Juegos diplomáticos

Redacción

Por Redacción

Aunque por diversos motivos el grueso de la población siente cierta hostilidad hacia Estados Unidos, el gobierno de Eduardo Duhalde comprende que no le serviría para nada enojar a la única potencia que podría ayudarnos a encontrar una «salida» de la crisis económica, razón por la que la voluntad evidente del presidente George W. Bush de eliminar al régimen del dictador iraquí Saddam Hussein le está planteando un dolor de cabeza, de ahí los mensajes un tanto confusos que ha estado emitiendo el Ministerio de Relaciones Exteriores. Mientras que un día el canciller Carlos Ruckauf dio a entender a los norteamericanos que la Argentina estaría a su lado de producirse un ataque, el siguiente se afirmó contrario a una aventura bélica pero en favor de que Irak permitiera a los inspectores de las Naciones Unidas verificar la existencia o no de las armas de destrucción masiva que según parece ha desarrollado. Puesto que un vocero de Saddam acaba de afirmar que el régimen está dispuesto a dejarlos entrar, desde el punto de vista de quienes confían en la palabra del dictador, los norteamericanos ya no tendrán motivos para seguir presionándolo y por lo tanto nuestro gobierno no tendría que definirse, pero ésta no es la actitud de Bush que entiende que el iraquí está procurando engañarlos una vez más.

Con habilidad, Estados Unidos y Gran Bretaña lograron transformar lo que a juicio de la mayoría era una campaña, emprendida por motivos inconfesables, de los dos países anglosajones contra Saddam en un enfrentamiento de éste con la ONU al subrayar que durante años se había resistido a cumplir con las resoluciones del Consejo de Seguridad para entonces señalar que a menos que lo haga la máxima organización mundial se habrá mostrado inútil. Tal tesis fue suficiente como para modificar la postura del gobierno francés del presidente Jacques Chirac al brindarle un pretexto respetable para desvincularse de Saddam y en consecuencia tener la posibilidad de establecer una buena relación con su eventual sucesor. Asimismo, los regímenes árabes «moderados», es decir, dependientes de Estados Unidos, pudieron atribuir su distanciamiento de Saddam a su conflicto con la ONU.

Nuestro país no aspira a desempeñar un papel muy significativo en el Medio Oriente, razón por la que los dilemas ante el gobierno de Duhalde son, felizmente, menos filosos que los enfrentados por los europeos y los árabes, pero así y todo no le está resultando tan fácil encontrar la fórmula que le permitiría quedar bien con Washington sin exponerse a las embestidas de quienes quieren acusarlo de obsecuencia hacia «el imperio». Es de prever, pues, que siga haciendo gala de cierta ambigüedad, reiterando su aprobación de las declaraciones en favor de la paz sin por eso oponerse inequívocamente a las actividades norteamericanas. Acaso no sea muy digna dicha estrategia, pero dadas las circunstancias es con toda probabilidad la menos mala. Tanto aquí como en muchos otros países, la mayoría no quiere reconocer que a menos que la superpotencia de turno se encargue de frenar la proliferación de armas de destrucción masiva, serán cada vez más los dictadores inescrupulosos, seguidos por grupos terroristas, que logren obtenerlos y que tarde o temprano uno las usará, con consecuencias que serían mucho más devastadoras que las causadas por los hombres de Al Qaeda el 11 de setiembre del 2001. El presidente norteamericano Bush, acompañado por el primer ministro británico Tony Blair, cree que ya ha llegado la hora de actuar con firmeza frente a la amenaza planteada por Saddam. Es factible que hayan exagerado, que en realidad el peligro supuesto por la dictadura iraquí sea muy escaso, pero aun cuando en esta ocasión se hayan equivocado, si a esta altura optaran por subordinarse a la «comunidad internacional» volverse atrás de esta forma sólo serviría para que otros de mentalidad parecida a Saddam se sintieran invulnerables. Por supuesto, sería mucho mejor si ningún gobierno dictatorial imprevisible pensara jamás en adquirir armas biológicas, químicas o nucleares con las que estarían en condiciones de aterrorizar a sus adversarios, pero por desgracia siempre habrá algunos hasta que sea evidente que los beneficios de tratar de conseguirlas serán nulos mientras que los costos serán insoportables.


Aunque por diversos motivos el grueso de la población siente cierta hostilidad hacia Estados Unidos, el gobierno de Eduardo Duhalde comprende que no le serviría para nada enojar a la única potencia que podría ayudarnos a encontrar una "salida" de la crisis económica, razón por la que la voluntad evidente del presidente George W. Bush de eliminar al régimen del dictador iraquí Saddam Hussein le está planteando un dolor de cabeza, de ahí los mensajes un tanto confusos que ha estado emitiendo el Ministerio de Relaciones Exteriores. Mientras que un día el canciller Carlos Ruckauf dio a entender a los norteamericanos que la Argentina estaría a su lado de producirse un ataque, el siguiente se afirmó contrario a una aventura bélica pero en favor de que Irak permitiera a los inspectores de las Naciones Unidas verificar la existencia o no de las armas de destrucción masiva que según parece ha desarrollado. Puesto que un vocero de Saddam acaba de afirmar que el régimen está dispuesto a dejarlos entrar, desde el punto de vista de quienes confían en la palabra del dictador, los norteamericanos ya no tendrán motivos para seguir presionándolo y por lo tanto nuestro gobierno no tendría que definirse, pero ésta no es la actitud de Bush que entiende que el iraquí está procurando engañarlos una vez más.

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