La advertencia de Ibn Jaldún

Redacción

Por Redacción

JAMES NEILSON

Lo que está sucediendo actualmente en Europa y el Oriente Medio no hubiera sorprendido demasiado al gran historiador y pensador árabe Ibn Jaldún que, allá en el siglo XIV, analizó con perspicacia extraordinaria las razones por las cuales las sociedades “sedentarias” solían terminar avasalladas por “nómadas” toscos que, andando el tiempo, harían suyos valores sofisticados que antes habían despreciado, preparándose así para sufrir el mismo destino que las víctimas de su propio vigor juvenil. Aunque mucho ha cambiado desde la época en que Ibn Jaldún, que vivió años en la Sevilla musulmana, escribía, viajaba por el mundo, conspiraba y, en una oportunidad, conoció al conquistador mongol Tamerlán, han conservado su vigencia los principios básicos que resumió en una obra compleja que siguen consultando sociólogos y otros estudiosos. Señaló que, en la lucha permanente por imponerse, quienes necesitan poco y no se sienten inhibidos por escrúpulos morales, los que para más señas privilegian la lealtad absoluta hacia el jefe y el grupo al que pertenecen, cuentan con ventajas que están negadas a los demás. El conflicto entre el Estado Islámico y buena parte del resto del mundo confirma de manera caricaturesca la tesis que subyace en Al-Muqaddimah, o Los Prolegómenos, del historiador árabe más célebre. Contra la voluntad de los líderes de países que son dueños de ejércitos poderosísimos y cuya superioridad tecnológica difícilmente podría ser más patente, individuos de mentalidad nazi han logrado apoderarse de una zona muy extensa en la que están cometiendo un sinfín de atrocidades. Parecería que el único líder de un país relativamente avanzado que está dispuesto a arriesgarse enfrentándolos en serio es el ruso Vladimir Putin. Otros, el norteamericano Barack Obama y los mandatarios europeos, están más interesados en encontrar pretextos para limitarse a ordenar esporádicos ataques aéreos contra las posiciones del “califato” con la esperanza de que ningún aviador occidental caiga en manos de los yihadistas. Dicen que la violencia no sirve, que hay que mostrar que las ideas propias son mejores que las reivindicadas por los islamistas, que los sirios e iraquíes no se sentirían agradecidos si intervinieran, que el embrollo se ha hecho tan increíblemente confuso que sería inútil tratar de desenredarlo. Los guerreros santos del Estado Islámico no pierden el tiempo filosofando. Para ellos, como para los nómadas de Ibn Jaldún, el asunto es mucho más sencillo. Dicen a quienes encuentran en su camino que les corresponde elegir entre nosotros y ellos, que es cuestión de obedecernos y, tal vez, vivir; o si tal opción les parece intolerable, en el caso de los hombres de morir decapitados, crucificados o incinerados y, en el de las mujeres, de ser esclavizadas como Alá manda. Pero, como Putin advirtió a los norteamericanos y europeos que suponen que algunos yihadistas son más moderados que otros, “son sujetos muy crueles pero no son más tontos que ustedes”, de suerte que sería un error catastrófico subestimarlos o intentar “jugar” con ellos, financiando y enviando armas a una agrupación determinada con la esperanza de que se metamorfosee en un aliado confiable. Mientras tanto, los combatientes del Estado Islámico que, de acuerdo común, son los más feroces de todos, están cumpliendo su amenaza de inundar Europa de refugiados a sabiendas de que los gobiernos los dejarían entrar, aunque no habrán previsto que la alemana Angela Merkel los convocaría, proclamando urbi et orbi que su propio país acogería este año a casi un millón para entonces exhortar a sus vecinos a ser igualmente hospitalarios. Al escritor español Arturo Pérez Reverte el espectáculo montado por la dama fuerte de Europa le recordó la llegada, en el año 376, de miles de refugiados godos a la frontera del Imperio Romano; las circunstancias eran similares, ya que huían de los hunos de Atila, el equivalente en aquellos tiempos del Estado Islámico actual. Los romanos les abrieron las puertas, lo que sin duda fue muy simpático de su parte pero que, lejos de enseñarles a los deseosos de gozar de los beneficios imperiales a valorar la paz, les mostró que la superpotencia de entonces era en realidad un gigante endeble, fofo e indefenso, una fuente casi inagotable de botín que en los años siguientes aprovecharían a pleno. Puede que sea muy poco probable que la gente de Estado Islámico logre emular a los godos, conquistando a Roma para que, como prevén sus jefes, la bandera negra de su culto flamee sobre el Vaticano y la plaza San Pedro le sirva de matadero en que el papa, aquel “portador de falsas verdades”, y miles de otros reciban el castigo apropiado, pero para impedirlo sería necesario que los europeos reaccionaran a tiempo. Preferirían no hacer nada porque quieren creer que en Europa la historia, tan llena de horrores, ya queda atrás, pero desgraciadamente para quienes se imaginan a salvo de los conflictos que tanto sufrimiento habían causado a generaciones anteriores y que continúan produciéndose en otras partes del planeta no ha terminado la lucha ancestral entre los pueblos civilizados sedentarios y quienes a su modo se aferran a valores propios de nómadas, que a juicio de Ibn Jaldún estaba detrás de muchos cambios históricos. Aun cuando la mayoría abrumadora de los refugiados o migrantes económicos musulmanes que están avanzando hacia Alemania a través de Grecia, Macedonia, Serbia y Hungría sólo quiera vivir y trabajar en paz, por lo menos algunos, quizás muchos miles, serán yihadistas plenamente capaces de repetir en Roma o en cualquier otra ciudad europea lo que ya han hecho en sus lugares de origen. Por cierto, el que, según la ONU, el 80% o más de los refugiados no sean mujeres, niños o ancianos, como es normal cuando una región se ve desgarrada por guerras, sino varones de edad militar, no es motivo de optimismo. Tampoco lo es el que las autoridades de los diversos países europeos ya hayan confesado no estar en condiciones de averiguar la identidad de quienes buscan entrar. Todos rezan para que no suceda nada grave, para que en esta ocasión triunfen lo que Merkel y los funcionarios de Bruselas nos aseguran son los “valores europeos”, pero a juzgar por lo que está ocurriendo no sólo en otras latitudes sino también en muchas ciudades del viejo continente les convendría más familiarizarse con el pensamiento de hombres como Ibn Jaldún que apostar todo a que lo de la fraternidad universal resulte ser algo más que otra ilusión piadosa.

SEGÚN LO VEO


JAMES NEILSON

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