Impunidad de rebaño





La expresión latina “Corruptio optimi péssima est” dice en forma breve una gran verdad: “La corrupción de los (supuestamente) mejores es la peor de todas”. Ha habido corrupción en políticos de unos y otros partidos o coaliciones, no puntual ni episódica sino intencionada y planeada. Este tipo de corrupción, como muchos pueden atestiguar entre nosotros, viene siendo practicada desde décadas por la casta política vernácula.


Estamos en una pésima hora en la que profusamente se cruzan acusaciones.  Lo malo es que se tarda demasiado poco en percibir que los intereses o manipulaciones políticas parecen estar muy por encima de las ansias de ética, verdad o de justicia, y absolutamente ajenas a las necesidades e intereses del pueblo en su conjunto. Por ello chapoteamos vociferantes en un lodazal de acusaciones y no es fácil, entre tanto ruido, reaccionar con ecuanimidad y prudencia porque se supone que lo que exigimos es conocer la realidad de los hechos y que finalmente se haga justicia. Es decir, no se trata de beneficiarse de la furia opinante, sino de que pruebas tan fehacientes y contundentes que acreditan los hechos, integren sin fisuras ni bastardeos las sentencias judiciales, electorales y sociales del caso.


Irrita profundamente cuando estamos afrontando una crisis feroz con enorme esfuerzo y entereza, que Argentina comparezca ante el mundo como un patio de “monipodios”, llenando páginas y espacios nacionales e internacionales con declaraciones y análisis que nos perjudican gravemente. Por eso mismo la ciudadanía debe sumarse a la verdadera milicia del esclarecimiento, que no es la que más grita o la que grita antes de tiempo, sino la que nos garantiza la dilucidación profunda y definitiva de los hechos, caiga quien caiga y sea cual fuere la opción política afectada. El sectarismo no nos hará más libres, pero la verdad, sí; sin pactos, camuflajes o medias tintas controversiales, concierna a quien concierna. Es la única manera de superar este vocerío de intereses descarados e ir recuperando la senda de la credibilidad interna y externa porque el combate de la crisis debe continuar, pero, ahora, con los mejores al frente.  


La flagrante corrupción que implica y reflejan los escandalosos festejos de cumpleaños de la primera dama presidencial Fabiola Yáñez como de la líder política Elisa Carrió, revelan una profunda crisis ética, normativa y de anarquía político-partidaria, impregnando con lo peor nuestro sistema electoral, en vísperas de las próximas elecciones primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO/Ley 26.571/09)


Ojalá que ninguna corrupción impida independizarnos de todo candidato eterno (Vg., muchos de los actuales aún con mandatos y enroques vigentes desde 1983 y aún hasta el año 2023 por venir); de funcionarios y legisladores que descaradamente viven de campaña; de la corrupción; de la desigualdad; de los privilegios y las inequidades; del nepotismo, de la mentira; del robo y de la indignidad.


Ojalá que esta vez, al votar, elijamos escuchando el clamor de la vida humana mutilada; vg., en cada pensionado y jubilado ordinario, en cada médico, enfermero, docente y agente del orden maltratado e infra retribuidos.
No se equivocaba Tomas Abraham cuando denunciaba que con las PASO estamos siendo víctimas de una consulta fraudulenta, de un insulto a la ciudadanía fraguado por los mismos que promulgaron estas leyes inconstitucionales.


Por eso mismo no debemos hacerles el juego a estas cínicas castas que viven de esto y para esto. Claramente, de tal modo electoral, nuestro país no solo en nada avanzó con estas prácticas inconstitucionales, sino que retrocedió aceleradamente en términos de legitimidad, de ciudadanía, de cultura democrática y republicana, pero -fundamentalmente- en calidad de vida. Sobre esto último, resulta lapidario contrastar los índices oficiales, sociales y económicos, vg., del año 1966 con los propios de 2020/21.


Entonces, ¿cómo salir de esta crisis ética, política, partidaria, electoral, concediendo o renovando nuevas plataformas a los responsables de tantos desafueros? y ¿cómo no defender nuestra democracia, nuestra república, nuestros derechos y valores sin envalentonar a sus verdugos?


Ojalá esta vez sepamos impedir recaer en caricaturas electorales porque, como acertadamente señala la sabiduría popular: “Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto”.

* Docente e investigador


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