La alternancia boba
ALEARDO F. LARÍA
La diputada Diana Conti salió al cruce del documento por el que 28 senadores de la oposición se han comprometido a “votar en contra de cualquier proyecto legislativo que intente declarar la necesidad de la reforma constitucional y en contra de cualquier intento de re-reelección presidencial ajeno al texto vigente”. Señaló que “una alternancia boba no puede dejarnos sin una estadista”, en alusión a los efectos que tendría la imposibilidad de la renovación del mandato de Cristina Fernández. Es llamativo que el ultrakirchnerismo no conciba un escenario político sin la figura de CFK. El argumento “intelectual” esgrimido por la diputada del Frente para la Victoria para justificar su posición es la siguiente: “Mi idea es que no tengamos que ser obligados los electores a elegir por alguien que no concita interés alguno, cuando hay una estadista dispuesta a seguir rigiendo los destinos de la Nación, sobre todo después de muchos años de democracia boba”. La tesis no hace más que replicar la más divulgada posición del filósofo posmarxista Ernesto Laclau cuando sostiene que “un nuevo mandato de Cristina es lo mejor que le puede pasar a la Argentina”. El argumento de Laclau es más bien de orden pragmático: “Una democracia real en Latinoamérica –afirma– se basa en la reelección indefinida. Una vez que se construyó toda posibilidad de proceso de cambio en torno de cierto nombre, si ese nombre desaparece, el sistema se vuelve vulnerable”. Sin embargo, una explicación más sofisticada de las causas que llevan a los sistemas presidencialistas a buscar la continuidad de los liderazgos personalistas se puede encontrar en el ensayo del profesor norteamericano Bruce Ackerman “La nueva división de poderes” (FCE, 2007), un libro indispensable si se quieren entender los procesos en virtud de los cuales América Latina produce cada tanto líderes que se consideran irreemplazables. Digamos, en primer lugar, que Ackerman, a diferencia de Diana Conti, es un decidido partidario de la alternancia, al punto de considerar que garantizar la alternancia en una democracia es más importante que conservar la división de poderes. Su oposición al culto a la personalidad presidencial es radical, por considerar que va en contra del autogobierno republicano. Sostiene que el sistema presidencialista fabrica, sobre una base regular, líderes que consideran que están por encima del resto de los políticos mortales ordinarios. Señala la paradoja de las constituciones presidencialistas que, después de haber trabajado duro para fortalecer el poder de un líder supremo, tienen que limitar sus servicios a uno o dos períodos. El resultado es que luego los líderes populares, ensoberbecidos, cuestionan la legitimidad de esta restricción. Ernesto Laclau ha utilizado como argumento a favor de la reelección indefinida de los presidentes latinoamericanos el ejemplo de los primeros ministros europeos, como el canciller Helmut Kohl, Felipe González y Margaret Thatcher, que estuvieron en el puesto mucho más tiempo que el permitido a los presidentes americanos. Recordemos que Kohl ejerció su labor a lo largo de 16 años, González durante 14 y Thatcher por 11 años. La enorme diferencia, ignorada por Laclau, es que las constituciones parlamentarias nunca tuvieron necesidad de limitar el periodo del Ejecutivo porque el sistema parlamentario hace que el primer ministro esté sujeto a una suerte de plebiscito continuo, de modo que los diputados –incluso los de su propio partido– pueden destronarlo en cualquier momento, simplemente cuando registran que los votantes empiezan a cambiar sus preferencias. El liderazgo personalista es lo más opuesto a la construcción de lo que Ackerman denomina “un partido de principios”. La lógica personalista opera de un modo tal que todos los ministros y legisladores terminan convertidos en meros asistentes del presidente. El presidente está convencido de que la única manera de construir su lugar en la historia es consiguiendo la adhesión incondicional de sus subordinados. Al ver en cada dirigente con talento a un eventual competidor, termina cercenando toda posibilidad de construir un sucesor. De este modo el problema de la sucesión se torna irresoluble y nadie puede imaginar un escenario sin esa presencia estelar. La opción de construir un “partido de principios” fue esbozada en sus orígenes por Néstor Kirchner, cuando alentó la construcción de una fuerza transversal. Pero fue luego tempranamente abandonada cuando pudo tomar el control del Partido Justicialista y formalizó una alianza con el pejotismo tradicional de intendentes y gobernadores. Ahora el cristinismo retoma tardíamente la idea de construir un núcleo duro alentando el “trasvasamiento generacional” y tomando paulatinas distancias del peronismo. El problema es que el sistema personalista ha favorecido la presencia de los más incompetentes y torpes, de modo que en vez de sumar a un nuevo proyecto hegemónico restan, como lo prueba la sublime actuación parlamentaria que acaba de protagonizar el diputado Andrés “Herminio” Larroque. Ackerman sostiene que “es absolutamente vergonzoso que una Constitución pida a ciudadanos libres y con igualdad de derechos depositar una confianza tan grande en la integridad personal y los ideales de un solo ser humano”. Una recomendación que olvidaron los jóvenes setentistas que quisieron disputar la hegemonía a Perón para avanzar hacia “el socialismo nacional” y a continuación comenzaron a recibir el fuego graneado de la Triple A. Naturalmente, por muchos motivos, a nadie se le ocurriría comparar a CFK con el expresidente Perón ni la actual situación con aquélla, pero el efecto autodestructivo que provoca esta ciega devoción por los personalismos tiene algo de déjà vu.
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