Juego peligroso

Ruckauf sorprendió a muchos convirtiéndose en el aliado más eficaz de Cavallo. Fue una decisión sensata.

Por Redacción

El colapso de la Alianza original, su reemplazo por otra de conformación aún incierta que gira en torno de Domingo Cavallo, el agravamiento de la crisis económica que ha sido uno de los frutos del desbarajuste político y la pérdida de autoridad por parte del presidente Fernando de la Rúa han planteado al PJ un desafío muy complicado. Aunque, como es natural y legítimo, sus distintos referentes han estado tratando, cada uno a su manera, de aprovechar la coyuntura subrayando los errores cometidos por el gobierno y criticando la indecisión permanente de De la Rúa, los líderes más lúcidos de lo que al fin y al cabo es la oposición han entendido que no les convendría en absoluto contribuir a que la situación sea todavía peor, lo cual significaría no sólo más penurias para la gente, sino que también los expondría al peligro de que el electorado los acusara de estar dispuestos a anteponer sus propios intereses personales al destino del país. Asimismo, si bien en el corto plazo a los peronistas les habrá resultado beneficioso oponerse firmemente al «ajuste» cuya primera versión fue esbozada por Ricardo López Murphy, no les serviría para mucho ser tan intransigentes que triunfaran por completo en esta batalla particular porque sin recortes presupuestarios severos el panorama no tardaría en hacerse muy pero muy sombrío. En cuanto al deseo de De la Rúa de que el PJ participe de un gobierno de «unidad nacional», es lógico que los jefes peronistas hayan rechazado la oferta porque, no obstante el dramatismo de las semanas últimas, el país aún no parece haber llegado a la clase de emergencia que los obligaría a asumir las responsabilidades onerosas así supuestas. Lo mismo podría decirse de su escasa voluntad de conceder poderes extraordinarios a Cavallo antes de enterarse de lo que tenía en mente: aunque su resistencia a hacerlo fue lógica, se enfrentaban con el riesgo de que las dificultades por venir, las cuales serán auténticas, les serían achacadas.

Los dilemas frente al peronismo son especialmente filosos, porque hoy en día el movimiento está dominado por una suerte de liga de gobernadores, de los cuales por lo menos tres aspiran a erigirse en presidente de la Nación y por lo tanto son reacios a asumir posturas comunes claras, pero nadie ignora que la crisis es en buena medida la consecuencia previsible de la escasa voluntad de muchos gobiernos provinciales de mantener bajo control sus gastos políticos, de ahí el esfuerzo desesperado de López Murphy por torcerles el brazo amenazando con privarlos de fondos educativos, además de anunciar la eliminación de algunos subsidios regionales. Sin embargo, tienen que compatibilizar sus propios intereses con aquellos de la Nación, a sabiendas de que si logran demorar los ajustes locales podrían contribuir a desencadenar una catástrofe generalizada. Así, pues, las opciones ante ellos no son nada fáciles: en algunos casos saben que la decisión de ceder frente al gobierno nacional por motivos patrióticos no les merecería la aprobación de sus comprovincianos sino que, por el contrario, los convertiría enseguida en blancos de los ataques virulentos de grupos radicalizados resueltos a tomar la crisis económica por un invento maligno de los odiados «neoliberales».

Una alternativa que debería haber podido descartarse pero que, desafortunadamente, parece haber tentado durante algunos días a un gobernador muy influyente, el bonaerense Carlos Ruckauf, consistiría en procurar provocar la caída definitiva del gobierno del presidente De la Rúa con la esperanza de reemplazarlo luego de elecciones anticipadas. Tal estrategia, propia del peronismo de antes, podría tener éxito, pero el premio que recibiera el ganador sería con toda probabilidad un país quebrado, que en efecto haya sido expulsado del sistema financiero y comercial mundial, razón por la cual Ruckauf sorprendió a muchos convirtiéndose en el aliado más eficaz de Cavallo cuando los senadores ya debatían la «ley de competitividad». Fue una decisión sensata: de celebrarse elecciones presidenciales en medio de un desastre económico, el sucesor de De la Rúa afrontaría problemas aún mayores a aquellos que lo forzaron a confiar el grueso de su poder a Cavallo, pero contaría con recursos incomparablemente menores.