Italia a la deriva

Redacción

Por Redacción

Hace un año, el entonces flamante primer ministro italiano Mario Monti disfrutaba del apoyo del grueso de sus compatriotas por tratarse de un tecnócrata supuestamente apolítico que pondría orden en un país dominado por intereses sectoriales, un economista destacado que, para más señas, contaba con el apoyo de la poderosa canciller alemana Angela Merkel. Pero una cosa es prometer cierta disciplina fiscal y otra muy distinta actuar en consecuencia. En las elecciones legislativas que culminaron el lunes pasado, la agrupación encabezada por Monti obtuvo menos de la mitad de los votos conseguidos por la del cómico Beppo Grillo, el candidato de los muchos que desconfían tanto de los representantes de la clase política tradicional que cualquier alternativa, siempre y cuando no se trate de un tecnócrata severo, les parece preferible. En cuanto a los dos candidatos presuntamente serios, el excomunista y ahora “centroizquierdista” Pierluigi Bersani y el ex primer ministro y organizador de fiestas “bunga bunga” Silvio Berlusconi, ninguno logró más del 33% de los votos. Y, para hacer aún más confuso el panorama, si bien los seguidores de Bersani se impusieron, por un margen mínimo, en la Cámara de Diputados, los de Berlusconi tendrán escaños suficientes en el Senado como para frustrar sus intentos de gobernar. Así, pues, lo mismo que nuestro país en los días del “que se vayan todos”, Italia tambalea al borde de la ingobernabilidad. Aunque los italianos están acostumbrados desde hace mucho tiempo a convivir con una clase política insensata y corrupta, tal inconveniente no impidió que durante décadas la economía de su país creciera a un ritmo impresionante, pero, por desgracia, la famosa paradoja resultante no pudo perpetuarse. Una deuda pública sobredimensionada, la falta de competitividad, el chaleco de fuerza supuesto por el euro y la decadencia demográfica se combinaron para poner fin al largo período de expansión e iniciar otro de deterioro que, tal y como están las cosas, parece irreversible. Los ingresos personales han caído tanto que casi todos los italianos son más pobres de lo que eran diez años antes, son cada vez más los indigentes que para sobrevivir dependen de la ayuda de familiares, cuando no de la caridad, más del 36% de los jóvenes no tienen empleo y los más emprendedores están emigrando a países a su entender más promisorios. Si bien pocos negarían que lo que Italia necesita es un gobierno lo bastante fuerte como para tomar las medidas antipáticas que serían precisas para romper con un statu quo que es claramente insostenible, a juzgar por los resultados de las elecciones que acaban de celebrarse no hay posibilidad alguna de que se conforme uno en el futuro próximo. La frustración de los muchos que votaron por el cómico Grillo puede entenderse, pero en una democracia repudiar “la política” no es una opción viable. De las alternativas disponibles, la centroizquierda de Bersani podría considerarse la menos mala, razón por la que los mercados subieron cuando parecía que triunfaría en ambas cámaras para entonces bajar abruptamente al proliferar las señales de que Berlusconi, un personaje que para asombro de quienes lo creían un cadáver político había protagonizado una remontada espectacular a base de promesas demagógicas, se encaminaba hacia un triunfo, que casi logró, en el Senado. El gran perdedor de las jornadas electorales resultó ser Monti, pero, como los demás líderes europeos se han encargado de subrayar, cualquier gobierno tendría que aplicar políticas afines a las instrumentadas contra viento y marea por “il professore” porque de lo contrario Italia se precipitaría en la ruina. Puesto que los votantes italianos no parecen estar dispuestos a tolerar más austeridad gubernamental, es de prever que los mercados los castiguen por su negativa a asumir una postura más realista, lo que ha hecho aún más grave de lo que era antes de las elecciones la crisis en que se ha hundido su país. Los resultados electorales también han planteado un desafío a los socios de Italia en la Eurozona, en especial a los alemanes que insisten en que todos los gobiernos adopten medidas comparables con las que les permitieron sanear sus propias cuentas antes de la crisis del 2008 y que, huelga decirlo, no tienen ninguna intención de subsidiar un orden político tan disparatado que millones confíen más en cómicos que en dirigentes menos pintorescos.


