Las crisis en el TSJ de Neuquén: un problema más allá de los nombres

El más reciente escándalo dista de ser el primero y seguramente no será el último. En la matriz del sistema de selección de las y los vocales radica buena parte del problema. Algunos ejemplos.





En esta época de internas en el partido provincial, la seccional TSJ del Movimiento Popular Neuquino hizo su aporte.

Llamó la atención porque no es lo mismo una interna por cargos políticos o partidarios que una pelea entre quienes conducen un Poder del Estado que debe garantizar, en teoría, la solución armónica de los conflictos que se presentan en la sociedad.

Al Gobierno, o al partido que es lo mismo, le causa un enorme disgusto el papelón que están protagonizando los integrantes del TSJ. Pero no puede eludir su cuota de responsabilidad: decime cómo elegís a los jueces, y te diré qué tribunal tendrás.

Los mecanismos han cambiado un poco pero la matriz se mantiene. Antes de la reforma constitucional del 2006 eran ternas de candidatos, con un nombre marcado con resaltador y dos de relleno, y el elegido surgía de una sesión secreta de la Legislatura.

Ahora se promueve la participación ciudadana pero las críticas y los apoyos van a parar al buzón de spam, y la sesión legislativa se transmite en vivo por internet pero la votación, por lo menos del último vocal y la defensora general, se hizo entre la 1 y las 2 de la madrugada.

Se mantiene el requisito de los dos tercios de los votos de los legisladores. Lo cual abre un espacio enorme y opaco a lo peor de la negociación política: el canje, el arreglo a espaldas de la ciudadanía, el votame y te voto.

De aquellas componendas, estos desaguisados.


Todo tiempo pasado…


Sommariva, Badano, Fernández.

Los enfrentamientos entre integrantes del Tribunal Superior de Justicia distan de ser novedosos. Escandaliza por estos días el contrato temporario del hijo del presidente del Tribunal Superior de Justicia Evaldo Moya, o la polémica denuncia de la vocal Soledad Gennari contra su colega Germán Busamia.

Pero hay antecedentes calamitosos que demuestran que estas crisis van más allá de nombres particulares.

Basta recordar la época en que el exgobernador Jorge Sobisch introdujo a un grupo de vocales que se comportaron como barrabravas en la cumbre del Poder Judicial.

La comparación no es exagerada. Uno de ellos, Roberto Fernández, iba armado a su despacho en el edificio de Alberdi 52. Hubo que poner custodia policial en el cuarto piso, porque se temía lo peor.

Allá por 2006 Fernández denunció que de noche lo seguían automóviles y recibía llamadas intimidatorias.

También acusó a sus pares Jorge Sommariva, Eduardo Badano, Felipe Cía y Ricardo Kohon del allanamiento que sufrió, el mismo año, la entonces auditora del Poder Judicial, Ana Parodi. Un operativo humillante en su vivienda particular que encabezó el todavía fiscal Pablo Vignaroli con una orden del todavía juez Cristian Piana, bajo la falsa acusación de que había filtrado la pericia psicológica del vocal Cía (y que lo descalificaba para el puesto).

Y cómo olvidar el arbitrario Jurado de Enjuiciamiento contra el exfiscal Ricardo Mendaña, al que echaron por molestar al gobierno con sus investigaciones.

Aquel tribunal no sólo avergonzaba, era temible. En comparación, para la mayoría de una sociedad que padece los efectos de una crisis económica atroz, los actuales vocales son niños ricos aburridos que se enredan en juegos de poder.


«Uno empieza a tener miedo»


Los vocales, aquellos, estos y los demás, no llegaron a sus lugares por méritos ni antecedentes académicos sino por pertenencia al Movimiento Popular Neuquino o al Partido Justicialista que históricamente aportaron los dos tercios de los votos en la Legislatura, con acompañamiento ocasional del radicalismo.

Su permanencia, vitalicia por Constitución, siempre es relativa. Cuando se quedan sin respaldo político, se van. (La contralectura, que aplica a lo que sucede en estos días, es: cuando tienen apoyo, avanzan).

¿Por qué esta sistemática elección de los más leales al partido para integrar el Tribunal?

Es reveladora la confesión de Sobisch en la cámara oculta (los más jóvenes, googleen), cuando sincera su interés por copar el Poder Judicial: “Yo salí de acá (de su primer gobierno), salí pobre, hecho un desgraciado, y me pasearon por todos los juzgados. Entonces uno empieza a tener miedo”.

La seguridad jurídica puede tener muchos apodos, pero al final del camino el objetivo es siempre el mismo: proteger al poder.

Neuquén, provincia mestiza y diversa, se debe a sí misma un Tribunal Superior no sólo independiente, sino que rompa con la hegemonía heterosexual, patriarcal, blanca y propietaria, y que se dedique a garantizar los derechos de quienes más lo necesitan, como dijo en su brillante exposición sobre la ampliación de la Corte Suprema el profesor de filosofía del derecho Diego Diquelsky Gómez.


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