Indignación estéril
Los militares que fueron responsables del Proceso no son los únicos que el presidente Néstor Kirchner y sus ad-láteres creen merecedores de un castigo ejemplarizador por su conducta. Aunque es de suponer que no es la intención del gobierno enviarlos a la cárcel, también figuran en la lista negra oficial la mayoría de los empresarios, encabezados por los españoles, aquellos productores rurales que «en su momento defendieron la convertibilidad con mucha fuerza» y los economistas que «ampararon todo el proyecto de concentración económica de la década del «90». En los días últimos, Kirchner y otros integrantes del gobierno han estado disparando contra dichos especialistas con municiones de grueso calibre porque «dicen que hoy no tenemos un proyecto económico». Según parece, Kirchner cree que la mejor forma de hacer callar a sus críticos consiste en denostarlos por haber aportado al «proyecto económico nefasto que hemos sufrido y estamos sufriendo todos los argentinos», pero acaso le convendría más dotarse de un «plan» coherente que a su juicio sirva para remediar los males que sigue denunciando con tanta pasión. De todos modos, Kirchner debería recordar que hasta vísperas del siglo XXI la mayoría coincidía en que aquel «proyecto nefasto» había funcionado bastante bien y que fue gracias a él que el país había disfrutado de algunos años de crecimiento espectacular en los que las privatizaciones mejoraron muchos servicios públicos esenciales. Además, la «concentración» no obstante, había resultado tan popular que el presidente Carlos Menem fue reelegido en base a sus logros. Para colmo, incluso en su fase final la diferencia entre el valor «real» del peso y el fijado por la convertibilidad siguió siendo relativamente menor: de haberse devaluado antes el dólar como en efecto sucedería más tarde, el desenlace pudiera haber sido distinto. Por supuesto que en el trascurso de aquel período se cometieron muchos errores, de los cuales los peores fueron impulsados por el esfuerzo infructuoso de Menem por «construir poder» por motivos electorales -error éste que Kirchner parece decidido a repetir-, pero sería absurdo considerarlo otra década totalmente perdida. Asimismo, los que quieren aprender algo de la experiencia deberían preguntarse si la Argentina de comienzos de los años noventa habría estado en condiciones de llevar a cabo con éxito un «plan» radicalmente distinto que le hubiera garantizado el crecimiento sin desempleo ni la concentración del ingreso. A juzgar por lo ocurrido en otros países mejor administrados que el nuestro como España, la que durante más de diez años soportó una tasa de desocupación superior al veinte por ciento y vio enriquecerse mucho a los miembros de una minoría reducida a pesar de contar con las ventajas enormes que le suponían la ayuda financiera europea y una industria turística geográfica e históricamente privilegiada capaz de generar miles de millones de dólares anuales, no hay ninguna seguridad de que sin la convertibilidad la Argentina se hubiese encontrado hoy en una situación llamativamente más cómoda. Puede que en el futuro sea posible analizar con ecuanimidad lo sucedido en los años que precedieron al colapso de fines del 2001, pero mientras tanto sería conveniente que el gobierno invirtiera menos tiempo y energía en atacar con furia a los presuntos culpables o cómplices de nuestros desastres y un poco más en pensar en cómo asegurar que el próximo ciclo sea menos decepcionante. Después de todo, por contundentes que sean las diatribas oficiales contra los «neoliberales» y «menemistas», no pueden considerarlas un sustituto adecuado para un «plan» económico propio. Aunque nuestros políticos siempre se han destacado por su capacidad para denunciar con vehemencia lo hecho por sus antecesores, cuando les corresponde prestar cierta atención al futuro demasiados prefieren el silencio, como si la indignación incontrolable que les inspiran los fracasos ajenos los eximieran del deber de obrar de manera más eficaz. Desafortunadamente, por ahora cuando menos Kirchner y sus colaboradores parecen convencidos de que puesto que no son menemistas nadie tiene derecho a pedirles nada, ni siquiera algunas indicaciones, por vagas que fueran, sobre lo que tienen en mente hacer con la maltrecha economía nacional en los meses próximos.