Hace un año, el entonces flamante primer ministro italiano Mario Monti disfrutaba del apoyo del grueso de sus compatriotas por tratarse de un tecnócrata supuestamente apolítico que pondría orden en un país dominado por intereses sectoriales, un economista destacado que, para más señas, contaba con el apoyo de la poderosa canciller alemana Angela Merkel. Pero una cosa es prometer cierta disciplina fiscal y otra muy distinta actuar en consecuencia. En las elecciones legislativas que culminaron el lunes pasado, la agrupación encabezada por Monti obtuvo menos de la mitad de los votos conseguidos por la del cómico Beppo Grillo, el candidato de los muchos que desconfían tanto de los representantes de la clase política tradicional que cualquier alternativa, siempre y cuando no se trate de un tecnócrata severo, les parece preferible. En cuanto a los dos candidatos presuntamente serios, el excomunista y ahora “centroizquierdista” Pierluigi Bersani y el ex primer ministro y organizador de fiestas “bunga bunga” Silvio Berlusconi, ninguno logró más del 33% de los votos. Y, para hacer aún más confuso el panorama, si bien los seguidores de Bersani se impusieron, por un margen mínimo, en la Cámara de Diputados, los de Berlusconi tendrán escaños suficientes en el Senado como para frustrar sus intentos de gobernar. Así, pues, lo mismo que nuestro país en los días del “que se vayan todos”, Italia tambalea al borde de la ingobernabilidad. Aunque los italianos están acostumbrados desde hace mucho tiempo a convivir con una clase política insensata y corrupta, tal inconveniente no impidió que durante décadas la economía de su país creciera a un ritmo impresionante, pero, por desgracia, la famosa paradoja resultante no pudo perpetuarse. Una deuda pública sobredimensionada, la falta de competitividad, el chaleco de fuerza supuesto por el euro y la decadencia demográfica se combinaron para poner fin al largo período de expansión e iniciar otro de deterioro que, tal y como están las cosas, parece irreversible. Los ingresos personales han caído tanto que casi todos los italianos son más pobres de lo que eran diez años antes, son cada vez más los indigentes que para sobrevivir dependen de la ayuda de familiares, cuando no de la caridad, más del 36% de los jóvenes no tienen empleo y los más emprendedores están emigrando a países a su entender más promisorios. Si bien pocos negarían que lo que Italia necesita es un gobierno lo bastante fuerte como para tomar las medidas antipáticas que serían precisas para romper con un statu quo que es claramente insostenible, a juzgar por los resultados de las elecciones que acaban de celebrarse no hay posibilidad alguna de que se conforme uno en el futuro próximo. La frustración de los muchos que votaron por el cómico Grillo puede entenderse, pero en una democracia repudiar “la política” no es una opción viable. De las alternativas disponibles, la centroizquierda de Bersani podría considerarse la menos mala, razón por la que los mercados subieron cuando parecía que triunfaría en ambas cámaras para entonces bajar abruptamente al proliferar las señales de que Berlusconi, un personaje que para asombro de quienes lo creían un cadáver político había protagonizado una remontada espectacular a base de promesas demagógicas, se encaminaba hacia un triunfo, que casi logró, en el Senado. El gran perdedor de las jornadas electorales resultó ser Monti, pero, como los demás líderes europeos se han encargado de subrayar, cualquier gobierno tendría que aplicar políticas afines a las instrumentadas contra viento y marea por “il professore” porque de lo contrario Italia se precipitaría en la ruina. Puesto que los votantes italianos no parecen estar dispuestos a tolerar más austeridad gubernamental, es de prever que los mercados los castiguen por su negativa a asumir una postura más realista, lo que ha hecho aún más grave de lo que era antes de las elecciones la crisis en que se ha hundido su país. Los resultados electorales también han planteado un desafío a los socios de Italia en la Eurozona, en especial a los alemanes que insisten en que todos los gobiernos adopten medidas comparables con las que les permitieron sanear sus propias cuentas antes de la crisis del 2008 y que, huelga decirlo, no tienen ninguna intención de subsidiar un orden político tan disparatado que millones confíen más en cómicos que en dirigentes menos pintorescos.

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