¿Importa la corrupción?



A menos que sólo se haya tratado de los resultados de una campaña mediática y judicial asombrosamente exitosa, ya no cabe duda alguna de que el ex secretario de Transporte Ricardo Jaime se las arregló para enriquecerse vertiginosamente cobrando coimas a una variedad impresionante de empresas privadas y estatales, nacionales y extranjeras. A juzgar por los e-mails de su asesor principal, Manuel Vázquez, que ya son de dominio público –según parece, habrá muchísimos más porque los en poder de la Justicia superan los 20.000–, durante su gestión Jaime tenía la costumbre de pedirles a los socios comerciales del Estado argentino que aportaran cuantiosas sumas de dinero a la caja kirchnerista y también, desde luego, a su propia cuenta bancaria. Por lo demás, es notorio lo estrecha que era la relación de Jaime con el recién fallecido ex presidente Néstor Kirchner, de suerte que podría defenderse afirmando que “robaba para la corona”, para emplear una expresión que se popularizó cuando los allegados del entonces presidente Carlos Menem actuaban del mismo modo. Así, pues, todo hace pensar que está saliendo a la luz una red de corrupción que involucra no sólo a Jaime sino también a otros integrantes del gobierno nacional. Al fin y al cabo, costaría creer que la mayoría de los funcionarios ignoraran lo que sucedía. Sin embargo, parecería que el torrente de revelaciones que se han difundido últimamente no ha perjudicado del todo al gobierno. Por cierto, la información detallada en torno a la forma kirchnerista de reunir fondos para sus campañas políticas no ha hecho mella ni en la imagen de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ni en la póstuma de su marido. En términos políticos la presidenta se ha visto beneficiada tanto por la muerte repentina de Néstor Kirchner que, conforme a ciertas encuestas, su índice de aprobación ha subido 20 puntos. En cuanto al ex presidente, con la aquiescencia de buena parte de la sociedad sus partidarios lo están tratando como un auténtico prócer. La voluntad mayoritaria de minimizar la importancia de la corrupción que se ve reflejada en las encuestas es preocupante. Parecería que, con tal que un gobierno cuente con un grado suficiente de apoyo popular, le está permitido hacer casi cualquier cosa, pero que una vez caído no tardará en verse colocado en el banquillo de los acusados frente a jueces que no le perdonarán nada. Es con toda seguridad por este motivo que, mientras disfruten de las mieles de la popularidad, nuestros gobernantes –incluyendo, es innecesario decirlo, a los militares cuando era “normal” que periódicamente se alzaran con el poder–, además de sus amigos, se creen impunes y cometen los delitos que andando el tiempo les resultará imposible justificar. ¿A qué se debe este fenómeno? Acaso a que buena parte de la ciudadanía se ha habituado a aferrarse a la ilusión de turno hasta que la realidad la obligue a abandonarla, como si creyera que confiar ciegamente en el “proyecto” en marcha lo ayudaría a concretarse. Sea como fuere, es legítimo suponer que el voluntarismo casi mágico así supuesto está en la raíz de la frustración repetida de las esperanzas mayoritarias y por lo tanto del atraso penoso de un “país rico” en que la mitad de la población vive en condiciones que en otras partes del mundo serían consideradas intolerables. Puesto que de acuerdo con Transparencia Internacional la Argentina está entre los países más corruptos del planeta, no es sorprendente en absoluto que le haya resultado tan difícil desarrollarse. Por razones evidentes, los funcionarios corruptos están menos interesados en temas a su juicio molestos como la eficiencia que en las oportunidades para lucrar personalmente, de suerte que gastan el dinero aportado por los contribuyentes sin perder el tiempo pensando en los eventuales resultados. Es por lo tanto natural que sea irremediablemente caótico casi todo lo relacionado con el transporte, o sea con la secretaría que estuvo encabezada durante años por Jaime, que el servicio brindado por Aerolíneas Argentinas sea atroz y que lo que aún queda de la destartalada red ferroviaria funcione de forma cada vez peor. Desde el punto de vista de los corruptos tales pormenores son meramente anecdóticos, lo que es lógico, porque lo único que les interesa es el dinero.


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