Los militares que fueron responsables del Proceso no son los únicos que el presidente Néstor Kirchner y sus ad-láteres creen merecedores de un castigo ejemplarizador por su conducta. Aunque es de suponer que no es la intención del gobierno enviarlos a la cárcel, también figuran en la lista negra oficial la mayoría de los empresarios, encabezados por los españoles, aquellos productores rurales que "en su momento defendieron la convertibilidad con mucha fuerza" y los economistas que "ampararon todo el proyecto de concentración económica de la década del "90". En los días últimos, Kirchner y otros integrantes del gobierno han estado disparando contra dichos especialistas con municiones de grueso calibre porque "dicen que hoy no tenemos un proyecto económico". Según parece, Kirchner cree que la mejor forma de hacer callar a sus críticos consiste en denostarlos por haber aportado al "proyecto económico nefasto que hemos sufrido y estamos sufriendo todos los argentinos", pero acaso le convendría más dotarse de un "plan" coherente que a su juicio sirva para remediar los males que sigue denunciando con tanta pasión. De todos modos, Kirchner debería recordar que hasta vísperas del siglo XXI la mayoría coincidía en que aquel "proyecto nefasto" había funcionado bastante bien y que fue gracias a él que el país había disfrutado de algunos años de crecimiento espectacular en los que las privatizaciones mejoraron muchos servicios públicos esenciales. Además, la "concentración" no obstante, había resultado tan popular que el presidente Carlos Menem fue reelegido en base a sus logros. Para colmo, incluso en su fase final la diferencia entre el valor "real" del peso y el fijado por la convertibilidad siguió siendo relativamente menor: de haberse devaluado antes el dólar como en efecto sucedería más tarde, el desenlace pudiera haber sido distinto. Por supuesto que en el trascurso de aquel período se cometieron muchos errores, de los cuales los peores fueron impulsados por el esfuerzo infructuoso de Menem por "construir poder" por motivos electorales -error éste que Kirchner parece decidido a repetir-, pero sería absurdo considerarlo otra década totalmente perdida. Asimismo, los que quieren aprender algo de la experiencia deberían preguntarse si la Argentina de comienzos de los años noventa habría estado en condiciones de llevar a cabo con éxito un "plan" radicalmente distinto que le hubiera garantizado el crecimiento sin desempleo ni la concentración del ingreso. A juzgar por lo ocurrido en otros países mejor administrados que el nuestro como España, la que durante más de diez años soportó una tasa de desocupación superior al veinte por ciento y vio enriquecerse mucho a los miembros de una minoría reducida a pesar de contar con las ventajas enormes que le suponían la ayuda financiera europea y una industria turística geográfica e históricamente privilegiada capaz de generar miles de millones de dólares anuales, no hay ninguna seguridad de que sin la convertibilidad la Argentina se hubiese encontrado hoy en una situación llamativamente más cómoda. Puede que en el futuro sea posible analizar con ecuanimidad lo sucedido en los años que precedieron al colapso de fines del 2001, pero mientras tanto sería conveniente que el gobierno invirtiera menos tiempo y energía en atacar con furia a los presuntos culpables o cómplices de nuestros desastres y un poco más en pensar en cómo asegurar que el próximo ciclo sea menos decepcionante. Después de todo, por contundentes que sean las diatribas oficiales contra los "neoliberales" y "menemistas", no pueden considerarlas un sustituto adecuado para un "plan" económico propio. Aunque nuestros políticos siempre se han destacado por su capacidad para denunciar con vehemencia lo hecho por sus antecesores, cuando les corresponde prestar cierta atención al futuro demasiados prefieren el silencio, como si la indignación incontrolable que les inspiran los fracasos ajenos los eximieran del deber de obrar de manera más eficaz. Desafortunadamente, por ahora cuando menos Kirchner y sus colaboradores parecen convencidos de que puesto que no son menemistas nadie tiene derecho a pedirles nada, ni siquiera algunas indicaciones, por vagas que fueran, sobre lo que tienen en mente hacer con la maltrecha economía nacional en los meses próximos.
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