Jack Kerouac, el jazz, el cine y la vida voluptuosa hecha papel

“En el camino”, su novela más conocida y exitosa, la que lo convirtió en el representante con mayúsculas de la Generación Beat, llegó al cine y también al video de la mano del director Walter Salles, que ha logrado transformar la gran obra literaria en una excelente película.

Redacción

Por Redacción

“¿Estás nervioso”, le pregunta el presentador y compositor americano Steve Allen a Jack Kerouac, que esa noche participa de su “show” televisivo. “Noup”, le responde el escritor, que parece apenas tocado por la varita mágica de un whisky tras bambalinas. Corría 1959 y el viejo Jack ya era una celebridad internacional por la publicación de su novela “En el camino”. Para el mundo, Kerouac era el representante literario más cristalino de la Generación Beat. Unos minutos después Allen le pregunta por los tiempos de la obra. “¿Cuánto te tomó escribirla?”, le inquiere. “Tres semanas”, le indica Kerouac. “¿Cuánto anduviste en la ruta?”, le dice Allen. “Siete años”, responde el autor. “Guau”. Jack Kerouac pasó a la historia grande de la literatura sobre todo por este libro de ritmo desenfrenado que lo acercó a la vertientes más nerviosas y alocadas del jazz contemporáneo. El mito de Kerouac terminó por fundirse con la biografía del hombre auténtico que vivió intensamente su propio camino, una ruta poblada de rosas y espinas. Y si las palabras maceradas en el saxo eléctrico de Charlie Parker fueron su refugio, las espinas fueron todas esas botellas de alcohol que terminaron por matarlo y adormecer sus sueños juveniles para siempre. “En el camino” es más que un edicto generacional, mucho más que un manual de instrucciones que refleja los deseos y los miedos profundos de la juventud de posguerra, aquella que antecedió de manera casi inmediata a la configuración del movimiento hippie. El libro es la expresión acabada de la aspiración máxima que muchos años después ocuparía al propio Julio Cortázar: una pieza jazzística puesta en palabras. Una partitura verbal. De ahí que Kerouac, a diferencia de lo que hizo en otros de sus libros como “Los vagabundos del Dharma” o “Los subterráneos”, no ahorrara en la concepción de escenas que se encuentran atravesadas por el género. Estilo e imagen convergen con una inusual potencia creativa en “En el camino”. El escritor americano tenía en el cuerpo un talento innato para responder a los tiempos maníacos del jazz. En aquel programa de Allen –que puede verse en YouTube en una versión resumida de cinco minutos– Kerouac lee fragmentos de su libro acompañado por una banda y por el piano de Allen. Aunque hay una partitura formal –el texto en sí– tanto Allen como Kerouac improvisan sobre una matriz que ambos conocen de sobra. Cual buenos músicos interpretan escalas y realizan modulaciones que brillan al operar juntas con un mismo sentido musical. Esta experiencia se repite en diversas oportunidades a lo largo del libro. Si uno repasa en las biografías de gente como Truman Capote, Gore Vidal o Normal Mailer, encontrará que el jazz era la música omnipresente para los sectores más intelectuales de entonces. Pero también formaba parte del cotidiano quehacer. Era jazz lo que se bailaba en los boliches. Era jazz lo que pasaban las radios. Por supuesto, se trataba de las formas más sugestivas de esta música pero aun así no evadía jamás sus formas puras. “Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un ‘¡Ahhh!’”, escribió Kerouac. Este párrafo del libro es justamente uno de los que subraya la excelente película de Walter Salles. La versión cinematográfica –protagonizada por Garrett Hedlund (Dean Moriarty-Neal Cassady), Sam Riley (Salvatore “Sal” Paradise-Jack Kerouac) y Kristen Stewart (Marylou-Luanne Henderson)– es una pequeña obra maestra extraída de una obra literaria mayor que, como suele ocurrir en estos casos, ha permanecido en el marco de una polémica desde que apareció a fines de los 50. Salles supo conservar el espíritu del libro, serle fiel hasta poner en la pantalla colores, texturas y movimientos que habían quedado confinados a la autorrecreación de los lectores. Las actuaciones de Hedlund, Riley y hasta de la sad-dirty-chic-girl Kristen Stewar son fantásticas. Quitan las respiración. La escena de los dos amigos autoexiliados en un prostíbulo de México, bailando a un ritmo feroz, completamente en trance a base de hierba y tequilas, posee una rotundidad, un grado de maldita perfección que sólo puede nacer de la mano de un director que está haciendo historia con su arte. La banda de sonido de Gustavo Santaolalla es un insoslayable aporte a la causa. Cuando estas cosas pasan, cuando una novela es bien trasladada al cine con mayúsculas, hay además de placer un suspiro de alivio. No es la película mejor que el libro sino su natural prolongación. Como es sabido, para hacer realidad su empresa, Kerouac unió mediante cinta adhesiva una larga cadena de papel que el llamó “El rollo”. Se entregó por unos 22 días a la faena utilizando una máquina de escribir portátil y al finalizar no quedó del todo conforme. Corrigió su obra hasta encontrar la voz adecuada. El resultado es un texto que –“sólo”– parece no premeditado. Pero, en verdad, es el resultante de años de alocados momentos y de un talento y una voluntad capaces de traspasar cualquier cortina de fuego. Kerouac, como Cassidy, como Hemingway, como Mishima fueron escritores sanguíneos, obsesionados con el cuerpo, el músculo y la fibra. Querían trasladar el ímpetu corporal a la esencia de la letra. Lo hicieron, todos ellos lo hicieron bien y pagaron con su alma el costo de aquel voluptuoso pacto. No es casual que, como Dorian Gray, todos ellos también luzcan tan hermosos cuando son observados a la luz del espejo mágico del cine.

Claudio andrade candrade@rionegro.com.ar


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