Aun cuando quienes en adelante manejen el negocio resultaran ser funcionarios incorruptibles de eficiencia fenomenal, no les sería dado impedir que se transformara en una fuente de dinero para la horda de políticos y otros que tratarán de aprovecharlo, una «caja» que los poderosos defenderán con todos los muchos medios a su disposición. Tampoco les sería fácil conseguir las inversiones que necesiten para explotar de manera adecuada los campos petrolíferos y gasíferos que ya están operando y de realizar tareas de exploración para encontrar otros. Y como si esto ya no fuera suficiente, las empresas despechadas tratarán de disuadir a los interesados de invertir en ámbitos que no tienen nada que ver con su propia especialidad.

Mal que les pese a Morales y sus colaboradores de la izquierda nacionalista, su país carece de los recursos financieros y humanos precisos para tener una industria petrolera realmente nacional, de suerte que continuará dependiendo de empresas extranjeras, sean éstas norteamericanas, europeas, sudamericanas, rusas o chinas, todas las cuales antepondrán sus propios intereses a aquellos de los bolivianos. La situación de los gobernantes actuales de Bolivia se asemeja en cierto modo a la de las elites de aquellos países árabes que viven de lo producido por los empresarios y técnicos occidentales que hacen todo el trabajo útil salvo el más humilde. Puesto que el petróleo les asegura un buen pasar, no se sienten constreñidos a fomentar otras industrias ni a preparar a las próximas generaciones para que sean mucho más que rentistas, si integran la elite, o miembros de una especie de proletariado clientelar si no disfrutan de tamaño privilegio.

   Por desgracia, a menos que un país tenga una población minúscula, contar con reservas significantes de petróleo y gas no garantiza ni la prosperidad ni la equidad. A pesar de los ingresos fabulosos que está recibiendo Venezuela desde hace varios años y el supuesto izquierdismo de Hugo Chávez, en la actualidad la mayoría de los venezolanos es aún más pobre de lo que era antes. Es así porque hoy en día la diferencia entre una sociedad rica y relativamente igualitaria por un lado y una pobre pero con una elite opulenta por el otro consiste en que en la primera son muchas las personas que están en condiciones de desempeñar funciones que les permiten gozar de una vida acomodada mientras que en la segunda el grueso de la población no puede hacerlo debido a sus propias deficiencias educativas y a la insistencia de quienes están en el poder en privarlo de la oportunidad y hasta del deseo de mejorar.

En Bolivia, la clase política, tanto la tradicional como la representada por dirigentes como Morales, siempre se ha destacado por su voluntad de atribuir la pobreza extrema de su país a factores como la falta de una salida al mar o, desde hace algunos años, las codicia de las empresas extranjeras, pero sólo se trata de pretextos. Suiza no tiene litoral pero así y todo está entre los países más ricos del mundo entero. En cuanto a las empresas extranjeras, están presentes en las zonas más prósperas del planeta y en las más famélicas, adaptándose en todos los casos a las condiciones locales aunque a causa de la presión de grupos en sus países de origen muchas se ven forzadas a respetar pautas primer mundistas incluso cuando se establecen en los lugares más primitivos del Tercer Mundo.

Los recursos más valiosos de Bolivia no son ni el petróleo ni el gas. Son los bolivianos que, como suelen mostrar los inmigrantes que se han asentado en la Argentina, son tan capaces como los demás de valerse por sí mismos. La razón por la que su propio país sigue siendo el más pobre de Hispanoamérica tiene más que ver con los obstáculos políticos, sociales y psicológicos que la elite tradicional de origen mayormente europeo y los líderes indígenas de mentalidad colectivista se las han arreglado para mantenerlos en su lugar. Tal y como sucede con tantos latinoamericanos que logran trasladarse a Estados Unidos, una vez que consiguen dejar atrás una sociedad que sin que muchos se den cuenta les es asfixiante, los bolivianos que están en la Argentina han probado estar en condiciones de abrirse camino merced a su cultura de trabajo y su conciencia del valor de la educación aun cuando tengan que empezar desde una posición tan modesta que los hay que los califican de «esclavos».

Si, como Morales ha dicho, la estatización de los hidrocarburos es sólo el comienzo de un programa más amplio que abarcará a muchos otros sectores, a los bolivianos que queden en su país les espera el destino propio de quienes están bajo la tutela de una casta de funcionarios de ideología arcaizante según la cual los recursos naturales que pueden venderse constituyen la clave del éxito económico. Encerrados en términos no meramente geográficos sino también políticos y mentales, seguirán atrapados en la pobreza ancestral mientras que se enriquezcan cada vez más otros pueblos hasta ahora tan pobres como ellos, encabezados por los de Asia oriental, que ya no temen a la «globalización» porque se saben capaces de competir con cualquiera.


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