Inquietud razonable

Turquía comparte con la Argentina la resistencia de las clases políticas a tomar en serio el manejo de la economía.

Por Redacción

Toda vez que un país extranjero experimenta una crisis financiera, la Argentina encabeza la lista de los perjudicados, motivo por el cual era de prever que de producirse una convulsión cambiaria y bursátil en Turquía, las repercusiones no tardarían en hacerse sentir en Buenos Aires. No es que las semejanzas entre la coyuntura turca y la argentina sean muy grandes, aunque ambos países acaban de recibir un «blindaje» confeccionado por el FMI y el nerviosismo reciente es claramente de origen político, es que por ser nuestra economía estructuralmente precaria, es lógico sospechar que un nuevo período de turbulencia en los mercados podría resultarle muy pero muy peligroso. Así las cosas, la única forma de ponernos a salvo de desastres creados en otras latitudes consistiría en fortalecer las estructuras financieras y económicas hasta tal punto, que tanto los inversores como los especuladores tomen a la Argentina por un puerto seguro y no, como es el caso en la actualidad, por un país del cual les convendría alejarse. ¿Lo entienden los dirigentes políticos más influyentes? Parecería que no: con la excepción de los integrantes del gobierno mismo y de un puñado de cavallistas, no hay nadie que crea importante la construcción de defensas contra tormentas financieras como aquellas que con cierta frecuencia están agitando el panorama internacional y que, andando el tiempo, podrían hacerse mucho más violentas. Después de todo, lo sucedido en Turquía es meramente anecdótico al lado de lo que se vería si una crisis financiera muy grave se declarara en un país importante como el Japón, razón por la cual nos convendría prepararnos para hacer frente a circunstancias muchísimo más difíciles que las actuales.

Es fácil lamentar esta realidad, atribuyendo la inestabilidad crónica de los mercados al «neoliberalismo», hablando de lo bueno que sería reformar drásticamente el sistema financiero mundial para que se tranquilizara, denunciando la brecha que separa a los países pobres de los ricos y señalando, como si se tratara de una anomalía apenas comprensible, que aquellos son más poderosos que éstos. Tales actividades pueden tener cierto valor y es factible que un día den pie a cambios concretos que sirvan para beneficiarnos aunque sólo fuera un poco. Sin embargo, en términos prácticos hasta ahora no han servido para mucho y aquellos políticos que se dedican a ellas se parecen a quienes todos los años se quejan amargamente por las vicisitudes del clima sin hacer el más mínimo esfuerzo por tomar medidas prácticas a fin de atenuar las consecuencias previsibles. Por «injusto» que sea el sistema económico mundial, es el que efectivamente existe y no hay por qué creer que se hará menos exigente en los próximos años, de suerte que la única alternativa seria que tenemos consiste en aprender a vivir en el contexto así supuesto.

Una característica que la Argentina comparte con Turquía es la resistencia de sus respectivas «clases políticas» a tomar en serio el manejo de la economía. Desde el punto de vista de ambas, existen muchos asuntos que son más urgentes. Sin embargo, mientras que es fácil entender el escaso interés en «los números» de los dirigentes turcos que se ven obligados a hacer frente a una multitud de problemas étnicos, culturales, religiosos y estratégicos sumamente complejos, no lo es explicar la actitud de sus homólogos locales. Aunque la Argentina no carece de problemas, éstos no pueden compararse por su gravedad con aquellos que atribulan a la potencia eurasiática, que para desarrollarse ha tenido que emprender un programa de cambios decididamente más profundos que los intentados por cualquier gobierno latinoamericano. Pero, si bien en principio los desafíos que deberían tratar de superar nuestros dirigentes parecen absurdamente sencillos en comparación con los que tantos dolores de cabeza están dando a los políticos de Turquía, su negativa terca a prestar menos atención a sus propias internas y más a los obstáculos que están frenando la transformación de la economía significó que en diciembre del año pasado nuestro «blindaje» tuviera que ser casi cuatro veces mayor al turco y que, ante la primera señal de turbulencia, las dudas en cuanto a la capacidad de la Argentina para aprovecharlo hayan vuelto a agitar al mundillo financiero.