Juan Chaneton: «Sin la pobreza, el Vaticano no tendría agenda»

Orillando el siglo del asesinato por parte del poder político neuquino del periodista Abel Chaneton, su nieto Juan, un hombre de sólida formación intelectual, acaba de publicar "Adagio sobre cuerdas", libro que raspa fuerte sobre la conducta de seres y sociedades.

Por Redacción

Entrevista al escritor neuquino

-Antes de ir a su abuelo, Abel Chaneton, neuquino, fundador del diario «Neuquén», asesinado hace 99 años por el poder político neuquino por investigar la masacre de presos en Zainuco, hablemos de «Adagio para cuerdas», su más reciente libro. De su lectura se extrae que quería sacarse las ganas de decir cosas largamente atrapadas en su interior. ¿Es así?

-Puede ser… sí. Partamos de su título: más que título es una ironía. Porque puede ser leído como una historia del presente, donde la hipocresía y la comercialización de la vida bailan su danza lúgubre sobre el telón de fondo del dolor. Pero en medio de la tormenta, de tanto en tanto, también aparecen algunas gotas de miel y un poco de cielo azul…

-¿En el marco de ese tironeo, por dónde va el hecho creativo de hacerse cargo de esa tensión, como trabajarla con honestidad?

-Bueno, en esto me parece válido lo que reflexionaba Carlos Correas, para quien la honestidad intelectual debe medirse por el estímulo y el grado de provocación sobre el lector.

-El capítulo sobre el sentido en que el francés Paul Ricoeur encuadra la memoria sobre el pasado, sobre la historia, ¿es el más provocativo del libro en dirección a mover al lector?

-No sé si más o menos que otros capítulos. Ahí yo critico la mirada de Ricoeur en cuanto a que olvidar puede dar réditos. Así se abona el olvido del nazismo, por caso. Él propone «el perdón difícil»… el olvido. Como señalo en mi libro, no se puede aceptar, como él postula, que demasiada memoria no nos deja vivir. Aceptar eso implica que la humanidad debe inclinarse trémula ante sus propios espantos.

-En su flamante «Adagio para cuerdas» hay un capítulo sobre Juan Domingo Bergoglio, o sea una reflexión sobre el eventual peronismo del hoy papa. Desde muy lejos usted sostiene que, en Argentina, la Iglesia Católica tiene una dilatada historia de ser «silente y oscura»…

-Y ya se sabe, la oscuridad suele encubrir perversiones…

-Bergoglio perteneció a esa Iglesia «silente y oscura», por más que hoy se le haga chapa y pintura. Pero ahora es papa. ¿Qué opinión tiene de lo que lleva de gestión?

-Vio la catástrofe que se cernía sobre la Iglesia y le salió al cruce con decisión e inteligencia.

-¿Cree que dominará la tormenta? Al menos en América Latina, donde está lo más firme de su clientela.

-No sé. Al catolicismo brasileño se lo están comiendo vivo el sincretismo y los evangelistas. En Venezuela, Chávez no enarboló el Manifiesto Comunista sino a Jesús y su sagrado corazón transido… En Argentina, la vocación por el sacerdocio está en picada. Con Ratzinger, este cuadro no se revertía.

-En «Adagio para cuerdas» insinúa que el papa quiere disputar poder con los populismos del continente. ¿Estamos ante un choque de poderes?

-No insinúo, lo digo claramente. Mire, el papa ha venido a disputar con los populismos latinoamericanos, en particular con el chavismo, la relación con los pobres. Venezuela, Bolivia, Ecuador son procesos que aspiran a liquidar la pobreza. Pero sucede que, sin la pobreza, el Vaticano se quedaría sin agenda y medio desorientado. Nada hay de casual en todo esto…

-¿Qué quiere decir con esto último?

-Que, por caso, el Documento de Aparecida que Francisco le regaló a Cristina pone en blanco sobre negro la posición de la Iglesia en el tema: hay que aprender de los pobres, no sacarlos de la pobreza. Hacer esto último sería como quitarles el paraíso. En este punto se puede anotar una curiosidad. Hombre ubicados en las antípodas ideológicas, como Carlos Pagni y Horacio González, coinciden en este diagnóstico.

-Y el año próximo se cumple un siglo del asesinato en Neuquén de su abuelo y periodista Abel Chaneton por investigar la masacre de presos en Zainuco. ¿Cómo ve, en proyección a este siglo, su libro «Zainuco. Los precursores de la Patagonia Trágica», publicado en 1993?

-Lo veo como lo que procuré con su publicación: instalar en Neuquén un valor moral superior al vigente. Pero para ello necesitaba contar con los signos exteriores de esa moralidad. Y el caso es que ese «estar-ahí» espiritual de mi abuelo es reducido al mínimo, todos los días, por una muerte que se le inflige vía el silencio y negación de su presencia.

-¿Porque enfrentó al poder político?

-Y… el poder político lo asesinó en 1916. Pero como Chaneton desnudó la criminalidad del poder, cultura muy vigente en las prácticas del poder a lo largo de la historia y vigentes hoy, el poder silencia a Chaneton. Lo ignora. Y ese ninguneo ha resultado funcional al designio del poder de infundir en la sociedad neuquina una conciencia falsa acerca de su propia historicidad. Así se tergiversa la genealogía de la identidad neuquina…

carlos torrengo

carlostorrengo@hotmail.com