La antimeritocracia

La posibilidad que brindó el gobierno rionegrino para que los alumnos secundarios deudores de cuatro materias tengan "otra oportunidad" es un mensaje a contrapelo de toda pauta educativa.



COLUMNISTAS

Algo similar a lo que ocurre en una moratoria impositiva, donde un contribuyente cumplidor ve con estupor que su esfuerzo es ingratamente valorado.

Medidas como la expuesta se suman a otras dictadas con anterioridad por las que se eliminaron exigencias académicas y se pusieron en marcha “escuelas de verano”, se flexibilizaron las inasistencias y se pasó a tres el número de materias que pueden adeudar los estudiantes para promover.

Tanta laxitud corroe la médula del sistema formativo, ya que pega duro en el flanco actitudinal del alumno. Así la inequívoca conclusión a la que arribará cualquier joven será que no vale la pena el esfuerzo.

Pues bien, ¿qué es la educación sino un constante camino de superación?

Resoluciones como la adoptada en Río Negro, bajo la apariencia de ser comprensivas e inclusivas, esconden parches demagógicos que sólo apuntan a la coyuntura. A satisfacer estadísticas de una torta que, al decir vulgar, son pan para hoy y hambre para mañana.

Cuando los alumnos largamente indultados se enfrenten a una realidad que los exija, verán cómo el facilismo en el que han sido formados resulta ser su peor enemigo.

Seguramente para ese entonces el gobernante de turno ya habrá dejado su cargo y no recibirá las cartas de quejas por tantos buzones vendidos.

La falta de exigencia escolar, a no dudarlo, desestimula la actitud proactiva de los alumnos. Si a ello se suman “consideraciones especiales para los incumplidores”, el resultado es preocupante.

Las reglas escolares deben ser parejas para todos y establecerse para ser respetadas. Sobre la base de tales preceptos se generan derechos y obligaciones que dan seguridad jurídica a los distintos integrantes de la comunidad educativa.

Cuando se contradicen dichas reglas, promoviendo excepciones que vulneran el marco general preestablecido, lo que se está consagrando ya no es un derecho sino un privilegio.

Los privilegios en el contexto educativo constituyen una mala palabra. Primero porque significan una estocada al principio básico de trato igualitario. Segundo porque fomentan la especulación y el atajo. Tercero porque, al ser impuestos al docente, sin ser consultado y muchas veces contra su voluntad, despojan a éste de toda autoridad.

En tiempos donde los distintos especialistas plantean la necesidad de fortalecer la carrera docente, reconociendo el mérito de aquellos mejor preparados, flaco favor se hace a los educadores si permanentemente deben recorrer senderos donde el relajo es el norte.

Cuando en países como Finlandia, Singapur, India y China -que han evidenciado los más importantes avances en materia educativa- la exigencia es una prioridad indiscutible, en nuestro país cada vez es mayor el abismo de los alumnos para poder estar a la altura de una universidad.

Allí se da una enorme paradoja, ya que Argentina es uno de los países más generosos en oferta de educación superior irrestricta. Sin embargo, al paso en que se avanza muchas altas casas de estudio encontrarán que sus aulas sólo serán territorio de sobrevivientes al régimen facilista.

Un formato que en el Nivel Medio, salvo honradas excepciones, resigna calidad de conocimiento y renuncia a otro aspecto fundamental, como es el actitudinal

En la medida en que se siga tratando al alumno de hoy como un minusválido y no se inyecte en su actitud la necesidad de valerse por sí mismo para enfrentar el mundo en el que le tocará vivir, nuestra educación será una palabra vacía de contenido.

(*) Abogado y profesor nacional

de Educación Física

marceloangriman@ciudad.com.ar

MARCELO ANTONIO ANGRIMAN (*)


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